viernes, 1 de diciembre de 2006

Pibes Nuevos

Revista Maxim de diciembre de 2006.
Texto: Federico Levín
Fotografía: Magalí Flaks

LEONARDO A. OYOLA
¿Quién es?
Leonardo A. Oyola nació en Capital Federal en 1973. Actualmente vive en Morón.
"Siete & el Tigre Harapiento" (Editorial Gárgola, 2005), obtuvo la tercera mención del Premio Clarín Alfaguara 2004. Permanecen inéditos sus relatos de "El Otro Far West" y su segunda novela, "Hacé que la noche venga". Participa del taller de Alberto Laiseca.
¿En serio escribe policiales?
Sí, y escribe policiales en serio, aunque el humor es una de sus armas letales.
¿Por qué hay que leerlo?
Es un caso atípico. Casi nadie escribe literatura de género en la actualidad, y él lo hace con muchísimo conocimiento, y amor por el género. Pero esto no lo hace sentir un outsider: "debe haber otros, tenemos que salir a buscarlos; y también a los de otro palo. A la ciencia ficción, es una vergüenza que no le haya entrado todavía a los que están haciendo ruido hace rato. Y espero con muchas ganas a quién acá patee el tablero con una novela de terror".
Usa un tono bastante oral, y no es casualidad: Oyola es un escritor que se lee y se escucha. Su última novela, Chamamé, la viene presentando capítulo a capítulo en diversas lecturas que se arman en Buenos Aires.
Es un autor 'accesible', en el sentido de que no hace falta ser un constante lector de literatura para disfrutarlo; tiene, por ejemplo, mucha influencia del cine. "El cine es falopa. Y yo un adicto. Considero que no podemos negarlo en nuestra formación como narradores. Yo le debo mucho a Sábados de Super Acción, Trasnoche Aurora Grundig y los tres Johnny –Carpenter, To & Woo-. Lo mismo a las series de televisión: verdaderos folletines del siglo veinte. Piensen en los capítulos dobles, en el siempre puteado "To be continued"
También escribe desde el cómic y la música, y le gusta jugar con los guiños y las referencias encriptadas a esos placeres mundanos (de hecho, los nombres de todos los capítulos de "Siete & el tigre harapiento" son títulos de canciones de Duran Duran). Muy divertido.
¿Qué onda la novela?
Además de ser un policial hecho y derecho - es atrapante y va eludiendo las hipótesis del lector con mucha cintura- es más que eso. Se desarrolla en la Buenos Aires de finales del siglo diecinueve y uno se siente ahí, en esas calles, con esa música. Capta la música. Ahí tenemos una banda de matones (La orquesta del gato cabezón), mujeres irresistibles y asesinadas, un inspector borracho y pornógrafo y decenas de policías corruptos. Más allá de la trama en sí, que es impecable, la novela se disfruta por las imágenes, los diálogos, el clima.
Un escritor para salir a buscar, en tu librería o bar amigo.
Para leer escuchando: "Alive III", Kiss.
Y Bebiendo: Ginebra con Ananá Fizz.

jueves, 30 de noviembre de 2006

martes, 28 de noviembre de 2006

miércoles, 15 de noviembre de 2006

martes, 31 de octubre de 2006

Roba


Mark Wahlberg como el Sargento Dignam.
El personaje del año.
Los Infiltrados. ("The Departed". Martin Scorsese. EE.UU. 2006)

miércoles, 18 de octubre de 2006

martes, 3 de octubre de 2006

jueves, 21 de septiembre de 2006

jueves, 14 de septiembre de 2006

Cachivaches

LO QUE SE PIERDE
Alejandra Zina
Carne Argentina
Cuentos
64 págs. – 2005

I. Los últimos que los vieron vivos. La autora leyendo en la galería del patio de su escuela A sangre fría, invocando años más tarde al gran Truman en aquello de que “nuestros verdaderos temores son el ruido de pisadas que recorren los corredores de la mente, y las ansiedades, las fantasmales imaginaciones que originan”. Ese es el puntapié inicial para que Canning antes de ser Scalabrini Ortiz, el Palermo Viejo, el Palermo a secas de Alejandra Zina, como escenario tenga una marcada influencia en la mayoría de los relatos del libro.

II. Personas desconocidas. ¿O no tanto? La autora saca una voz masculina fuerte para narrar en primera persona "Vieja Puta", "Baldío" y "Picazón". Ahí, donde muchos ven crudeza extrema hay más bien un disco de Calamaro: una honestidad brutal que también campea todas las voces que se alzan en "Carioca", propias de las curdas de madrugadas, sinónimos de sinceridad mal que nos pese. La misma sinceridad que atraviesa los diálogos impecables de "Con cama adentro", o el relato de la ejecución en "El hijo", cuento de perturbadora confesión. Inquietante, también, como lo que le pasó al personaje homónimo de "Waldemar", en cuya dedicatoria se ensaña aún más lo que en el texto se develará.

