jueves, 29 de diciembre de 2011

Los 10 mejores libros del 2011

Son novelas, ensayos, poemas. Provocan el pensamiento, se rebelan contra los lugares comunes o dan un salto de calidad entre sus contemporáneos. Obras de las que dimos cuenta este año y que volvemos a recomendar. 


El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq.
Betibú, de Claudia Piñeiro.
¡Indígnate!, de Stéphane Hessel.
El guacho Martín Fierro, de Oscar Fariña.
Libertad, de Jonathan Franzen.
El paraíso argentino, de Claudio Zeiger.
Repensar la justicia..., de François Dubet.
Kryptonita, de Leonardo Oyola.
Cómo cambiar el mundo, de Eric Hobsbawm.
Némesis, de Philip Roth.




Kryptonita, de Leonardo Oyola
Escribe Javier Sinay

La nueva fábula de Leonardo Oyola es un libro fantástico. Y lo es literalmente, porque Kryptonita cuenta las aventuras de Nafta Súper, el temible líder de una banda de hampones de los barrios del Oeste que en una noche fría cae herido de muerte en la guardia del Hospital Paroissien, de Isidro Casanova, y sin embargo no muere. Al contrario, es demasiado robusto para morir, y el médico que lo recibe ni siquiera puede colocarle una inyección de adrenalina porque la aguja se dobla cuando intenta penetrar su piel. Así, el doctor se convence de que el paciente es un superhombre suburbano y marginal.

“Me gustaba la idea de recrear la historia de Superman en La Matanza y primero pensé en hacerla de modo lineal, pero después me di cuenta de que tenía que modificarlo todo y prestarle al protagonista cosas mías, de mis amigos y de mi hermano”, dice Oyola, que escribió siete novelas en las que no faltan la violencia ni la fantasía ni el barro.

Con esos condimentos, este discípulo del escritor Alberto Laiseca (y fanático del policial sazonado con terror) se convirtió en un referente e inauguró una nueva veta en el policial argentino.

Con esa marca su novela Chamamé ganó el Premio Dashiell Hammett (un importante galardón del género policial en español) en la edición 2008 de la Semana Negra de Gijón, la feria dirigida por el escritor hispano-mexicano Paco Ignacio Taibo II.

En Kryptonita, como en muchos de sus otros textos, Oyola captura el habla más popular como en una fotografía: “Yo no podría haber escrito esta novela dejando de lado el argot”, admite.

“Lo que tiene el argot de nuestros tiempos es una velocidad de mutación increíble. En algún momento, alguien escribirá una novela grossa sobre el paco, pero por ahora es un tema reciente y es difícil escribir cuando todavía está ardiendo el fuego.”

martes, 27 de diciembre de 2011

Un héroe de nuestro tiempo

Leonardo Oyola narra en su novela “Kryptonita” las andanzas de Nafta Súper, un Superman paralelo aterrizado en La Matanza. Fábula de un mundo cercano, precario y violento.


