lunes, 31 de octubre de 2011

Retrato


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Sí, ocho son las novelas que en los últimos años lleva publicadas Leonardo Oyola. La primera, Siete & el Tigre Harapiento, es de 2005. No hace falta sacar demasiadas cuentas para advertir que estamos ante un caso atípico entre los escritores de su generación, la de los nacidos a principios de los setenta (él es de 1973). Este ritmo febril de escritura y publicación no es la única característica que Oyola comparte con el linaje de los autores de policiales, un género en el que reconoce referentes que van de Jim Thompson a Frederick C. Davis, pasando por los argentinos Guillermo Orsi y Ernesto Mallo. Pero lejos de todo clasicismo, el de Oyola es un policial bastardo, que se nutre de los más diversos afluentes. Si cada una de sus novelas implica la construcción de un mundo cerrado que opera según reglas que le son propias, en Kryptonita se mastica a un héroe del cómic como es Superman y escupe a Nafta Súper, el capo de una banda del conurbano que una noche cae herido en el Hospital Paroissien. Ahí su banda toma de rehenes a una enfermera y a un médico, que oficia de narrador de la novela, y se atrincheran para pasar la noche y resistir emboscadas enemigas. “Lo que más me interesa del cruce con este imaginario es la humanización de estos seres poderosos. Algo así como el Cristo hombre pidiendo ‘aparta de mí este cáliz’. Ese momento de duda. De flaqueza. Para después aceptar a su pesar quién es y su responsabilidad”, dice Oyola. Los cómics, confiesa, empezaron a gustarle de “chico” –a los veinticuatro, aclara entre risas. Primero fueron los clásicos de Frank Miller, Alan Moore y Grant Morrison, después Marvels de Kurt Busiek y Alex Ross y toda la etapa escrita por Peter David del Increíble Hulk. “Hoy en día ando muy enganchado con lo que hace la gente de Historietas reales y otros del estilo. Sí, nada de superhéroes.”
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Kryptonita (Mondadori)

domingo, 30 de octubre de 2011

De carne y hueso


sábado, 29 de octubre de 2011

1995


¿Alguna vez necesitaste algo tan malo? Tapame los ojos. Uno de nosotros. El mundo que conozco. Y… Hacé una reverencia. Los viste varias veces. Los conocés. Cómo también la canción que está sonando en tu cabeza y cómo la vas a bailar. ¿Alguna vez necesitaste algo tan malo? Cinco canales de aire. Más uno, trucho, del barrio; pasando películas de VHS, AVH, las 24 horas de su programación. Tapame los ojos. Cerrás las ventanas. Es de día y hace calor en la casilla. Es la hora de la siesta y no vas a dormir. Transpirás. Transpirás mucho. Por la temperatura y por lo que va a pasar. Uno de nosotros. Si. Acaba de terminar una con Eddie Murphy que van a repetir a las dos de la mañana. Y hasta que empiece la película que van a dar a las cuatro de la tarde pasan los mismos cinco videos de siempre. El mundo que conozco. Estás en slip. Es colorado. El rosario blanco se te pegó al pecho por la transpiración. No dejás de mover la pierna izquierda, de los nervios, como si estuvieras cosiendo en una máquina de coser. Y… Hacé una reverencia. En la pantalla del televisor aparecen ocho toreros entrando a la arena. Es lo último que vez antes de que ella tape la imagen con su cuerpo también transpirado aunque todavía no haya pasado nada. ¿Alguna vez necesitaste algo tan malo? Tapame los ojos. Uno de nosotros. El mundo que conozco. Y…  Hacé una reverencia. Una de Def Leppard. Una de Marillion sin Fish. El one hit wonder de Joan Osborne. Una de Collective Soul. Y una de Madonna… Un lento de Madonna en la pantalla del televisor. Detrás de esa chica con la ropa interior del color de tu rosario, empapada. Esa chica tapando la imagen de los ocho matadores. Y vos convirtiéndote en un toro que usa slips colorados y rosarios blancos.

