lunes, 27 de febrero de 2012

El gran héroe americano

Supongo que a todos nos pasa, a todos aquellos que somos gente, digamos, ordinaria. Nos pasa, digo, que de chicos soñamos con ser súper héroes. Yo tenía cinco años, como mucho seis, cuando vi por televisión al “Gran Héroe Americano”. Así se llamaba la serie: “El gran héroe americano”, o simplemente El Gran Héroe. Se trataba, la serie, de un muchacho común y corriente, profesor de alumnos con problemas de conducta. Una asignatura, como mínimo, odiosa. Un profe que usaba aquellos trajes amarronados con parches en los codos, muy cara de nabo además, que una noche cualquiera, no tiene mejor ocurrencia que llevar a sus alumnos —en un gesto muy ingenuo, muy bien pensante, progre y comedido (todo lo progre que puede ser un yanqui en los años de Reagan)—, no tiene mejor ocurrencia, decía, que llevar a sus alumnos a una excursión al desierto, porque el pobre cree que así les está brindando a sus alumnos otras opciones, otras posibilidades. 

Pero allí, en el desierto, el profe se topará, como nos ha ocurrido a todos alguna vez, con un platillo volador. La diferencia con nosotros, está en que los extraterrestres que ocupaban aquel platillo le darán al profe un traje, un auténtico traje de súper héroe con poderes especiales y con la misión simplísima de solucionar los problemas del mundo. Era un traje de color rojo, con capa negra y con un símbolo muy raro en el pecho, un símbolo medio religioso parecía. Y traía, también el traje, un manual de instrucciones. Manual que nuestro gran héroe no tardaría en perder y que desembocaría en la razón de ser, en el chiste, de la serie. Porque sin ese manual nuestro héroe se convertía lisa y llanamente en un gran antihéroe. Y como todos sabemos, los antihéroes son los mejores héroes. Ahí estaba entonces El Gran Antihéroe Americano, con un traje plagado de poderes que no sabía manejar. Era mi ídolo. Yo me ponía una polera roja, un cancan rojo de mi hermana y le agregaba la pollera de gimnasia, también de mi hermana, que me prendía al cuello a modo de capa. A los cinco años, además, yo tenía rulos, igual que El Gran Héroe Americano, que era rubio. Yo me sentía la expresión argentina de aquel heroísmo. Vestido así pasé jornadas gloriosas, con el único y feliz acto heroico de soportar el ridículo con la frente en alto. Pero cuando uno es niño la cosa es distinta. Cuando uno es niño, el ridículo es casi un mandato. El problema nos viene de grandes: nos ponemos más estúpidos, más prejuiciosos, y no nos permitimos ver la grandeza de un hombre envuelto en un traje de súper héroe. Nos creemos vivos. Nos burlamos. Perdemos la fe.

Leonardo Oyola, podemos comprobarlo con leer un par de sus novelas, es un hombre de mucha fe. Un hombre dispuesto a ponerse el traje y salir a luchar por la justicia. Pocos hombres, y muchos menos escritores, son capaces de semejante proeza.

Kryptonita, la novela que hoy presentamos, nace, para mí, de dos ideas, dos disparadores grandiosos: por un lado, la figura del nochero: una especie de médico de segunda, marginal, condenado a cubrir —en un hospital sucio y gris del conurbano bonaerense— las horas de guardia de otros médicos más afortunados y más garcas que él —podríamos preguntarnos, de paso, si este médico, el nochero, no sería igual de garca de poder revertir los papeles; seguro que sí, pero por eso mismo resulta un personaje notable. En todo caso, no debería importarnos. Un médico además, nuestro nochero amigo, que para resistir la tremenda carga horaria que supone cubrir a otros médicos, no tiene más remedio que empastarse hasta las orejas, de drogarse como chivo quiero decir.

Y por otra parte, junto con la del nochero, está la figura, el personaje que nos ha traído hasta aquí: que es ni más ni menos que el mismísimo Superman. Supongo que todos saben quién es Superman. Bueno, lo que hace Oyola con Superman, me vengo a enterar, constituye algo así como un recurso literario, o narrativo, llamado “Elseworlds” (que para los ignorantes de aquí, o para quienes mi pronunciación del idioma inglés resulta poco satisfactoria, significa “otros mundos”), un recurso que podría resumirse ramplonamente con este planteo: ¿qué hubiera pasado si en vez de esto, ocurría esto otro? Qué hace Oyola. Pues bien, hace lo siguiente: nos dice, miren qué hubiera pasado si en vez de caer en Smalville, Kansas, corazón del Imperio norteamericano, Superman hubiese caído en el corazón del conurbano bonaerense. Podría haber tenido dos opciones, digo yo: formar parte del plantel de asesinos y torturadores de la Policía de la Provincia, bajo las órdenes del ministro, ponele, Casal… o… convertirse en Pinino, alias Nafta Súper, líder de la banda delictiva más disparatada, poderosa, leal y tierna que haya dado la literatura argentina: una liga de la justicia integrada por Lady Dy (una versión travesti, más bella y más erótica de la Mujer Maravilla), Ráfaga (quién otro sino el colorado Flash), Faisán (Linterna Verde) y El señor de la Noche (el siempre enigmático Batman), los auténticos Superamigos. También están Juan Raro y la Cuñataí Güirá, pero mis escasos conocimientos del cómic no me alcanzan para saber quiénes fueron en otra vida, en otra geografía.


