jueves 15 de marzo de 2012

Orsai Nro. 5




Ya está online la Revista Orsai Nro. 5 donde pueden leer el comienzo de CRUZ/DIABLO; el western que escribí para estos forajidos con ilustraciones del Hueso Ricciardulli.

http://es.scribd.com/doc/85462389/Revista-Orsai-N%C2%BA5-Febrero-2012 

miércoles 14 de marzo de 2012

sábado 10 de marzo de 2012

Caballo muerto

En la revista FIERRO de este mes se publica una historieta que escribí con dibujo de Iñaki Echeverría.

jueves 8 de marzo de 2012

martes 6 de marzo de 2012

sábado 3 de marzo de 2012

Las batallas por el sentido del gaucho

...Ultimamente, encontramos las sagas del conurbano de Juan Diego Incardona y Leonardo Oyola, donde Beatriz Sarlo lee el “aguante” como posible herencia gauchesca: “El aguante es un ideal moral, porque articula la comunidad, la establece frente a los otros, defiende a los más débiles, enfrenta las competencias y agresiones, fija sus límites (indispensable para ser comunidad). El aguante es lo que el honor era en la cultura aristocrática, lo que el coraje era en la mitología gaucha, lo que la virtud es para la religión o el pluralismo representa para la vida cívica”. En otro vector, los pastiches neo inmigratorios de Washington Cucurto son un virulento muestrario de lenguas y cuerpos, entrelazados en batallas arrabaleras. Pablo Katchadjian escribió el experimental El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (2007), donde desarma el poema dotándolo de nuevos sentidos. En 2011, el paraguayo Oscar Fariña acometió en El guacho Martín Fierro la audaz empresa de remixarlo, reemplazando al protagonista gaucho por un pibe chorro: “Con el cover se puede opinar reversionando. Opino sobre el Martín Fierro con mi cover. Como si el original fuera una partitura y yo la interpretara a mi modo”, comentó Fariña. Todas estas revisiones del Martín Fierro no hacen más que confirmar que “en esta tierra nunca se acaba el embrollo” y las injusticias y violencias sociales sólo cambian de método, pero siguen vigentes...

martes 28 de febrero de 2012

Una crónica sobre el destierro


El Faisán es uno de los siete miembros de la banda de Nafta Súper. Y cualquiera que lo conozca, si tiene dos dedos de frente, sabe que hay que tomar muy en serio lo que dice. Por eso, para dejar las cosas claras de entrada, voy a comenzar compartiendo una advertencia del Faisán que está casi al final de la historia que firma Oyola:

-Cuéntenla como quieran. Que somos dioses, que somos hombres, que somos buenos, que somos malos… Pero que se entienda que no somos fantasía. Que somos realidad. Y que aunque busquen copiarnos nosotros no andamos en pose porque somos los originales. Somos auténticos, man. Doña: nosotros somos de verdad.

Nosotros somos de verdad, dice El Faisán. Y yo no voy a andar contradiciéndolo. Así que lo primero que he de aclarar es que Kryptonita NO es una novela, imposible que se trate de ficción. Porque si sus personajes son de verdad, ha de ser que esta historia de Oyola está más cerca de ser una crónica, un relato aún vivo que interroga al presente.

El mismo autor reconoció que a él le gustan los tipos de acción, que les prestó a estos siete criminales sus propias anécdotas. Y en la tradición de Walsh, ellos son fusilados que viven, rompiendo la norma, para que Oyola hable cosas que callan otros cronistas y medios. Entonces, Kryptonita es también denuncia, reclama una discusión sobre nuestras ideas sobre justicia y violencia.

Entramos a la historia de la mano del Doctor González, o el Tordo, como lo llamarán los amigos de Nafta Súper. El hombre trabaja como nochero en el hospital Paroissien. Significa que, por izquierda, 72 horas seguidas, cubre los turnos de cinco clínicos que tendrían que estar de guardia, pero vaquean un sueldo para este médico desterrado. Después de esas 72 horas, el Tordo sólo desea sopa de alprazolam 10 miligramos, ensalada de duxetil y que el desmayo le dure 48 horas seguidas. Sabe que “Ser nochero es perjudicial para la salud. Y ejercer este servicio más de dos veces al mes es un suicidio.”

Y reconoce, también, que “a un pibe chorro es difícil que en una guardia lo salven. Con un pibe chorro, de puertas para adentro, no se utiliza el cardiorresucitador. Y mucho menos se le pone un respirador. Si llega así, solo, entra vivo y sale muerto”.