(Por Javier Mattio). Superposición de mundos, desplazamiento artificial, collage imposible: al igual que la mítica serie de historietas hipotéticas What if? (“Qué hubiera pasado si…”) y los más recientes elseworlds (“Otros mundos”), Leonardo Oyola explora en Kryptonita la posibilidad de que Superman cayera en el conurbano bonaerense y no en Kansas; por eso, su apodo regional es ahora Nafta Súper, y la Kryptonita un afilado trozo de vidrio verde de una botella de cerveza.
A partir de esa premisa descabellada, Oyola suma una Liga de la Justicia de antihéroes hilarantes (entre otros la travesti Lady Di, el falopero Faisán y el hostil Señor de la Noche, recreaciones versión La Matanza de La Mujer Maravilla, Linterna Verde y Batman, respectivamente), quienes resisten junto al narrador (un médico nocturno del precarizado Hospital Paroissien) la embestida de la Policía Bonaerense que persigue al agonizante Nafta Súper.
Así, entre guiños a sagas generacionales como La muerte de Superman (publicada por DC Comics en la década de 1990) y a una banda de sonido FM en la que suenan Peter Cetera y Carlos Baute, Oyola aborda un territorio “real” fértil en su delirio y posibilidades, el bonaerense, del cual la literatura argentina reciente se ha nutrido cabalmente; desde Barrefondo de Félix Bruzzone y las novelas de Juan Diego Incardona hasta el western en viñetas Morón suburbiode Ángel Mosquito, por citar algunos antecedentes.
El autor, en efecto, se jacta de ese origen geográfico-cultural: “Soy nacido y criado en el oeste del Gran Buenos Aires, en Isidro Casanova, así como Félix es oriundo de la zona por donde laburan sus personajes, el Jefe de Celina o Mosquito de Morón”, subraya.
Y añade los puntos en común de ese linaje: “Nos dedicamos a la ficción y nos metemos de lleno en ella, sin prejuicios, sin juzgar. Por un lado, hablamos de algo que conocemos y que hemos vivido, pero nunca perdemos el norte de la ficción –aclara–. Si además nuestros libros operan como relatos sociales, eso ya no depende de nosotros, es algo que adosa cada lector”.
Frenesí fabulador que impera sobre toda bajada de línea o “denuncia” y del cual Oyola se ha servido para desplegar ocho novelas en los últimos seis años, entre ellas Hacé que la noche venga (2008) y Chamamé (2007), con la que ganó el Premio Dashiell Hammett al mejor policial de ese año. Oyola: “Para mí ha sido muy importante la lectura de géneros populares. No sólo el policial, también el terror y la ciencia ficción. En un principio fue mucha literatura de saldo. Mis referentes son Guillermo Orsi y Ernesto Mallo, verdaderos maestros del género negro”.

CERO GUETO
Con respecto a la filtración específica del noveno arte en Kryptonita, Oyola aclara que su gesto fue más bien universal y no de gueto: “La idea es no dejar a nadie fuera de la fiesta. Que al que entienda los guiños le pueda robar una sonrisa más y, al que no, hacer todo lo posible para que lo que se narra no sea algo encriptado”.

“La elección de los Súper Amigos es generacional –añade Oyola–, como las otras referencias que aparecen y no son estrictamente del universo de la historieta. Calculo que un chico que hoy está contando los días hasta el estreno de Los Vengadores hará algo así en 20 años. Son cosas que nos marcan, hitos de nuestra infancia”.
Por debajo del candente enfrentamiento entre héroes y policías, se desliza la entrañable relación entre el “Pini” (apodo de Nafta Súper) y su hijo Monchi, homenaje paterno de Oyola hacia su propio hijo Ramón que se explicita en la dedicatoria final de la novela. “Tuve un nuevo acercamiento a Superman con el estreno de Superman regresa en 2006, cuando Ramón iba a cumplir 1 año, y lo que más me emocionó de una película francamente aburrida como esa fue el leitmotiv de ver el futuro a través de los ojos de nuestros hijos”, recuerda el escritor. Y reconoce: “Aunque no soy el ‘Pini’, admito que terminé escribiendo Kryptonita para explicarle a mi hijo, y hasta para pedirle perdón, por no haber podido ser un papá más tradicional”.

HÉROES Y ABISMOS
–¿Cuál es la noción de “héroe” que prevalece en “Kryptonita”?

–Me gusta pensar, no sólo en esta novela sino en todo lo que escribo, que yo sólo cuento recortes en las vidas de los personajes. Que a lo largo de nuestro paso por este mundo a veces nos toca ser malos y otras la ley. En Kryptonita, la banda de Nafta Súper actúa y es lo que tiene que ser en el Hospital Paroissien. Y como lo que buscan a toda costa es salvar a su jefe, están jugando por izquierda pero le están poniendo el pecho y el corazón a lo que está pasando.

–Tus libros se arrojan contra los límites: ¿cómo es enfrentarse a ese abismo? 
–Disfruto cuando siento que la historia gana en velocidad, cuando le descubro el ritmo. No me detengo a analizar cómo viene la mano. Es como dicen algunos pibes: “No lo pensás, lo hacés”.

–¿Hay provocación en esa postura?
–Nunca escribí buscando provocar. Mi oficio básico es contar historias, no andar jeteando.