Lo cierto es que nuestro pobre nochero, que asume la voz narradora en esta novela breve e inabarcable —y hay que atender a esto de “inabarcable”—, se verá de pronto, justo cuando sus horas de guardia acariciaban su final, se verá, decía, envuelto en la misión más alucinada que médico alguno podría esperar: mantener con vida al hombre de acero, al gran Pinino. Herido a traición por el Pelado, herido con el verde vidrio del envase de una Heineken (nuestra kryptonita) clavado en su costado, nuestro héroe será llevado por el grupo de superamigos hasta el hospital donde, como bien dije, encontrarán como posible único salvador, al nochero. Lo que ocurra en ese hospital durante esa madrugada desaforada repleta de los mejores antihéroes —como era mi querido Gran Héroe Americano—, con guiños, tics, gestos que van de Carozo y Narizota a los lentos ochentosos, será una hermosa mescolanza ultra pop. Narración pura y libertaria.

Pero de todo aquello que podemos hablar hasta el cansancio sobre Kryptonita, lo que a mí más me ha conmovido, es, si se quiere, el carozo de la cuestión —que no Carozo y Narizota: como todos sabemos, el único elemento capaz de hacer mella en Superman es, precisamente, la kryptonita, los pedazos del planeta Kryptón que han caído a la Tierra junto con el héroe máximo. Es decir, son pedazos de su hogar, de su casa, lo único que puede destruirlo. Irse de casa como única salida, como única manera de sobrevivir. Al querido Pinino, al entrañable Nafta Súper, no le quedará más remedio que abandonar el barrio, la esquina, para poder, al fin, volar.

Hace unos días, el inefable y malquerido Salvador Bilardo, dijo en una entrevista que Messi, Lionel Messi, no es otro que Superman. No está para nada errado Bilardo, aunque es de suponer que lo usó en otro sentido. Cuentan que Messi, para poder ser Messi, para poder ser el Superman que vemos cada semana haciendo estragos en el fútbol español, no tuvo más remedio que irse del país, de la Argentina —de su hogar, podría decir si quisiera ponerme solemne; pero no quiero—, porque aquí —en plena crisis de 2001/2002— no había quien pudiera bancarle el tratamiento médico que le ayudaría a robustecer su cuerpo. Esa necesaria partida, como no podía ser de otra manera, se ha constituido en un arma de doble filo. En ningún lado Messi es tan vulnerable como en su propia casa. En ningún lado se maltrata tanto a Superman como en Argentina. Ahí están, Messi, embolado en el Monumental, y en el otro extremo Pinino, agonizando en un hospital mugriento del Conurbano. Por suerte, aunque a nuestros héroes les cueste tanto quedarse en casa, nos queda a nosotros el consuelo de Oyola y de la narrativa fiestera y arrolladora de Kryptonita, para calzarnos el traje una vez más, sin manual de instrucciones, y salir a volar como sólo es capaz de hacerlo un nochero drogado.


Leído generosamente -y con mucho histrionismo- por el súper-amigo Mariano Quirós en la presentación de la novela en la 12da. Feria del Libro de Chaco.

miércoles, 22 de febrero de 2012

¡Three amigos!

Mañana, jueves 23 a las 20 y en la Feria del Libro de la provincia de Chaco, Mesa redonda: "Lo que mata de las balas es la velocidad", Guillermo Saccomanno - Leonardo Oyola - Miguel Ángel Molfino. Casa de las culturas - Auditorio "Aledo Luis Meloni"

lunes, 20 de febrero de 2012

Crisis #8


...su escritura está enquistada en la dimensión oral y registra el murmullo de la ciudad como un grabador estridente y leal:entre un payador urbano y un lanzador de satoris japoneses, vale la pena escucharlo en cualquiera de los ciclos de lectura en vivo donde con frecuencia es invitado...