viernes, 28 de octubre de 2011

miércoles, 26 de octubre de 2011

En Ámbito Financiero

Desde que Leonardo Oyola irrumpió hace 6 años con la novela «Siete & el Tigre Harapiento», por su carácter innovador se hizo un lugar singularmente propio en el universo de la literatura argentina, no sólo de su especialidad, el policial, donde tiende a mezclar elementos fantásticos. Oyola lleva escritas ocho novelas, entre las que está «Chamamé» con la que conquistó el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela policial en la XXI Semana Negra de Gijón. Con «Kryptonita» avanza en sus mezclas impuras de géneros, para hacer que las resonancias que vinculan mitos populares le sirvan para construir una alegoría sobre los sueños, pesadillas, ilusiones y desgarramientos de los sectores marginales. Dialogamos con él.

Usted que busca universos populares y marginales, ¿de qué escritores se siente pariente: Arlt, Soriano, Boris Vian?
Esos nombres son un piropo. Los leí mucho y me gustan mucho. Pero tengo la camiseta del policial argentino, y me siento el hijo no reconocido de Ernesto Mallo y Guillermo Orsi, que ellos se peleen cuál es mi papá y cuál mi mamá.

Su nueva novela ¿es un policial, una biografía apócrifa, un guión de cine, un western o un cómic en prosa?
«Kryptonita» es todo eso. Lo mejor que le puede pasar al policial, dicen los que saben, es que sea un género impuro. Yo reconozco que tengo esqueleto y corazón de policial, pero después, al contar la historia, me voy agarrando de muchas cosas que me formaron. En el caso de «Kryptonita» no quería repetir el tema de la religión, que es lo que vengo explorando en las novelas que escribo para la colección Negro Absoluto, que dirige Juan Sasturain, de las que ya aparecieron «Santería» y«Sacrificio», el año que viene sale «Aquelarre». Después aparecerá «Amén», que será el final de esa saga donde están muy presentes los santos populares, los santos ruteros, como el Gauchito GilSan JorgeSan La Muerte. En «Kryptonita» quería hacer algo distinto, que remitiera a mis primeras impresiones de la fascinación por un relato. 


Y eligió superhéroes.
«Superman» fue la primera película que me impactò cuando chico. Era diferente al serial viejo que pasaban por la tele. Por otro lado, mi hijo Ramón estaba muy enganchado con «El Hombre Araña». Empecé a pensar cómo llevar a una novela negra al universo de los superhéroes, como hacer que estuvieran en el mundo real y eso funcionara. Venía leyendo cómics y ensayos que analizan por qué se había renovado el género en los años 80, y por qué ahora había un mercado tan grande. Una clave era que se había humanizado al superhéroe, se mostraba que podía ser muy poderoso pero tenía falencias, que sufría de amor como cualquiera, que tenía que hacerse cargo de su poder, que lo tienen que brindar como servicio no para ganancia personal. Quería jugar con todo eso.

¿Así surgió esa trama a la vez realista y alucinada?
Cuando empecé a planear «Kryptonita», recordé dos conceptos que se usan en el universo del comic, el de «other worlds», de «otros mundos» y el de «that had happened if», el de «que hubiera pasado si» a un personaje si se lo traslada a otro escenario. Un ejemplo por excelencia es el de Superman Rojo«Superman: red son», que en vez de caer en los Estados Unidos, cae en una granja en la Unión Soviética y se convierte en un defensor del comunismo, y hace que Rusia termine siendo la potencia mundial dominante. Pensé qué hubiera sucedido si Superman caía acá, y me dije «Voy a hacer que caiga de donde soy yo, en un terreno baldío en La Matanza». Y surgió algo que siempre me interesó en Superman. A él, que es aparentemente indestructible, lo que lo debilita y lo puede llegar a matar son restos de kryptonita, pedazos de su tierra, de su lugar de origen. Si mi Superman cae en La Matanza y se queda haciendo esquina en el barrio, todo lo que podía llegar a dar y a hacer muere ahí. Busqué cual podía ser su kryptonita y recordé el color que tiene tradicionalmente y es el de las botellas de cerveza. Vi entonces a mi Superman haciendo esquina, chupando cerveza con los amigos, sintiendo que todo está bien, sin darse cuenta de que eso es un ancla que lo deja ahí. Un ancla puede ser volverse padre muy joven, y ahí está esa chica de ojos verdes como la kryptonita, de ojos verdes Stella Artois. Él acaso podía hacer muchas cosas, incluso volar, pero se quedó, y está mal porque en el fondo sabe que no era ese su destino