III. Respuesta. Visceral, agresiva y contundente es la escritura de Zina. Y si uno la termina acompañando ya sea a un terreno baldío o a una fiesta de cumpleaños es por esa primera persona cómplice, curtida, sin arrepentimiento. Lo que se pierde es no haberla vivido.

IV. El rincón. Y siguiendo con las citas a Capote, estos siete relatos son como el pueblo de Holcomb, como ese lugar, visibles desde lejos. Porque el valor de este libro no está en la sensación de deja vu ni el linkeo a las experiencias propias como lector. Hernán Lucas lo advierte en la contratapa: el asunto pasa por el fuera de campo, en lo que insinúa y no cuenta.

Manuel Ovejero


A publicarse en el próximo número de la revista "Oliverio".

jueves, 24 de agosto de 2006

viernes, 18 de agosto de 2006

Send my an angel (right now!)


Acerca de “La dama en el agua”, un cuento para ir a dormir de M. Night Shyamalan.

Mi psiquiatra me sacó la ficha de entrada. Me dijo que yo era el verso de una canción de los Ratones. Que no tengo religión, tengo ansiedad.
Tengo una necesidad imperiosa de creer. Más bien de volver a creer.
Porque mi pulseada con la Fe tiene una larga historia de (des)encuentros.
Vi La dama en el agua, la última película del director de Sexto Sentido; y la verdad, durante la mayor parte de la proyección me la pasé puteando a Shyamalan por el conjunto desmesurado de ridiculeces que iban desfilando una tras otra en la pantalla. Sentí vergüenza ajena por el otrora maestro responsable de una obra mayor como El Protegido, de un entretenimiento eficaz como Señales o de una apuesta a todo o nada como La Aldea. Desconcierto entre tantas emociones mezcladas hasta que llegamos al desenlace donde todo se encastra para que uno defina de que lado está.
Creer en la dama en el agua. O no.

Shyamalan y la puta que te parió. La concha de tu hermana.
Yo creo en la dama en el agua.
Y no por abanderar un romanticismo jurásico.
Porque aunque sienta las rodillas oxidadas -y como Don F! nos hiciera avivar el año pasado que por primera vez en nuestras vidas Batman era más joven que nosotros- falta mucho para que me jubile en varios rubros, pero ya hay otros en los que pude sentir la finitud de mi propia existencia.
Necesitaba creer en la dama en el agua y ahora por esa historia tengo el fanatismo del converso. Que es un vuelto al lado de esos quince segundos en los que desde un contrapicado descubrí las alas más lindas que se hayan visto en el cine desde una película de Win Wenders. Y ojo que no hablo de las de Cassiel o Damiel. A mi las que me hechizan son esas alas de pollo que tiene la trapecista, la Marion de Solveig Dommartin. El mismo hocus pocus que destilan los fotogramas finales de la película, desde una subjetiva anclada en la pileta que me miente si lo difuso era el cloro en el agua o mi mirada declaradamente nublada por la emoción.
¿Dije película? No. La dama en el agua no es un film.
Es un cuento para ir a dormir.
Yo prefiero setenta veces siete acostarme con leche en los bigotes, después de haber picoteado unas galletitas, como uno de los personajes principales, antes que volver a tomar el Alprazolam o el Duxetil.
Ahí la pifió mi psiquiatra.
Pero ya me había robado una sonrisa con el rocanrol de los Ratones.

miércoles, 9 de agosto de 2006

martes, 1 de agosto de 2006

domingo, 16 de julio de 2006

Feroces forajidos estos cachorros

Niños
de Selva Almada

Editorial de la Universidad de La Plata. 2005. 65 páginas.

Villa Elisa, Entre Ríos
Por Ramón Fernández Caricato

“Cuatro años es mucho tiempo para un niño. Es prácticamente la mitad de su vida”, explica un personaje en Paris, Texas (Win Wenders, 1984). “Ahora la abuela tiene la edad de Manuela; mi madre, la edad de la abuela; yo, la edad de mi madre. Algún día voy a tener todas las edades juntas”, concluye la narradora en uno de los capítulos de Niños, el nuevo libro de Selva Almada.

Las citas –arbitrarias y hasta encriptadas por parte del responsable de estas líneas- sirven para ubicarnos cronológicamente en una etapa de nuestras vidas en la que el tiempo se mide más allá de minutos, horas, meses y años. La infancia de los personajes de la autora de Mal de muñecas (cuatro poemas y un relato breve ilustrados por Luis Acosta, editado en el 2003) se recuerda en siestas y en veranos. Y en un una amistad única, entrañable; con un chico –Niño Valor- de la misma edad de la narradora. Un pasado, el primero del que se tenga memoria, revisado en imágenes como la de una pared hecha de botellas vacías de ginebra que la luz del sol teñía de verde –“como inundando de kriptonita”, se nos informa- dando la apariencia de increíbles Hulks a todos los que estuvieran en la habitación.