Ideas para entrarle a la ética de los bandidos suburbanos.
En la revista Crisis #8 Hernán Vanoli escribe una excelente nota sobre lo que hago en mis novelas y cuando salgo a leer.

domingo, 12 de febrero de 2012

Trazar un mapa de la literatura nerd

...A la dinastía de escritores con resonancias en la ciencia ficción más establecidos, como Marcelo Cohen o César Aira, se han ido sumando voces como las de Oliverio Coelho con novelas como Los invertebrables (Beatriz Viterbo), Juan Terranova con El vampiro argentino –recién editada en España por Lengua de Trapo– y Leonardo Oyola con la exitosa Kryptonita (Mondadori)...


martes, 7 de febrero de 2012

sábado, 4 de febrero de 2012

Entrevista en NI A PALOS


¿Qué hubiera pasado si Superman en lugar de caer con su nave en Smallville, Kansas, lo hubiera hecho en un baldío de Rafael Castillo? Y cómo sería su destino si en lugar de ser educado en la estricta moralina norteamericana se hubiera hecho hombre haciendo equina en un barrio de La Matanza?
Una posible respuesta es Nafta Súper, el héroe conurbano y protagonista de esa maravillosa ucronía que es KRYPTONITA, la notable última novela de Leonardo Oyola publicada hace unos meses.
Una tardecita de este enero nos encontramos con él en un barcito para hablar sobre este universo tan peculiar de su literatura que lo ha convertido en uno de los más interesante narradores de su generación.
Por Zappa
¿Por qué sos escritor?
No sé, qué se yo, salió por haber ido a un taller, en realidad al único que fui que fue el del maestro Laiseca. Eso fue entre 2003 y 2007, ahí escribí mis primeras tres novelas. Y así fue saliendo, de los ejercicios que él nos daba, de ponerle un poco más de garra a algunos cuentos, y después cuando salió la idea de la primera novela. Es como que de a poco te ibas sintiendo cada vez más sólido en el oficio, y después es como que vas prescindiendo de algunas cosas y te vas enganchando más en la escritura.
Vos en 2003 tenías 30 años, ¿antes qué habías hecho? ¿Escribías?
Yo tengo una formación académica como Licenciado en Ciencias de la Comunicación, y mi primer contacto con la escritura fue como periodista escribiendo crítica de cine. En el 2001, ese laburo se perdió. A mí siempre me había gustado mucho estudiar pero no quería volver a la instancia de exámenes y finales y toda esa historieta. Y había un muchacho con el que yo trabajaba que siempre me decía que mis críticas de cine eran muy literarias, y me preguntaba siempre si yo no había escrito ficción. Y le decía que no, y él me hinchaba para que fuéramos a un taller, pero yo tenía ese prurito con los talleres, creo que un poco por el estereotipo que hay sobre los talleres como lugares en donde las devoluciones de lo que vos escribís son muy zarpadas, y te dan leña. Y la verdad es que cuando llegué a lo de Laiseca me sentí muy a gusto. Yo lo había visto en un bar contando cuentos de terror, y ahí me dijeron que daba talleres. Entonces, fui con este muchacho. Yo seguí y él no. Ahí se fue armando un grupo muy sólido y todos tuvimos ese momento de pasar a ser editados, que fue alrededor de 2005. A mí ese año me editan Siete & el Tigre Harapiento. Y bueno, de ahí en más fue ir entendiendo las reglas de este juego y darle para adelante.
Siempre se repite que la década del 90 fue una época con mucha vitalidad en la poesía, en un momento donde publicar narrativa para nuevos autores era muy difícil. Sin embargo, en estos últimos años hay un regreso fuerte de la narrativa. ¿Te sentís parte de ese regreso?
Sí, y también me siento un tipo muy afortunado. Creo que hay un factor grande de suerte pero, a la vez, siempre también lo apoyé desde el laburo. La vuelta esta de la narrativa, el comienzo fuerte de los encuentros de narradores que leían sus textos, de los que yo formé parte, y la revalorización del trabajo sobre los géneros son parte de este proceso. Yo siempre trabajo sobre el formato del género policial.