–Al final de “Kryptonita” emerge un mensaje alentador, ¿concordás con ese “optimismo”?
–Leí hace poco una entrevista a Lemmy, de Motorhead, en la que él habla de dos posturas antagónicas con las que el hombre encara el día. Una es “haciendo lo que tenés que hacer”; la otra es “siendo vos”. Los integrantes de la banda de Nafta Súper hacen lo que tienen que hacer para que él pueda llegar a ser lo que es, para que se termine mostrando como quien es en verdad. Hay un sacrificio, algo religioso. Y eso es lo que me cabe de mis chicos. Gracias a ellos, el “Pini” puede volar. Y no hay espectáculo más grande que estar en presencia de alguien feliz.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Lamujerdemivida/Verano


Te adelantamos algunas de las notas del próximo número:. 

El dossier de tapa ¿HACE FALTA TENER HIJOS? presenta artículos de los periodistas Mariana Enriquez, Eugenia Zicavo, Gerardo Rozin, Amalia Sanz y Marcela Basch.
¿No era que había un instinto maternal? Una fuerza salvaje que exigía ser atendida. Un impulso que no dejaba lugar a dudas y buscaba algo muy específico. ¿Acaso no era un instinto porque la necesidad de tener hijos era natural, ineludible, lo más importante? Parece que no. 


Además

♦Un cuento inédito de Leo Oyola. 

♦Claudia Piñeiro ofrece un adelanto de la novela en la que está trabajando, ambientada en 1976.

Primavera árabe, el sacrificio de un bonzo según Gabriela Cabezón Cámara. 

♦Daniela Kozak explora la incierta conservación del cine en Qué quedará cuando ya nada quede.

♦Una lectura de la crisis europea por Alain Badiou.

♦Como cada verano, el staff ofrece sus recomendaciones arbitrarias sobre libros, películas, música y restaurantes.

Y como siempre, Margaritas, El Elegido, Abre los ojos, Agenda Cultural...

sábado, 24 de diciembre de 2011

¿No robarás?


Mi hijo, Ramón, cree en Papá Noel. Pero seguro sabe que los que compramos los regalos somos los padres. Como te pone caritas entrás en la duda: ¿está ilusionado o es parte del show?
Íbamos los dos en el 317 de Casanova, a la siesta, nosotros solos con el chofer, cuando me larga:
-Papá: ¿te puedo preguntar una cosa?
-Sí, sí. Claro. Por supuesto.
-Yo te voy a querer igual –me aclara antes de disparar- ¿Vos sos ladrón?
Casi me ahogo con mi propia saliva. El chofer nos mira por el espejo retrovisor. No sé si es por el escándalo que hago al atorarme o porque escuchó la pregunta de mi hijo. Después de renegar un rato y con los ojos colorados y bien vidriosos le pregunto por qué piensa eso. Sin perder la compostura mi nene se remite a los hechos:
-Trabajás de noche. Estás todo tatuado… Y sos negro.
“Sos negro”, me dice serio y afirmando con la cabeza. Después se tienta un poco de risa. Vuelvo a tragar saliva. Suspiro hondo y, con las cejas arqueadas, le explico que trabajo de noche porque escribo de noche; que mucha gente se tatúa y no por eso es chorra; y que más vale que se entere ahora antes de que se crea cualquiera pero él también es negro.
-Nooo… -niega con la cabeza serio, muy serio- Yo no soy negro.
Cogoteo para contradecirlo con un mudo “siii… lo sos”.
Ramón insiste apenas pudiendo contener las carcajadas:
-Nooo… -y cambia la conversación de repente a otro tema suyo de vital importancia- ¡Ya se lo que le voy a pedir a Papá Noel!
-¿Qué cosa, hijito?
Ramón se pone a saltar rodilla al pecho sobre el asiento para gritarme emocionado:
-¡EL CASCO DE IRON-MAN!
Esa tarde paso por una juguetería en el centro de Morón para averiguar cuánto puede llegar a doler el regalo. Efectivamente duele mucho. Muchísimo. Setecientos pesos. 699,99 como dice la etiqueta. La chica de remera roja me explica que viene con no sé cuántas giladas incluyendo una que te hace hablar como Robert Downey Jr. en la película. Yo pienso que no puedo pagar eso ni que el mismísimo Robert Downey Jr. en persona viniera y me diera un beso en el cuello.
Ramón, implacable, en los días que siguen escribe la carta a Papá Noel. Y empieza a llamar a sus abuelos, padrinos y hasta a mi novia para contarles que para navidad quiere el casco de Iron-Man.
-No sé por qué me llama –me dice mi chica.
-Calculo que es porque si me lo pide a mi sabe que voy a tener que salir a robar en serio.


