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domingo, 29 de abril de 2012

Ser profeta en otras tierras


“A uno de mis editores se le ocurrió ponerme enfant terrible de la literatura argentina. Cuando lo vi en la contratapa me quería matar. Sabía que había sido con muy buena leche. Pero yo soy lo más unplugged que hay. Y, además, ya voy a cumplir cuarenta. Si hasta Christian Bale es más chico que yo. Eso quiere decir que yo soy más grande que Batman”

miércoles, 29 de junio de 2011

Sous le galets la page...

Una reseña más en le blog yossarian.

jueves, 31 de marzo de 2011

"Esto se lee en parís, hoy"

De un mail de Juan García al que le agradezco mucho el gesto.

viernes, 25 de marzo de 2011

Le dernier combat

Otra crítica de Gólgota hecha por Sebastien Gedron para Petit Laboratoire des Potentialités Globales, una entrevista realizada por Gilles Marchand, la página de donde pueden bajar el archivo de audio del programa Paludes 589 donde Nikola habla de la novela y el escaneado de la nota de Éric Bonnargent.

lunes, 7 de marzo de 2011

Voulez-vous coucher avec moi

Primeros comentarios de Gólgota en Francia. Como uno solo sabe, y por fonética, el estribillo de Lady Marmalade; si alguien quiere comentar lo que dicen -y en la medida de sus posibilidades- por favor escriban al mail.
Yann Le Tumelim para Moisson-Noire.
Gilles Marchand para K-libre.
Pierre Faverolle para Black-Novel.
Yves para La Librairie du Quartier Secrétan.
Y un archivo de audio del programa Salle 101.
Desde ya, a toda esta gente y a ustedes, muchas gracias.

viernes, 4 de febrero de 2011

666

"Yo creo que es el más bestia de los que conozco en este momento". Piropos como estos y sobre todo quién es el maestro Argemí, pinchando acá.

martes, 2 de febrero de 2010

La rabia y el dolor

Otra vez Oyola
Por Guillermo Orsi
Mientras una sociedad de progresistas de minué y fachos new age debate sobre lo que llaman inseguridad -los dolores de cabeza que les traen los millones de excluidos por un sistema que esa sociedad aplaudió de pie en los ´90-, otra vez Oyola.

Si en Chamamé recorrió con prosa metálica los desolados caminos de un duelo inevitable, en Gólgota recoge el guante ensangrentado de una venganza y lo transforma en una bofetada que transfigura cualquier falluto gesto de compasión en una máscara del asco.

Una violación, un par de muertes derivadas de la insoportable humillación, la jactancia suicida del violador, su ejecución y la revancha sellan los actos implacables de la tragedia.

Poco más de cien páginas le bastan a Oyola para hundirse en la miseria de Villa Scasso y, como talentoso ciruja del lenguaje, hurgar entre los escombros de una humanidad acorralada en sus propios laberintos, arrojada al vaciadero por la violencia clasista y las redadas policiales.

Reglas de un juego preapocalíptico que no frecuentan los políticos que aluden a la catástrofe final de una sociedad prisionera de sus culpas, los "patas negras" -la yuta, la cana, la pasma, la "maldita policía"- sobreviven pactando con la jauría -los Pibes de Scasso. Cuando algún paso en falso, alguna traición, hacen saltar por el aire ese pacto, sobreviene la barbarie y la sangre de los sacrificios corre por la cunetas del barrio.

No queda después -como en toda guerra- más que contar las bajas y sentarse a negociar. Barajar y dar de nuevo es, en Villa Scasso, matar para recuperar el orden perdido, jugar unas partidas donde no hay fulleros porque todos, y a sabiendas de sus adversarios, hacen trampa.

El que no hace trampa es Oyola.

Los primeros párrafos se disparan y hay que buscar refugio, aceptar, a estallidos de una escritura fulminante, que el mundo no es lo que nos prometieron que sería. En la Argentina, como en tantos otros países del mal llamado tercer mundo, se han ensayado tantas recetas políticas, sociales y económicas que sus habitantes reaccionan a los estímulos como ratas sobrevivientes del peor laboratorio nazifascista. Alucinados, perseguidores perseguidos, amontonados en los rincones más sombríos de la historia, los personajes de esta breve y ejemplar novela ya no tienen dónde huir y por eso atacan. Atacan con lo que tienen a mano y también con el lenguaje, con el estilo seco de un pibe que no es de Scasso pero que toca en la misma banda.

Puesta en la mira, la literatura de Leonardo Oyola se deshace bajo su propia lluvia de balas, estalla silenciosa y brutal para recomponerse en los callejones sin salida, en los barrios que ahuecan el pretencioso edificio de una ciudad, que acabarán por derrumbarla sobre su propia ciénaga. Oyola se anticipa a ese derrumbe con una historia despojada de artificios y de los tan comunes hoy en día narcisismos metaliterarios.