Podría decirse que estamos ante una novela de iniciación ya que en sus páginas los caminos que sus personajes toman dejan atrás las historias que se nos están contando, yendo en busca de otros lugares y otras historias. También se podría coquetear con los datos autobiográficos de su responsable. Pero eso es lo de menos. El trabajo superlativo y la emoción genuina del libro están en la austeridad de sus oraciones, en la economía de recursos que ostenta la narración y en jugarle una ficha a la posible identificación que se pueda generar con las vivencias de las situaciones descriptas. Insistimos, esta infancia de siesta y verano podría transmitir el tedio del pueblo donde transcurre hipotéticamente. Su nada. Y sin embargo, en ese montón de nada hay un todo.

Recientemente antalogada en Una terraza propia –el libro de Editorial Norma en el que Florencia Abbate como compiladora presenta a veintitrés nuevas narradoras argentinas- en su novela Almada aborda una primera aproximación hacia un tema que nos desvela, siempre, en cualquier momento de nuestras vidas: la muerte. Que ante los ojos de los niños protagonistas presenta ceremonias, alteración de rutinas y hasta cierta posibilidad de acercarse a un Dios justiciero como ese que –en teoría- le concede al cerdo carneado el rayo para vengarse de un árbol.

¿Por qué será que lo mejor siempre parece quedar hacia atrás? Es posible que esto suceda en todos los órdenes de la vida: el cliché de todo tiempo pasado es mejor se acentúa más en el arte, pero en nuestros días de por medio –por lo general- es una constante. También es probable que lo pasado haya sido muy, muy bueno y, con el paso del tiempo, mejor. He ahí el truco de Niños. Que la nostalgia no sea azucarada. Que la mirada con la que se aborda el recuerdo no sea impostada. Y en esa objetividad alcanzada en el relato, encontrar su poesía. Su música. El soundtrack de lo que fue y nosotros no pertenecimos. La intención no es voyeurista. Todo lo contrario. Somos bienvenidos. Nos han invitado. Se nos abre la puerta de par en par para entrar a ese mundo. Se nos abre la puerta para ir a jugar con el Niño Valor y su amiga.

El libro se lee rápido. El efecto posterior a su lectura sin embargo no es efímero. Nos ha marcado. Porque la curda de emociones con las que nos emborracha la prosa de la escritora, si bien no hace hincapié en el deja vu por parte del lector, deja la posibilidad de abandonar una postura pasiva y poner algo de lo que fuimos en eso que ella nos está contando. Almada es tan hábil y encantadora como ese abuelo narrador de historias de basiliscos, luz mala y apariciones. Y nosotros –sus lectores- terminamos siendo como los niños de sus párrafos: cómplices de lo que se nos está contando. Por más que no sea nada nuevo. Más allá de que parezcan repetidas, necesitamos de esas historias. Una vez más.

Y queremos más.

Como Win Wenders en la dirección y Sam Shepard en los textos (Crónicas de Motel), más de dos décadas atrás, hurgando en el desierto del corazón de un adulto para volver una y otra vez sobre los mismo parajes y lo que fuimos -en París, Texas-; casi-casi para la misma época en la que el Niño Valor le robaba atados de hojas de eucalipto a la pobre Manuela -en Villa Elisa, Entre Ríos-; Selva Almada -de lo que para la mayoría es LA nada y lo que ya FUE- hizo con sus Niños algo inolvidable.


Publicado en el número 3 de la revista literaria "Los Asesinos Tímidos", dirigida por María Eugenia Rombolá y Juan José Burzi. Julio de 2006.

domingo, 9 de julio de 2006

El tiempo pasa... nos vamos poniendo tecnos


De un mail de Pablo Manzotti:

Cuestión cumpleaños, lamentos, edades y “Batman más chico que nosotros”. El otro día me dispuse a releer Batman: The Dark Knight Returns, la joya de Frank Miller. Como tengo la edición 10º aniversario, el libro cuenta con una larga intro del autor, recordando como surgió la idea de hacer una historia de un Batman cincuentón. Transcribo textual:

...«1985. Mi apartamento en New York.
De pronto me doy cuenta de algo muy desagradable.
Estoy a punto de cumplir 30 años.
Estoy a punto de ser un año mayor que Batman.
He logrado aceptar, hace poco, que Spiderman sea más joven que mi hermano pequeño.
Pero... ¿Batman? ¡¿Batman?! ¡Mi héroe infantil preferido!
Aquella sabia figura paternal…
¿Ahora voy a ser más viejo que Batman?
Eso era intolerable. Algo tenía que hacerse»...

En fin. No sé si con esto los alivio o les cargo una mochila más pesada porque, lo único que se me ocurre a mi pensar es que, cuando Miller sintió la misma frustración que ustedes, (Ficcionalista!, Tigre Harapiento) escribió la mejor obra de superhéroes de la historia.
Como amigo conciente de sus aptitudes, espero resultados a partir de este momento.
Nada más.
Sallutti.

Pol.