Y lo que usted cuenta no es la historia de un santo varón del suburbano bonaerense, sino el jefe de una banda.
Desde ya, y por eso parto de la madrugada en que Nafta Súper, líder de una banda delictiva muy conocida en La Matanza llega al Hospital Paroissien de Isidro Casanova herido de muerte. El médico de guardia, que ni siquiera es el titular sino un nochero, uno que cayó en desgracia y sus compañeros le hacen una vaquita para que cubra a los que debían de estar atendiendo. Los de la banda, mientras se atrincheran esperando a la policía, le dicen que tiene que mantener vivo a Nafta Súper hasta que amanezca, porque cuando le dé el sol va a estar bien. El nochero se fabrica un cóctel de medicamentos para mantenerse despierto, que si se abusa provoca alucinaciones. Cuando empieza a tratar a Nafta Super, a sacarle los restos de la botella con la que lo apuñalaron por la espalda, se da cuenta de que no es un hombre común, que tiene la piel más dura, cicatrices de batallas de las que resulta inexplicable que haya sobrevivido. Por lo que cuentan los miembros de la banda se va sabiendo que Nafta Súper «no es un pájaro, no es un avión», y si bien por ahora no vuela, resulta al lector alguien conocido.

¿Por qué a su Superman lo bautizó Nafta Super?
Al principio la novela tenía un tono muy negro que no me convencía. Al decidirme a jugar con elementos autobiográficos, y del comic, pensé que el apodo del protagonista fuera «El Súper», pero era muy de manual. En las historietas de La Liga de la Justicia a Superman le dicen cariñosamente Súper, y lo llegan a llamar Clark porque hay un código entre ellos que hace que sepan sus identidades secretas. En el barrio lo primero que te ponen es un diminutivo del nombre o un apodo que te ganaste. El primero es por la apariencia física. Luego por algo que se hace. Me pareció lindo que le dijeran Pini y que su nombre de guerra fuera Nafta Super. Eso me gustó, y me permitió que fuera piromaníaco, que no usara armas pero llevara dos bidones de nafta cuando iba a «cobrar»: «o me pagás o ya sabés qué va a pasar con esto con lo que te voy a bañar». Mi mujer, que es la escritora Alejandra Zina, me decía que no lo volviera tan rencoroso, que no hiciera tan evidentemente negra su historia. Justo ahí leímos una entrevista a Luc Besson sobre cómo había hecho «El perfecto asesino», cómo nació la historia de León, que encarno Jean Reno

¿También su personaje es un perfecto asesino?
Si bien mis personajes eligieron vivir por izquierda y son bastante fuleros, quería mostrar que también tienen un lado humano. Recordé del dibujito de «El Correcaminos», en que el Coyote es amigo de un perro. El perro cuida las ovejas y el Coyote se las quiere comer, y se pelean; es el trabajo de cada uno. Pero si suena el silbato del almuerzo, detienen las pelas y se juntan como amigos. Algo de eso quería ponerle a «Kryptonita». Que le digan: «todo bien con usted, doctor, pero estamos laburando y nos tiene que salvar a Nafta Súper porque tenemos que salir y agarrarnos con la cana».