Alumnos de 4to. Año de ESB lo primero que me preguntan es:
-¿Usted estuvo preso?
Les contesto que no. Así. A secas. Empiezan los murmullos. No me lo dicen en la cara pero noto que un grupo me trata de chamuyero y que otro se siente estafado. Parece que doy el look. Se lo comento a mi viejo y él ni lo duda:
-Tenés pinta de malandra. No a lo Cacho Castaña: cara de tramposo y ojos de atorrante y que igual es querible. Tenés pinta de malandra. Y de sucio.
Me sugiere que me corte el pelo. De forma insistente. Cuando quiere romper las pelotas sabe hacerlo con una eficacia notoria.
Suena el celular. Es Ramón. Desesperado.
-¡PAPÁ! ¡ME ACABO DE ENTERAR QUE LOS MUERTOS PUEDEN VOLVER A VIVIR Y QUE SE LLAMAN ZOMBIS!
-Ramón: eso solo pasa en la tele y en las películas.
-…
-¿Ramón?
-¡Ufff! Menos mal.
Sonrío. Me dura poco la alegría.
-Con el casco de Iron-Man me podría defender de los zombis.
-Ya te expliqué que no existen los zombis.
-Nooo… No sé.
-Y si existieran el casco mucho no te sirve tampoco: te pueden morder en las manos o en la panza.
Se hace un silencio. Mi hijo se toma su tiempo para retrucar:
-No si también Papá Noel me trae la armadura.
No me quiero imaginar cuanto puede llegar a salir el traje completo.
Antes de colgar Ramón me recuerda lo mucho que me quiere.
-Papá: a mi no me importaría que robaras.


viernes, 23 de diciembre de 2011

Regalo de navidad


"Este fin de semana hacemos una pausa y leemos ficción. Es el mejor regalo que se nos ocurre para este 25 de diciembre. Porque la literatura es inspiración para construir los relatos periodísticos. Hoy compartimos “Un corazón ya sin fuego abandonado en una calle de tierra”, el inicio de la última novela negra del joven escritor argentino Leo Oyola, que cuenta la historia de Nafta Súper, líder de una banda de hampones de la provincia de Buenos Aires".

miércoles, 21 de diciembre de 2011

En Cuadritos

(Por Andrés Valenzuela). Hay una larga tradición dentro del universo comiquero con las ucronías. En particular las que toman personajes populares… superhéroes. Algunos, como Superman: Red Son, recibieron particulares buenas críticas. Otros… no tanto. El que se reseña hoy en Cuadritos es una pequeña maravilla. Esas sorpresas que llegan por recomendación de múltiples fuentes y resultan atrapantes, para leer de un saque en una tarde (y noche) entera. Lo particular de este “elseworld” es que no tiene dibujos. Ni uno. Kyrptonita es una novela. 200 y pico de páginas llenas de letritas puestas una al lado de otra -eso sí- de un modo fantástico.


Lo que el autor -Leonardo Oyola- propone al circunstancial lector es pensar qué hubiera pasado si en lugar de caer en la campestre Kansas, la burbujita salvavidas de Kal-El hubiese ido a parar al Conurbano bonaerense. El resultado es notable por varios motivos. Desde lo comiquero, porque este “elseworld” está particularmente bien construido. Desde lo emotivo, porque el autor sabe pintar un modo de vida y escenas que reconoce cualquiera que haya vivido al oeste de la Av. General Paz o al sur del Riachuelo y sus puentes. Y desde lo literario porque Oyola escribe muy, pero muy bien.

En La Matanza, Kal-El se convierte en “El Pini”. Pinino. O en Nafta Super, como se lo conoce fuera del barrio. Y es el líder de una banda que “labura” la zona y se enfrenta a otra, “la del Pelado”. La novela cuenta la vida del Pini, sus amoríos, sus ganas de cumbia, cómo los giles lo apuran para sacarse chapa (es curioso cómo, al mismo tiempo, en muchos cómics actuales de DC esta motivación empieza a ser predominante en un montón de villanos de tercera categoría). Pero Nafta Super no habla. No dice ni mu, porque llega a un hospital “con un cacho de vidrio verde clavado”. Se está muriendo y quienes lo recuerdan son sus amigos, mientras la Bonaerense rodea el hospital.