A su camilla llega moribundo Nafta Súper, el Pinino para los amigos de La Matanza. Pero no está solo. Trae consigo a Juan Raro, Lady Di, el Faisán, la Cuñataí Güirá, Ráfaga, el Federico y el perro Miguel, versiones alternativas de superhéroes.  

“¿Me dijo que lo que le sacó del costado fue un pedazo de vidrio verde? Qué loco, Tordo. Qué loco”, le dice Ráfaga al Dr. González. Y así, mientras la bonaerense rodea el hospital y ellos esperan que el Pinino se salve, irán narrando como: “Primero fuimos amigos. Después una banda. Ahora somos familia. Y vamos a morir así: como una familia. / Como hermanos. / Hermanos abrazados. / Hermanos en armas”.

Con un lenguaje habitado por onomatopeyas y lunfardo, que no cae en los clichés, los amigos se pasean por la historia de una vida compartida, desde la infancia a los enfrentamientos con la banda del Pelado, que está con la bonaerense; desde cómo los giles lo apuran al Pinino para sacar chapa de guapos hasta eso en lo que los siete hacen Alcoyana – Alcoyana: ir a bailar. “Y más cuando el dancin se hace en la villa. En cualquier villa”, dirá Ráfaga.

Nafta Súper nunca habla, sino a través de sus amigos, con quienes educan “a la gente en que nada les pertenece. Todo pasa.” Son, quizás, una generación de héroes derruidos que llegaron tarde al sálvese quien pueda y reman entre todos para que al menos uno se salve. Por eso las palabras, como un puente; quizás incluso como un testamento. Porque con la esperanza no basta.

Lady Di, esa mujer maravillosa que antes se llamaba Daniel, le explica al Tordo que ella también confundía tener esperanza con tener fe: “Tener esperanza es desear que pase algo. Tener fe es darnos una oportunidad, darnos amor, darnos una vida”. Y para que no queden dudas, el jueves Oyola habló de “fe en el que tienen al lado”, para ir de frente y aguantar, para llegar juntos y vivos a la salida del sol.

Finalmente, Oyola también dijo en alguna entrevista que “en tu prontuario tenés que tener algo inclasificable, bochornoso, pero que fue parte de tu momento” y que en algún punto la kryptonita también es eso, “no quedarse atado al lugar de donde venís pero en donde no querés estar”.
Por eso, se me ocurre que quizás Kryptonita sea una crónica sobre el destierro; como el del Tordo ejerciendo una vocación que le fue vedada, como el de este Superman que sólo puede llamar casa a un abrazo.

Y ahora, para hundirme de cabeza en el bochorno, iré más allá y diré: Kryptonita no es una novela y tampoco es una crónica, sino una silla. Kryptonita es ésta silla: argentinita, popular, necesaria. E indudablemente bella, por verdadera y por incómoda. Porque nos aguanta mientras escribimos o leemos, pero después nos obliga a sacar el culo de ella e ir al encuentro de la calle, que según el Faisán, es donde está la verdad.


Leído por Rocío Navarro, Mujer Maravilla Chaqueña, en la presentación de la Feria del Libro del Chaco de KRYPTONITA.

lunes 27 de febrero de 2012

El gran héroe americano

Supongo que a todos nos pasa, a todos aquellos que somos gente, digamos, ordinaria. Nos pasa, digo, que de chicos soñamos con ser súper héroes. Yo tenía cinco años, como mucho seis, cuando vi por televisión al “Gran Héroe Americano”. Así se llamaba la serie: “El gran héroe americano”, o simplemente El Gran Héroe. Se trataba, la serie, de un muchacho común y corriente, profesor de alumnos con problemas de conducta. Una asignatura, como mínimo, odiosa. Un profe que usaba aquellos trajes amarronados con parches en los codos, muy cara de nabo además, que una noche cualquiera, no tiene mejor ocurrencia que llevar a sus alumnos —en un gesto muy ingenuo, muy bien pensante, progre y comedido (todo lo progre que puede ser un yanqui en los años de Reagan)—, no tiene mejor ocurrencia, decía, que llevar a sus alumnos a una excursión al desierto, porque el pobre cree que así les está brindando a sus alumnos otras opciones, otras posibilidades. 