¿Por qué decidió contar esa historia desde un médico?
Fue para permitir al lector entrar al mundo que proponen los personajes de igual a igual. Si hubiera elegido a uno de la banda hubiera sido difícil establecer la complicidad con el lector. El médico permite que la historia no quede en el plano de lo fantástico. Si se piensa que hay cosas que no parecen reales, que suenan exageradas, podría ser debido al cóctel que tomó el médico para mantenerse despierto. Ahí puede entender que los de la banda son simples humanos, seres marginales que tienen un coraje tremendo y no poderes. Pero si el lector piensa que tienen poderes, también está bien. Es una novela juguetona, luminosa y, en definitiva, una aventura.

¿Qué tiene para publicar ahora?
El año que viene sale «Aquelarre», tercera parte de la saga de «La víbora blanca». Escribí una trilogía de libros para chicos chicos sobre el tema artes marciales. Es la divertida historia de un chico al que su padre le cuenta que fue ninja. La serie se llama «Sopapo»«Paliza» y «Te llené la cara de dedos». Después estoy con un policial duro con cocina de paco y zombis que no son zombis.

Entrevista de Máximo Soto.

martes, 25 de octubre de 2011

Superman prefiere cumbia


¿Qué hubiese sucedido si Superman hubiese caído en Argentina en lugar de Smallville? Aquí una entrevista a fondo con Leonardo Oyola sobre su reciente, y celebrada, novela Kryptonita.


(Por Augusto Munaro). Un una madrugada como cualquier otra, un médico de guardia del hospital público de Isidro Casanova –localidad de La Matanza– recibe herido de muerte al célebre criminal de la zona, Nafta Súper. Los integrantes de la banda exigen al personal médico que salven la vida de su líder, atrincherándose en el nosocomio esperando la llegada de un operativo policial. En medio de las negociaciones y antes de la inminente balacera, el doctor que atiende a Nafta Súper -narrador de la novela y testigo ocular privilegiado de los hechos- al asistirlo descubre que no se trata de un hombre común y corriente... Kryptonita (Mondadori) última novela del joven y prolífico Leonardo Oyola, proviene del concepto del cómic que es el Elseworld o el What if…  La historia fantástica que sucede en tiempo real, y se articula a través del cruce inventivo de varios géneros, nació luego que su autor se preguntara lo siguiente: ¿Qué hubiera pasado si una nave extraterrestre en lugar de aterrizar cerca de Smallville, pequeño pueblo de Estados Unidos –como aconteció con Superman– hubiera caído en un terreno baldío del Gran Buenos Aires? Kryptonita es el corolario de esa conjetura arborescente. 

El libro, por momentos, oficia de novela de superhéroes... ¿Hasta qué instancia el Pini es un Superman criollo?
No sé si criollo. Más bien matancero. Hincha de la Fragata –Almirante Brown– y habitué del Jesse James. ¡Perdón! Al final las tejanas las terminó gastando más en las pistas de Sky Lab, hoy Planeta Disco. El Pini, alias Nafta Súper, es alguien con muchos poderes. Que no sabe cómo usarlos. Mejor dicho: cómo sacarlos. Eso se vuelve malestar en su interior. Lo mismo el hecho de seguir viviendo en el barrio en el que creció: eso lo está matando.


¿Cómo sitúa la novela en relación a sus libros anteriores?
Es la más autobiográfica. De eso me tengo que hacer cargo. Y la más esquizofrénica a la hora de laburarla. Porque además del narrador principal busqué crear otras tres voces muy discursivas y de una presencia importante como lo son la del Federico, Ráfaga y la Lady Di, sobre todo esta última, para que cuenten quién es el Pini y cuál es su historia mientras que el médico de guardia es el que nos relata la acción en tiempo real.

