viernes, 22 de marzo de 2013

¿Estás adentro?


De borrego tuve una revelación. Frente a la tele. Cuando vi por primera vez una publicidad de una golosina. De fondo, como jingle, un cover en castellano de un tema de Elton John. Que decía, que decía, más o menos así:
            Caminaba ella tan lindo
            Se paseaba por la ciudad
            Sin que lo sepa yo la seguía
            Y su gusto descubrí.
            Le gustaba el Mantecol.
            Comía uno. A veces dos.
            Y sabiendo que le encantaban
            Decidí comprárselos
            ¡Mantecol!
            ¡Mantecol!
            Era bastante pibe cuando vi esa publicidad. Y sin embargo me quedaron bien grabadas esas imágenes de una chica, muy bonita ella de acuerdo a los cánones de la belleza de los 80, una adolescente que era seguida de cerca por un tipo un poco más grande que la susodicha hasta que al final la encaraba en la parada de un bondi para darle el Mantecol.
Esas calles de la publicidad, obviamente, no eran las mismas que las que yo empezaba a patear. No solo porque estuvieran asfaltadas. Se notaba, y mucho, que eran otra cosa. Otro tipo de vida. Otro barrio. Pero, así y todo, a mi lo que me hacía ruido, lo que me encendió la alarma, era que esa piba aceptara tan confiada golosinas de parte de un extraño. Porque claro, para mis orejas, eran tiempos en los que mi mamá, mis tías y todo adulto cercano no dejaba de repetir el “si te ofrecen no agarres caramelos en la calle”.
Y esta piba acepta el Mantecol.
Y no sabíamos como seguía esa historia.
Y a mi me inquietaba pensar que había sido de la vida de esa chica que caminaba ella tan lindo y se paseaba por la ciudad.
Me inquietaba no saber nunca más que había sido de ella.
Como también me inquietaba -en una Casanova donde Mick Jagger era Dios, la legua Stone nuestro crucifijo y los Rolling la religión- mi temprano gusto por las canciones de Elton John.    
            Cómo se te pegan, ¿no?
            Cómo se nos pegan: melodías, ideas, recuerdos que empiezan a repetirse una y otra vez.    
Porque vas tranquilo por la vida. Y de repente. ¡Zas! Se te metió algo.
No está mal que sea una canción.
Es de aplaudir si lo que nos empieza a dar vueltas es hacer algo, no importa qué mientras sea algo bueno, y con respecto a la memoria por ahí si ésta piola levantar la pata del acelerador en cosas puntuales de nuestro pasado a las que sabemos volver. Poder dejarlas atrás
Si. Uno va tranquilo por la vida y de repente se te metió algo.
Y desprenderte de eso depende. Puede ser fácil. No tanto. O complicado. Porque como dijimos anteriormente: depende. Depende de QUÉ es lo que se te metió adentro. Y pobre de aquel al que se le metió un diablo.
Voy a cumplir 40 en breve. Y, dada mi experiencia hasta estos días, si se me llegara a meter algo adentro… lo único que pido es que por lo menos me haga un mimo. Que se yo.
            La primera vez que escuché los términos Súcubos e Incubus fue en lo del Maestro Laiseca. “¿Usted sabe lo que es un Íncubo, Leíto?”, me preguntó Lai.  Menos mal que no alcancé a abrir la jeta. Estaba por contestarle que era una banda. Que tenían un lento de esos ahora o nunca: “¿Estás adentro?” se llamaba el tema. Ojota: “¿estás adentro?” Algo la tenía.
            Laiseca me contó bien lo que eran. Y diez años después me los encuentro en las páginas de esta historia narrada por Ciro. Un tipo que como Nicolás o como yo pateaba calles que no eran las de una publicidad de Mantecol. Y que, privado de su libertad y cumpliendo condena por un crimen que no sabemos si cometió o no, desde su celda ayuda a los que se acercan a él teniendo al maligno en su interior… Ahí donde ranchea obligatoriamente Ciro recuerda… recuerda y cuenta… sus pecados… sus combates… apiadándose de aquellos que sufren el peor de los desconsuelos: la falta de Fe.
            Si por ahí, uno en estas líneas, apeló al humor para presentar una novela de terror es precisamente por eso: porque la risa es un mecanismo de defensa ante el miedo. Sonreír es algo luminoso. Y Súcubo –el libro con el que se inicia la saga de la Trinidad de la Antigua Serpiente-  es asomarse hacia lo oscuro. Y decidir, nosotros, como lectores en qué preferimos creer. Tal como se lo plantea el agente Cooper al Sheriff Truman en Twin Peaks cuando se devela quien mató a Laura Palmer.  ¿Fue lo terrenal? ¿O lo espiritual? La realidad, nuestros días aparentemente ordinarios, ¿no contienen esos dos mundos? Y lo más jodido: ¿qué es peor? ¿un hombre o un demonio?
Cuando terminé de leer Súcubo le escribí a Nicolás de madrugada, a la hora de las brujas, para comentarle que de ahora en más para mí la santísima trinidad de exorcistas son Merrin, el Padre Karras & el Ciro protagonista de esta historia. Me gusta mucho lo que hace Nico. Por eso estaba esperando su libro nuevo. Una alegría enorme vivir lo que se narra mientras lo estás leyendo. Asustarte, asquearte, creer. Stephen King dijo sobre la novela de William Hjortsberg en la que está basada la película de Alan Parker, Corazón satánico, que era como si El exorcista hubiera sido escrita por Raymond Chandler. VHS mediante, a finales de los 80, me fascinó el film. Y en el 2007, en una casa en la que estaba viviendo, encontré el libro en la biblioteca. Tal cual lo que había declarado el autor de La zona muerta; otra de terror con pulso de policial... El piropo para Súcubo no es el mismo de King hacia Hjortsberg aunque a todos nos hubiera encantado lo de El exorcista + Chandler. Es como cuando a Virus en su arranque le decían que eran los Duran Duran argentinos y alguien saltó y dijo: "¡Pará! ¡Virus es Virus!". Bueno, nada, eso. Súcubo es una novela de Nicolás Correa. De la que tenemos que estar muy orgullosos sus lectores y, sobre todo, su autor.

Leído en la presentación de la novela de Nicolás Correa publicada por la Editorial Wu Wei.