El caretaje seguirá analizando la inseguridad, oscilando entre políticas seudo preventivas y la ejecución legal o sumaria de los inadaptados. Oyola desenmascara la puesta en escena de una civilización funeraria, pone a víctimas y victimarios en la misma línea de fuego y dispara a discreción sobre tanta hipocresía. Y lo hace con una prosa ajustada, violenta como su materia narrativa, precisa, en el final, como el único alivio posible a tanto dolor: el tiro de gracia, la crucifixión en un Gólgota donde no cabe esperar otra redención que el exterminio.

viernes, 20 de noviembre de 2009

martes, 11 de noviembre de 2008

Masters of the universe

Quizá al terminar de leer esta novela negra-social también se plantee mi misma pregunta: Si el bueno permite al malo hacer de las suyas, pero sólo allí donde no moleste al bueno, entonces ¿sigue siendo bueno, o sólo es un malo cómodo?

“Gólgota”, la cuarta novela del joven escritor Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973), no es una novela sobre malos y buenos que les ganan. Porque los “buenos” combaten a los malos según el momento. Porque al final nadie sale vencedor, salvo la muerte (que cultiva en ambos bandos), y su agente comercial la violencia (“La reina de reinas no es la madre de Cristo. No es la virgen. La reina de reinas acá y en todas partes es y será la violencia. Porque esa sí es madre… de todos los males”). Es en todo caso una novela de contrarios, de un policía solitario a punto de jubilarse (Lagarto) que siempre creyó en lo que está haciendo, aunque a veces eso implique jugar sucio, incluso fabricar pruebas, y que siente un deber de padre protector hacia el otro policía (Calavera), joven instalado en la treintena que a base de esfuerzo logró salir de la opresión de las calles de Villa Scasso, donde de seguro estaría condenado a ser uno de los otros, uno de los matones de los Pibes, y que contrariamente a Lagarto tiene un hogar con una familia que le espera.


La policía no se mete con los pibes, los pibes se mantienen en su zona. Una hija muere desangrada por un aborto clandestino en los brazos de su madre, y la madre se suicida. ¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? Pues que este último es un incidente que lleva a reabrir la guerra “patas negras”, “azules” o “policías” versus Pibes de Villa Scasso o delincuentes. Como correa de transmisión actuará el propio Calavera, que se convierte en vengador, justiciero, o juez y parte en esta guerra que él desata y en la que sucumbe. Su particular gólgota como no podría ser de otra manera está en Villa Scasso.

La verdad es que al lector no le salpica mucha sangre. En su mayor parte corre por dentro, por los canales de los sentimientos de Calavera, que se desbordan ante el acontecimiento que le toca de plano, la muchacha muerta bien podría haber sido su hija de haber mediado otras circunstancias entre él y la madre de aquella que fuera su antigua novia. También por los canales de los sentimientos de Lagarto, que pierde lo más parecido a un hijo y al que las reglas del honor obligan a lavar con otra sangre la de su compañero. Bueno, algo de sangre sí que hay.

Si en la novela negra convencional la acción apunta ahí mismo, a la acción, partiendo de un fuerte nudo que poco a poco hay que desatar con constantes avances y retrocesos en el proceso, o sea, manteniendo la tensión, en esta novela negra-social, el nudo y el peso de la acción lo soportan los sentimientos, siempre contradictorios entre sí, de cada uno de los dos policías: El mayor ya lo hemos dicho, que cree en lo que hace pero que a veces se tiene que plantear si eso es lo correcto, que hubiera deseado con todas sus fuerzas una familia a quien querer (nada más lejos del policía arquetípico de novela negra convencional). Eso sí, como un policía de esos que hablamos, también empina el codo (aunque solo en el bar en cuyo espejo roto se refleja su figura; en el “Tenéme al chico” (Es irónico que un espejo hecho mierda te muestre en verdad quien sos”, su familia de barra en el barrio de Atalaya, una historia colateral que infla con mucho tino al personaje Lagarto. El joven, no es un novato (“Calavera había perdido la cuenta de los tiroteos en los que había intervenido”), sino un luchador curtido antes de la policía, en la ley de los suburbios, pero que siente que ha traicionado a su gente, no a los delincuentes, sino a la gente humilde y sencilla que lucha por sobrevivir con el fruto de su trabajo y con la que el padre Gregorio (“Un gallego de otro planeta que hace su obra social en Scasso”) lucha también. Su figura no se refleja en el espejo roto de ningún bar, sino en la figura de Kuryaki, otro de los Masters del Universo. Gran acierto por parte del autor el introducir esta especie de cuña informativa sobre esta serie de dibujos animados, que se nos desvelan al principio del capítulo “La corona de espinas"; ahí entendemos el porqué de los apodos.



Los modismos y giros están bien usados, vienen colocados de forma que uno no necesita un diccionario de argentinismos, sino que por el contexto deducirá el significado de cada uno de ellos. Y por último añadir que si bien el lector acaba el primer capítulo de la novela confundido, es decir este capítulo no le aclara lo que debe esperar, y hasta bien avanzada la novela no sabrá que está inmerso en un flashback, la novela es de fácil lectura, lo que no quiere decir una novela fácil. Como tampoco es fácil la lucha entre esos verbos que los que aprenden español confunden en uno solo: ser y estar, y que son la esencia de esta más que recomendable obra.

José Cruz Cabrerizo