La historia mezcla misticismo, aventura –mucha acción–, moralidad y camaradería. También homenajes adredes...
Fue darles a ellos –a los personajes– lo mejor que me pasó estando allá, viviendo en Casanova. Enseñar primero algo de lo amargo, de lo que te tenés que bancaren el día a día. Pero también mostrar todo lo que a uno le pintó una sonrisa de oreja a oreja. Hay homenajes a esos otros mundos que nos daban los libros... los de Dumas y el de Olaf Stapledon como también a esas fantasías ingenuas que uno tenía de chico. 

Producto de la televisión...
Y en el principio fue la TV, hermanos (risas). Sábados de súper-acción y Trasnoche Aurora Grundig. Robotech, División Miami y Música Total. Después, iniciando la adolescencia, aparecieron los libros. Sería necio negar en nuestra generación a la tele como formadora de narradores. Las historias que uno veía y que encima se repetían una y otra vez a los nacidos en los '70 nos enseñaron a contar. Después obviamente te terminan de tunear el cine y la lectura.


¿Y las historietas?
¡También! Totalmente. Llegué a ellas de grande. ¿Ves? Nunca es tarde. Para mi formación como escritor fue fundamental. Y ahora, cada vez que puedo comulgar con dibujantes, son experiencias únicas. De una felicidad increíble la de poder llegar a hacer alquimia entre el show que ellos proponen y la gracia de uno.

Kryptonita se desarrolla durante una madrugada, en la sala de guardia del Hospital Paroissien de Isidro Casanova. Más allá de la trama, ¿ese corte limitado de tiempo lo utilizó para condensar el potencial de su argumento?
Y también para agarrar al lector con el elemento de tensión que es el paso del tiempo. De un instante a otro se va a desencadenar el enfrentamiento. Eso creo que se palpita. La sensación de que todo lo que se cuenta es inconcluso porque estamos atentos, en una primera instancia, a que en cualquier momento se arma.

La noche les sirve a los personajes para conocerse, y lo hacen conversando vivamente. Hay una importante presencia del diálogo en su novela. Algo recurrente en todos sus libros.
Porque uno conoce a alguien charlando con esa persona o escuchando lo que se dice o se cuenta de ella. En eso, por excelencia, la situación de bar es disparadora para mí. Le da un tono. Una charla en el mostrador, intuimos que pasaron varias horas y botellas, afuera está amaneciendo, adentro las sillas están patas pa' arriba sobre las mesas. Se despachan las últimas bebidas. Ya alguien está barriendo el piso. Ahí para mí empieza todo. Entrando en esa sintonía. La de un confesionario. Después defino personajes, que se están contando y cuál va a ser el teatro. 


Hay lugar también para retratar ?especialmente desde la inflexión del lenguaje? ciertos sectores de la sociedad actual, aunque sin hacer denuncia ni mucho menos apología del delito. ¿Cómo trabaja el tono, la verosimilitud de sus personajes?
No juzgándolos. Tratando de entenderlos mientras los escribo.

La banda de Nafta Súper está conformada por Juan Raro, El Señor de la Noche, Ráfaga, Faisán, la Cuñataí Guirá y Lady Di..., una pandilla salvaje, pero donde cada cual conoce y se comporta acorde al rol que representa. Es decir con códigos definidos. ¿Cómo elaboró ese aspecto de la novela?
Logrando el equivalente a la Liga de la Justicia, que era uno de los dibujitos que veía mi hijo ese verano en el Cartoon Network. Mentira: los veía yo y Ramón conmigo (risas). Así como el Pini o Nafta Súper vendría a ser mi Superman, el resto representan al Detective Marciano, Batman, Flash, Linterna Verde, la Chica Halcón y la Mujer Maravilla. Fue hacer la transposición de Superamigos a Superbanda.

Por cierto, Pini no lucha por el Bien ?de hecho es un criminal? pero sí por su hijo.
Porque la familia es el mayor botín al que puede aspirar cualquier hombre en la tierra. 

Hay un personaje tan interesante como ambiguo en la banda de Nafta Súper: Lady Di, un travesti.
Gracias a ella terminamos queriendo y hasta hinchando por el Pini. Por su amor, devoción y apoyo incondicional hacia el Súper. La quiero mucho a Lady Di. Escribiendo la novela, con ella fue la primera con la que logré desdoblarme.