Pero allí, en el desierto, el profe se topará, como nos ha ocurrido a todos alguna vez, con un platillo volador. La diferencia con nosotros, está en que los extraterrestres que ocupaban aquel platillo le darán al profe un traje, un auténtico traje de súper héroe con poderes especiales y con la misión simplísima de solucionar los problemas del mundo. Era un traje de color rojo, con capa negra y con un símbolo muy raro en el pecho, un símbolo medio religioso parecía. Y traía, también el traje, un manual de instrucciones. Manual que nuestro gran héroe no tardaría en perder y que desembocaría en la razón de ser, en el chiste, de la serie. Porque sin ese manual nuestro héroe se convertía lisa y llanamente en un gran antihéroe. Y como todos sabemos, los antihéroes son los mejores héroes. Ahí estaba entonces El Gran Antihéroe Americano, con un traje plagado de poderes que no sabía manejar. Era mi ídolo. Yo me ponía una polera roja, un cancan rojo de mi hermana y le agregaba la pollera de gimnasia, también de mi hermana, que me prendía al cuello a modo de capa. A los cinco años, además, yo tenía rulos, igual que El Gran Héroe Americano, que era rubio. Yo me sentía la expresión argentina de aquel heroísmo. Vestido así pasé jornadas gloriosas, con el único y feliz acto heroico de soportar el ridículo con la frente en alto. Pero cuando uno es niño la cosa es distinta. Cuando uno es niño, el ridículo es casi un mandato. El problema nos viene de grandes: nos ponemos más estúpidos, más prejuiciosos, y no nos permitimos ver la grandeza de un hombre envuelto en un traje de súper héroe. Nos creemos vivos. Nos burlamos. Perdemos la fe.

Leonardo Oyola, podemos comprobarlo con leer un par de sus novelas, es un hombre de mucha fe. Un hombre dispuesto a ponerse el traje y salir a luchar por la justicia. Pocos hombres, y muchos menos escritores, son capaces de semejante proeza.

Kryptonita, la novela que hoy presentamos, nace, para mí, de dos ideas, dos disparadores grandiosos: por un lado, la figura del nochero: una especie de médico de segunda, marginal, condenado a cubrir —en un hospital sucio y gris del conurbano bonaerense— las horas de guardia de otros médicos más afortunados y más garcas que él —podríamos preguntarnos, de paso, si este médico, el nochero, no sería igual de garca de poder revertir los papeles; seguro que sí, pero por eso mismo resulta un personaje notable. En todo caso, no debería importarnos. Un médico además, nuestro nochero amigo, que para resistir la tremenda carga horaria que supone cubrir a otros médicos, no tiene más remedio que empastarse hasta las orejas, de drogarse como chivo quiero decir.

Y por otra parte, junto con la del nochero, está la figura, el personaje que nos ha traído hasta aquí: que es ni más ni menos que el mismísimo Superman. Supongo que todos saben quién es Superman. Bueno, lo que hace Oyola con Superman, me vengo a enterar, constituye algo así como un recurso literario, o narrativo, llamado “Elseworlds” (que para los ignorantes de aquí, o para quienes mi pronunciación del idioma inglés resulta poco satisfactoria, significa “otros mundos”), un recurso que podría resumirse ramplonamente con este planteo: ¿qué hubiera pasado si en vez de esto, ocurría esto otro? Qué hace Oyola. Pues bien, hace lo siguiente: nos dice, miren qué hubiera pasado si en vez de caer en Smalville, Kansas, corazón del Imperio norteamericano, Superman hubiese caído en el corazón del conurbano bonaerense. Podría haber tenido dos opciones, digo yo: formar parte del plantel de asesinos y torturadores de la Policía de la Provincia, bajo las órdenes del ministro, ponele, Casal… o… convertirse en Pinino, alias Nafta Súper, líder de la banda delictiva más disparatada, poderosa, leal y tierna que haya dado la literatura argentina: una liga de la justicia integrada por Lady Dy (una versión travesti, más bella y más erótica de la Mujer Maravilla), Ráfaga (quién otro sino el colorado Flash), Faisán (Linterna Verde) y El señor de la Noche (el siempre enigmático Batman), los auténticos Superamigos. También están Juan Raro y la Cuñataí Güirá, pero mis escasos conocimientos del cómic no me alcanzan para saber quiénes fueron en otra vida, en otra geografía.