Ahí está la primera buena decisión de Oyola, que esquiva con altura la tentación de caer en un esquema aventurero/superheroico clásico y prefiere hacer de Lady Di, de Ráfaga, del Señor de la Noche, de Juan Raro, del Faisán y de Cuñataí Güirá los ángulos desde los cuales contar la vida del muchachote que se debate entre la vida y la muerte en un “nosocomio” provincial. Y como se imaginarán los lectores de Cuadritos, cada uno de estos amigotes del Oeste son versiones alternativas de populares superhéroes del universo DC, perfectamente adaptadas y consecuentes con su nuevo entorno.

En el paisaje está otro de los grandes méritos de la novela. Es cierto, la banda “del Nafta” es, básicamente, una banda de criminales. Y recorre una zona muy particular del conurbano bonaerense (que es infinitamente más heterogéneo de lo que creen muchos porteños), también. Pero Oyola no los juzga. Retrata una vida al límite, pero sin muchas opciones. Da cuenta de un camino (de varios, también, de los buenos y de los otros) que no necesariamente se puede elegir. Que a veces, sencillamente, toca(n).


Kryptonita tiene varios momentos superlativos. Pero acaso el más tierno y, a la vez, el más terrible, sea el que narra el encuentro de Nafta Super y su vieja con Carozo y Narizota. Hay (mucho) más para decir y contar del libro. El “origen” de Lady Di/Wonder Woman es de antología, por caso. Pero se sugiere leer el libro entero. O esperar a la entrevista con Oyola que publicará este sitio el próximo mes y convencerse entonces, con las palabras del propio autor.


Para leer en su sitio original pinchar acá.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

lunes, 12 de diciembre de 2011

Un pasaje literario al conurbano

ESCRITORES NACIDOS ENTRE EL BARRO Y EL ASFALTO: ¿EXISTE REALMENTE UNA LITERATURA PROPIA DE LA PERIFERIA DE LA CIUDAD? CONTESTAN LOS AUTORES LEONARDO OYOLA, JUAN DIEGO INCARDONA, LUIS MEY Y MARIANA ENRÍQUEZ.

(Por Elisabet Contrera). Una nueva generación de escritores nacidos y criados entre barro y asfalto, en el corazón del Conurbano, se asoma en las librerías. Autores que se corren de los caminos habituales de la literatura argentina para capturar historias más genuinas de aquello que sucede en los bordes. No más una literatura donde las localidades bonaerenses son terreno del visitante furtivo o paisaje eterno y triste.

Tiempo Argentino convocó a un grupo de escritores que eligieron esa senda de producción. Al momento de llegar la cronista, Leonardo Oyola compartía una cerveza fría con Juan Diego Incardona, mientras Luis Mey amortiguaba una tarde calurosa con un cortado. Sólo faltaba Mariana Enriquez que arribó minutos más tarde. Aunque algunos no se conocían entre sí, se tenían presentes por de haberse encontrado en las páginas del otro. 

La consigna era reflexionar en torno a la literatura del Conurbano. Aunque al principio dudaron sobre la existencia de esa categoría, luego se convirtió en el motor de las reflexiones. Juan Diego Incardona (40 años) fue el primero en opinar. Ingresó al visor de la crítica literaria con su primer libro, Villa Celina, punto del partido populoso de La Matanza que lo vio caer y levantarse. Son 20 relatos donde tiene como personajes a La Chola, la curandera del barrio o Tino, el vecino eternamente vestido con los colores de Boca. “Si me muriera hoy, me quedarían muchas cosas por resolver, pero no la escritura, porque pude escribir sobre la Juanita, la Porota, mis hermanas”, dice satisfecho.