También figura El Cabeza de Tortuga -rival de Pini- y líder de la Bonaerense. Una suerte de Doomsday... ¿Recurrió a él sólo para encarnar la dicotomía del Bien vs. el Mal?
No. Lo hice porque quería recrear uno de los hitos no sólo en la historia del personaje sino en la historia mundial del cómic que fue la muerte de Superman. Reescribirla. Si bien la novela tiene muchos guiños, la idea es no dejar a nadie afuera de la fiesta. Que el que los pesque sonría cómplice. Y el que no, la disfrute igual.

Llama la atención el modo de combinar entre episodios de acción, peleas espectaculares y balaceras épicas, frases como estas dos: "El que tiene buen corazón, haciendo lo correcto se enferma", o: "Todo lo que tenemos nos lo ganamos con lo que somos". Me refiero a que sus personajes se articulan a través de pensamientos tan emotivos como inteligentes, siempre permeables a la reflexión.
Son operativos. A full. Algo de lo que los termina humanizando es verlos en el fondo cansados. Muy. No sólo el Pini. Todos. Creo que los integrantes de la banda de Nafta Súper y hasta el doctor que lo atiende y la enfermera quieren otro tipo de vida. Pero ninguno se anima a cambiar la que tiene. El Pini, el Súper, si se va, inicia un efecto dominó en varias fichas de este juego.


La crítica tiende a enraizar su obra con lo popular ya que mezcla géneros como el western y el cómic. ¿Siente que su escritura está de alguna forma en deuda con la propuesta de César Aira?
Leí muy poco de Aira. Obviamente cuando se vincula lo que yo hago con lo de él lo tomo como un gran piropo. Pero no creo que sean laureles que me correspondan. Si me hacen un ADN ojalá el resultado dé que, literariamente, soy hijo de Ernesto Mallo o de Guillermo Orsi.

¿Y con el realizador Quentin Tarantino?
Definitivamente le debo una moneda grande. Y a los tres Juanes: Carpenter, Woo y To. Me encantan sus películas y los mundos que retratan.

¿Algunos autores que está leyendo en la actualidad con entusiasmo?
Mis grandes descubrimientos de este año son Oscar Fariña y Luis Mey. Me cabe mil puntos lo que se mandaron en El guacho Martín Fierro y Las garras del niño inútil. También estuvo bueno reencontrarse con el Samuel Redhead de Mercedes Giuffré en El carro de la muerte y con el don Octavio Vázquez y López y su hija Mercedes de Diego Grillo Trubba en Crímenes Coloniales II: muerte anunciada en la semana de mayo.


Publicado en el suplemento de Cultura del diario Los Andes.

lunes, 24 de octubre de 2011

Acero inolvidable


(Por Ángel Alza). Atemperada en los distintos géneros populares era cuestión de tiempo que la literatura de Oyola rindiera culto al noveno arte. La historia es simple y eficaz: 29 de junio de 2009. Lunes por la madrugada. En la guardia del Hospital Paroissiens de Isidro Casanova ingresa herido de muerte Nafta Súper, líder de una banda criminal de la zona. Sus compañeros les exigen a los médicos que le salven la vida, mientras se atrincheran esperando la llegada de la policía. En medio de las negociaciones y antes del inminente tiroteo, el doctor que atiende a Nafta Súper descubre que no se trata de un hombre común. ¿Qué hubiera sucedido si, en lugar de aterrizar en Smalville, Kansas, la nave que traía al último hijo de Kryptón hubiera caído en el conurbano bonaerense?

Y le llegó el turno a la historieta nomás. ¿Cómo nace Kryptonita?
Siempre me llamó la ocasión que lo único que fuera capaz de debilitar tanto e incluso matar a un ser prácticamente indestructible como Superman fueran los restos de su lugar de origen. Ahí fue que se me ocurrió el que hubiera pasado si en lugar de caer en Smallville, Estados Unidos, ese bebé hubiera aterrizado en mi barrio y se hubiera criado allá; en Casanova.