Lo cierto es que nuestro pobre nochero, que asume la voz narradora en esta novela breve e inabarcable —y hay que atender a esto de “inabarcable”—, se verá de pronto, justo cuando sus horas de guardia acariciaban su final, se verá, decía, envuelto en la misión más alucinada que médico alguno podría esperar: mantener con vida al hombre de acero, al gran Pinino. Herido a traición por el Pelado, herido con el verde vidrio del envase de una Heineken (nuestra kryptonita) clavado en su costado, nuestro héroe será llevado por el grupo de superamigos hasta el hospital donde, como bien dije, encontrarán como posible único salvador, al nochero. Lo que ocurra en ese hospital durante esa madrugada desaforada repleta de los mejores antihéroes —como era mi querido Gran Héroe Americano—, con guiños, tics, gestos que van de Carozo y Narizota a los lentos ochentosos, será una hermosa mescolanza ultra pop. Narración pura y libertaria.

Pero de todo aquello que podemos hablar hasta el cansancio sobre Kryptonita, lo que a mí más me ha conmovido, es, si se quiere, el carozo de la cuestión —que no Carozo y Narizota: como todos sabemos, el único elemento capaz de hacer mella en Superman es, precisamente, la kryptonita, los pedazos del planeta Kryptón que han caído a la Tierra junto con el héroe máximo. Es decir, son pedazos de su hogar, de su casa, lo único que puede destruirlo. Irse de casa como única salida, como única manera de sobrevivir. Al querido Pinino, al entrañable Nafta Súper, no le quedará más remedio que abandonar el barrio, la esquina, para poder, al fin, volar.

Hace unos días, el inefable y malquerido Salvador Bilardo, dijo en una entrevista que Messi, Lionel Messi, no es otro que Superman. No está para nada errado Bilardo, aunque es de suponer que lo usó en otro sentido. Cuentan que Messi, para poder ser Messi, para poder ser el Superman que vemos cada semana haciendo estragos en el fútbol español, no tuvo más remedio que irse del país, de la Argentina —de su hogar, podría decir si quisiera ponerme solemne; pero no quiero—, porque aquí —en plena crisis de 2001/2002— no había quien pudiera bancarle el tratamiento médico que le ayudaría a robustecer su cuerpo. Esa necesaria partida, como no podía ser de otra manera, se ha constituido en un arma de doble filo. En ningún lado Messi es tan vulnerable como en su propia casa. En ningún lado se maltrata tanto a Superman como en Argentina. Ahí están, Messi, embolado en el Monumental, y en el otro extremo Pinino, agonizando en un hospital mugriento del Conurbano. Por suerte, aunque a nuestros héroes les cueste tanto quedarse en casa, nos queda a nosotros el consuelo de Oyola y de la narrativa fiestera y arrolladora de Kryptonita, para calzarnos el traje una vez más, sin manual de instrucciones, y salir a volar como sólo es capaz de hacerlo un nochero drogado.


Leído generosamente -y con mucho histrionismo- por el súper-amigo Mariano Quirós en la presentación de la novela en la 12da. Feria del Libro de Chaco.

miércoles 22 de febrero de 2012

¡Three amigos!

Mañana, jueves 23 a las 20 y en la Feria del Libro de la provincia de Chaco, Mesa redonda: "Lo que mata de las balas es la velocidad", Guillermo Saccomanno - Leonardo Oyola - Miguel Ángel Molfino. Casa de las culturas - Auditorio "Aledo Luis Meloni"

lunes 20 de febrero de 2012

Crisis #8


...su escritura está enquistada en la dimensión oral y registra el murmullo de la ciudad como un grabador estridente y leal:entre un payador urbano y un lanzador de satoris japoneses, vale la pena escucharlo en cualquiera de los ciclos de lectura en vivo donde con frecuencia es invitado...


Ideas para entrarle a la ética de los bandidos suburbanos.
En la revista Crisis #8 Hernán Vanoli escribe una excelente nota sobre lo que hago en mis novelas y cuando salgo a leer.

domingo 12 de febrero de 2012

Trazar un mapa de la literatura nerd

...A la dinastía de escritores con resonancias en la ciencia ficción más establecidos, como Marcelo Cohen o César Aira, se han ido sumando voces como las de Oliverio Coelho con novelas como Los invertebrables (Beatriz Viterbo), Juan Terranova con El vampiro argentino –recién editada en España por Lengua de Trapo– y Leonardo Oyola con la exitosa Kryptonita (Mondadori)...


martes 7 de febrero de 2012