A Incardona no les gustan las etiquetas a la hora de analizar su trabajo, pero es consciente de esta línea literaria que nació 15 años atrás, con libros esporádicos, y que en el último tiempo derivó en un fenómeno “multitudinario”. “Generalmente, el Conurbano brillaba por su ausencia o aparecía como fruto de un viaje de alguien de la ciudad. Ese narrador tenía una mirada fascinada y temerosa sobre lo que se iban a encontrar”, analiza. “Hoy existen relatos de comunidad iluminados con distintas estéticas, mezclados con los intereses de cada uno, que dan cuenta de este universo mayor que es el Conurbano, tiene mayor autenticidad en la literatura y teniendo en cuenta que es la zona de mayor densidad demográfica de todo el país, era inevitable que surgieran”, describe.

Leonardo Oyola (38 años) arriesga una posible respuesta. “Por una cuestión generacional, es lógico que se empiece a dar importancia a este tipo de historias y más aun después de lo que pasó en 2001. Me fascina el delay entre el momento que lo llevás a la ficción y el momento en que pasó. Muchas de esas cosas estaban soslayadas, en nuestro imaginario, queriendo salir y el 2001 fue la mecha, lo que hizo explosión”, sostiene.

Oyola creció también en el oeste del Conurbano bonaerense, en la localidad de Laferrere. Su lenguaje literario es el policial y el género fantástico, su escenario es el Conurbano y su fuente, la cultura popular. Publicó varios libros, entre ellos, Siete & El Tigre Harapiento, y Chamamé, que recibió el premio Dashiell Hammett al mejor policial en la XXI Semana Negra de Gijón, un festival especializado en literatura policial y de género que desborda las calles y salas de la ciudad española.

Hoy es lectura segura también del mundillo comiquero. Su último libro, KrYptonita (por Random House Mondadori), imagina la vida de Superman si hubiera caído con su cápsula en Isidro Casanova. En este “universo alternativo”, a Clark Kent lo llaman “Pini” y no es un héroe solitario que lucha contra el Mal, sino que es el líder de una banda criminal integrada por versiones autóctonas de otros “superhéroes” clásicos como la Mujer Maravilla, Flash o Linterna Verde.

“El Conurbano es punta de lanza. Leerlo a Pablo Ramos, a Ariel Bermani, que son un poco más grandes que nosotros, leer al Jefe (en referencia a Incardona), las leyendas de Mariana (Enriquez), el descubrimiento de Luis (Mey) genera una sensación de déjà vu. Retratamos desde zonas diferentes, pero todos tienen puntos de contacto con lo vivido, con lo que uno quiere contar”, define. 

Luis Mey no proviene de los distritos populosos del conurbano profundo, sino que vivió en la zona norte del Gran Buenos Aires, en un barrio de clase media baja de San Isidro. Ese escenario determinó su producción literaria tanto como haber vivido la década del 90, que marcó el ritmo y el tono de sus historias. En Los abandonados primero y luego en Las garras del niño inútil, muestra a través del humor y la tragedia el efecto del menemismo en la vida social y la desintegración que genera.

“Escribir desde el Conurbano es un reaprendizaje de donde uno viene, esa vida intensa, donde hay que navegar río adentro. Lo que aprendí (en la universidad) venía de otro lado, de un lugar que no era el propio, pero el mío estaba lleno de historias”, resalta. “Tuve la suerte de haber crecido a 50 metros de La Cava y a diez cuadras de las Lomas de San Isidro”, agrega. 

“El desafío de nuestra generación es reconocer esas historias, tomarlas e imponerlas. Sabemos que hay textos que históricamente se imponen y por ello, nosotros tenemos que ser muchos más sutiles y pulidos y encontrar el tono para que llegue a los demás, derribar esas fronteras que a veces creamos nosotros y a veces, los otros”, analiza. “Estamos reaprendiendo la forma de crear cultura, la forma de enseñarla, nosotros sabemos que la esquina en nuestros relatos es importantísima, es la famosa encrucijada donde puede pasar cualquier cosa”, remarca. 

Mariana Enriquez (38 años) nació en la Ciudad de Buenos Aires, pero creció en Lanús, al sur del Conurbano bonaerense. En su novela Cómo desaparecer completamente, cuenta en forma cruda y áspera la historia de un joven que quiere escapar de una familia integrada por un cuñado dealer, una hermana con la cara desfigurada por un tiro, una madre empastillada y un padre que abusó de él durante años.