¿Cuál es tu relación con el cómic de super-héroes?
Me empezaron a gustar mucho de chico. Tenía 24 años. Un amigo seguía a Batman y me pasó clásicos de Frank Miller, Alan Moore y Grant Morrison. Y en el Parque Rivadavia y Camelot terminé de cagar fuego con el Marvels de Kurt Busiek y Alex Ross y toda la etapa escrita por Peter David del Increíble Hulk. Después del uno a uno se me hizo muy difícil volver a comprar cómics. Y salvo regalos o préstamos no tuve tanto contacto como a finales de los noventa. Hasta hoy. Que ando muy enganchado con lo que hacen la gente de Historietas reales y otro tipo de cómics. No solo las de superhéroes.


¿Te documentaste para escribir la novela?
Sí. Mucho. Tuve la suerte de que tanto mi compadre como un amigo con el que estamos laburando su novela de zombies me pasaran mucho material. Desde imprescindibles como El hombre que lo tenía todo, ¿Qué le pasó al hombre del mañana? y la muerte de Superman, pasando por el Cuarto Mundo de Jack Kirby y hasta el All Star de Morrison; por nombrarte algunos... También las tres temporadas de la serie animada, la película de Richard Donner del 78 y la de Bryan Singer del 2006. Pude charlar mucho con estos conocidos que por ahí la tenían mucho más clara con el tema no solo del personaje sino del cómic en general. Y ahí focalizar en lo que más me interesaba contar: la humanización de estos seres superpoderosos.

Desde la memoria emotiva -siempre tan traicionera-, ¿cuál es la historieta de superhéroes que recordás con más cariño?
En la etapa del Panteón en el Increíble Hulk, el casamiento de Rick Jones. Todo lo que es la despedida de soltero con el Capitán América poniéndose la gorra con el tema de la chica que viene a hacerles un strip-tease, cuando le usan la tabla al Silver Surfer para cantar un tema de los Beach Boys o cuando, antes de que los pronuncien marido y mujer a él con Marlo, llegan a la fiesta los colados; que son ni más ni menos que una invasión extraterrestre que posta quiere ser parte de la boda y entran todos a repartir. Eso es la felicidad para mí. Ahora, si me tengo que poner serio, lo que me enganchó –droga pura y dura- fue Futuro Imperfecto. Si empecé a leer cómics de superhéroes, y lo sigo haciendo cada vez que puedo, fue por esa historia también del Hulk.


Siempre es difícil manejar la cólera de los ghettos culturales. ¿Pensaste en esto al meterte con los superhéroes? Y si es así, ¿Modificó en algo tu trabajo?
Lo que quise es ser respetuoso con el fan ya que me tomaba demasiadas licencias en la transposición de ese universo a mi imaginario: no era cuestión de agarrar también el codo. Cuidé mucho ese aspecto. Pero no por eso se modificaron en algún momento las decisiones y la dirección que tomé y elegí para Kryptonita.

¿Alguna vez te planteaste incursionar abiertamente en el noveno arte?
A raíz de esta novela, sí. Creo que es un gran desafío para uno como autor qué le puede llegar a dar y a sumar a estos íconos. El primero que escribí, y se va a publicar en un diario con dibujos de Iñaki Echeverría, se llama Caballo muerto. En este momento estoy trabajando en un guión de un western, por ahora tentativamente llamado Corbucci. Pero sería todo un honor que se comunicaran algún día conmigo para ver que se me ocurre o cual sería mi aporte para un personaje ya establecido. Ojota: sea súper héroe o no.

¿Por qué la Liga de la Justicia, en el conurbano, se transforma en un grupo de forajidos?
Porque así como juego con el concepto de elseworld también pensé a La Matanza como si fuera una Tierra 2. O sea: un territorio en el que ellos representaran todo lo contrario a lo que habitualmente son.

¿Carozo –de Carozo y Narizota- aparece a manera de vendetta personal con el pasado?
Hmmm… sí. Y no quiero hablar más del tema, Ángel. Te lo pido, te diría, prácticamente como un favor personal: no insistas más con lo de Carozo.

¿Te importa que el lector pueda decodificar el alter ego de los personajes? (Flash, Batman, Superman, The Joker, etc) ¿O sólo es un bonus a la hora del goce de la narración?
La intención es no dejar a nadie afuera de la fiesta. Que lean Kryptonita el mayor número de personas. Si entre ellos hay lectores de cómics, hay fanáticos que puedan pescar los guiños, joya. Tampoco era ponerme a desafiar, a mojar la oreja de los expertos en el tema a ver si agarraban todas las referencias y juegos. Que confundan a Etrigan con Mr. Mxyzptlk no es problema mío. Me daría pena por mi trabajo y por la historia misma que se quedara la lectura solo en ese gesto –el de buscar cuales son las siete diferencias con el modelo original- porque no es ni lo principal ni lo que motivó la escritura de esta novela.


En el caso del mal absoluto tras bambalinas… ¿Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia?
¿Vos querés saber si mi Darkseid es de Lomas de Zamora? ¡¿Qué se yo?!

Para terminar: ¿tres historietas nacionales y tres cómics de superhéroes que nos recomiendes con su respectivo por qué?
A ver:

-Morón suburbio, de Ángel Mosquito. Porque ahí está la mecha de algo que después explotó. ¡¿Y cómo?! No solo en el panorama local de historietas. Sino en cosas como las que yo hago en mi palo. A la distancia uno lo puede entender mejor: porque vi a dos Sres. Chorros vestidos como los gangsters de Tarantino cuetearle una pelota a unos pibes en un potrero; cuando me animé a escribir di gracias a que en mis lecturas haya estado Mosquito.

-Correrías del Sr. & la Sra. Rispo, de Diego Parés. Porque hacía mucho que no me reía tanto. Con carcajadas bien estruendosas (motivos de varias quejas de mi mujer) y dolor de panza incluido. Básicamente son gags bien tontos y todos girando en torno a la pija del Sr. Rispo. Establecen complicidad. Y la edición de Llanto de mudo es un chiche.


-Los resortes simbólicos, de Max Aguirre. Porque, con mucho humor y más ternura de lo que habitualmente sabemos mostrar en nuestros prontuarios, Max está escribiendo quienes somos con nuestros respectivos aciertos, temores y torpezas; exponiéndose primero él para que cuando nosotros cerremos el libro nos preguntemos: ¿y yo? ¿qué onda?

-El Flecha Verde de Kevin Smith y Phil Hester (Carcaj). Porque de entrada no se puede creer la charla que tienen Superman y Batman y de ahí en más no deja de ser una celebración en la que aparecen como invitados estelares gran parte del Universo DC. También porque habla de la muerte y resurrección de un personaje old fashion y con códigos con el que comulgamos bastante… cuando no se pone hippie.

-La saga del Confesor en Astro City, de Kurt Busiek y Brent E. Anderson. Porque es una historia policial increíble sobre la caza de un asesino serial que deviene en cuento de terror gótico y relato de ciencia ficción; sin por eso derrapar. Con un nivel de delirio propio del weird menace de Los hombres topos quieren tus ojos de Frederick C. Davis. Ponele.

-Top Ten, de Alan Moore y Gene Ha. Por el reparto coral de una humanidad increíble. Por el tono íntimo que campea constantemente en las relaciones de los policías. Ya sean protagonistas o personajes secundarios. Y por tener, a mi gusto, la mejor línea de dialogo y clímax que leí en mi vida:
“Capitán: solicito permiso para atacar con todo mi poder”.
“Hacela mierda, hijo”.