Por éste y otros tantos trabajos, fue invitada junto a Incardona a la 63º Feria del Libro de Frankfurt para debatir sobre este tema. “No sé si hay una literatura del Conurbano, pero sí hay obviamente escritores nacidos y criados en el Conurbano que están siendo honestos con dos cuestiones: la experiencia y la imaginación. A mi nunca se me hubiera ocurrido escribir sobre otro lado, es lo que conocí”, afirma. “No hay necesidad de camuflaje, de no escribir sobre nuestros lugares porque no son literalizables”, asegura. 

Ella prefiere una literatura que devele los matices de un conurbano heterogéneo. “El otro día estaba leyendo Sangre Salada, que es una crónica de la Feria La Salada, de Sebastián Hacher y lo notable es que no está mostrando al Conurbano como un territorio de pobreza y de marginación, sino como un lugar floreciente. Lo que es interesante es que al ser tan diverso y tener tanta gente, es una literatura que me interesa leer. El Conurbano no es homogéneo, pese a que hay deseo del otro de homegeneizarlo, de mostrarlo como un territorio que está después del Riachuelo y que quiere tomar por asalto la Capital.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Un apodo que me gané escribiendo

(Por Hernán Carbonel). En su primer número (septiembre 2011), la revista La Balandra propuso como nota de tapa el debate sobre si un escritor "nace o se hace". Al margen de este planteo (por lo demás muy interesante), lo que deviene indefectiblemente en el circuito de la escritura es, claro, la publicación. Y entonces, surgen otras preguntas (por lo demás también muy relevantes): ¿por qué publicar; qué significa publicar? ¿Una necesidad intrínseca de quien escribe, el primer escalón de un camino ineludible, el certificado de que el ego tiene una razón de ser y opera en consecuencia, una fatalidad irrevocable, el peso mismo de la obra que busca trascender a su autor? Sin ánimo de responder a tantas preguntas (por lo demás a veces imposibles de responder) pero en busca de alguna de ellas, LA GACETA Literaria les pidió a una serie de reconocidos autores argentinos que testimoniaran sobre aquel paso inaugural: su primer texto publicado. Ariel Magnus, Gustavo Nielsen, Leila Guerriero, Patricia Suárez, Federico Jeanmaire, Franco Vaccarini, Leo Oyola, Samanta Schweblin, y Pablo Ramos rememoran aquel iniciático momento.


Un apodo que me gané escribiendo

Por Leo Oyola

Escribí mi primera novela en el 2004. No lo pensé dos veces y la mandé al Concurso Clarín Alfaguara. Para cuando me enteré que era uno de los finalistas del premio todavía no la había vuelto a leer desde que la laburamos con el maestro Laiseca en su taller. Así que cuando obtuve una mención mi alegría fue enorme. Porque no dejaba de pensar: esta es una oportunidad. Recuperé los tres manuscritos. Y por consejo de Lai me contacté con editoriales independientes que tuvieran buena distribución, a ver si lograba que se interesaran. Una me mató. Otra me dijo que le gustaría pero que no tenía dinero para invertir en un autor desconocido. Tres años después, durante una jornada literaria, el responsable de esa primera editorial que me leyó me pidió disculpas por lo duro que había sido. Y me dijo que evidentemente jamás hubiera entrado en su catálogo; pero que se alegraba de que mi obra hubiera encontrado su lugar. El otro editor ni bien se enteró que se publicaba me llamó para felicitarme y desearme mucha suerte. Y no deja de escribirme mails cada vez que se entera de alguna novedad mía. El tercer manuscrito llegó a las manos de Ricardo Romero. Que lo leyó. Y se divirtió mucho. Y que se jugó por lo que yo hago. Y que me publicó en la colección Laura Palmer no ha muerto. Desde entonces, por cómo se fueron dando las cosas, cuando me hablan de la novela se refieren a ella como Siete… y hay muchas personas que me dicen Tigre. Y eso me cabe mil puntos. Porque ese apodo me lo gané escribiendo. Y ese apodo me hace recordar lo que soy: un escritor. Autor orgulloso de Siete y el Tigre Harapiento, mi primera novela publicada.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Santos ruteros

sábado, 3 de diciembre de 2011