Me interesa tu trabajo sobre la literatura de género.
Eso creo que tiene que ver con mi formación con Laiseca. Probablemente si yo hubiera tenido otra experiencia en otro taller o si hubiera hecho la carrera de Letras hubiera tenido la cabeza y el corazón volcado hacia otro lado. Esto es lo que me divierte, es lo que me parece más seductor. Creo que por ahí tengo el oficio. Si me proponen otra cosa lo puedo hacer, pero de corazón, lo que me sale es el género.
¿Y cómo es laburar de escritor?
Cada uno tiene su forma de hacerlo. Yo cada vez más me doy cuenta que esto es más cranear en un comienzo y después, cuando te sentás, no despegás el culo en dos meses. Pero no es que todos los días estás escribiendo al nivel de conexión de cuando te largaste. Para mí lo mejor de todo esto es que no desconecto. Yo me puedo encontrar con un amigo o salir a pasear con mi pareja, pero está constantemente presente esto. Estonces, soy un privilegiado de poder dedicarle 12 horas porque yo siento que laburo de esto y mi tiempo está dedicado ahí. De vez en cuando, y para estar más holgado económicamente, si aparece una nota para hacer en algún medio lo agarro, pero después, de la forma en que se fue dando la rueda, para mí escribir es un laburo. Hay una cuestión física en todo esto. Gustavo Nielsen dice que si cuando terminás de escribir una novela no estás medio roto es que algo no anduvo ahí. Y uno se va acostumbrando y por eso ahora tenés el lomo para escribir dos novelas al año, y más adelante eso no lo podés hacer porque realmente el físico no te da. Y más si te empieza a patear en contra la cabeza. El otro privilegio que tengo es haber sido publicado afuera. Eso te ayuda. Yo tengo publicadas las novelas GólgotaChamamé en España, y eso también me abrió a hacer colaboraciones en diarios españoles. Yo vivo un poco ajustado pero vivo de esto.
En qué momento te diste cuenta que lo que vos escribías gustaba y que empezaban a aparecer los lectores.
Con Hacé que la noche venga. Esa era una novela que estaba distribuida en una editorial grande, entonces, si salía una nota y en cualquier lugar del país, alguien iba a la librería de ese lugar, la novela estaba. Cuando editás en una editorial chica y la gente te empieza a escribir preguntándote dónde pueden conseguir tal o cual novela es cuando ves la limitación de ese otro circuito. La suerte que estoy teniendo ahora con Kryptonita es que el libro está, eso es imbatible. Por ejemplo, en 2008 publiqué Chamamé en España y gané un premio allá, y me publicaron Hacé que la noche venga y Santería, y en ese momento es como que no acompañé bien esos libros. Recién estaba empezando y no entendía bien el juego. Y este año fue distinto. Me lo puse en la cabeza y cuando salió el libro estuve 40 días acompañándolo: presentaciones, entrevistas, conferencias. Hay que estar al pie del cañón, para el pibe que escribe la revista del barrio y para el medio grande.
¿Cómo te llevás con el prestigio, cada vez que te ponen entre los mejores narradores de tu generación?
Eso es un gran piropo, en un gran aliento para seguir escribiendo. Pero los laureles, que está muy bien recibirlos, se marchitan. Yo lo que más agradezco de todo esto es que sé que tengo a alguien que está esperando un libro mío y que tengo una carta para que me lea un editor. De ahí a que publiques es otra historia, pero alguien que está empezando a escribir sabe lo importante que es que un editor lea lo que vos hacés. Eso es lo que logré ya en esta vida como escritor, y estoy contento. Tengo que saber cuidar eso, y eso se hace con laburo y confiando. Siempre se te presenta el momento de duda, el momento en que mariconeás y decís “pero, la puta, dónde lo perdí”, como una crisis de fe. Y después se va encaminando la historia.
En algún momento te estereotiparon como “el escritor tumbero”, te preguntaban en las entrevistas si habías estado preso, o por los tatuajes, etc. ¿Se calmó eso, sigue, te molestaba, te sirvió en su momento para hacerte visible?
Lo que traté fue de alejarme de eso porque creo que había un error que era que pensaban que yo escribo como escribo porque vengo de donde vengo.

¿Y de dónde venís vos?
Y de allá, del Conurbano y de cómo es la vida allá. Pero yo creo que si no tenés formación, si no leés, podés tener una cosa viceral y empezar a largarla, pero eso tiene que estar direccionado. Ahí influyó mucho mi trabajo en el taller, pero yo ya tenía mi background, yo había pasado por la facultad, tenía mis libros leídos. No quiero sonar fulero, pero no es que el escritor que viene de una parte más pobre es mejor que el que tiene una vida más acomodada. Me parece que todos sangramos igual frente a la computadora.
Y no es que yo voy a estar chupado frente a la computadora, al revés, a la hora de escribir voy a estar lo más lúcido posible, es más, no te pongo ni el vaso de agua al lado de la compu porque se me llega a caer y la llego a hacer mierda, con lo que me costó tenerla, sabés cómo la lloro. Pero esa también es la fantasía que tiene cada uno.
Al mismo tiempo, también es cierto que en la narrativa actual aparece el Conurbano como un espacio de representación literaria fuerte, y tu lengua literaria trabaja mucho con los modos del lenguaje de ese espacio social.
Sí, porque nosotros venimos de allá. Uno labura su ficción desde lo que le tocó vivir por ese asidero que tiene que tener la mentira para que vos la creas. Va por ese lado. A mí al principio me chocaba cuando en los circuitos narrativos de la Capital hablaban del Conurbano. Y nosotros allá nunca dijimos “yo soy del Conurbano”. Es algo de acá hacia allá. Yo soy de Casanova, listo, ya está, a otra cosa.  Pero me parece que tiene que ver con que se empezaron a  escuchar otras cosas después del 2001. Nosotros también somos producto de eso, aunque la literatura llega siempre un poco más tarde. El rock barrial, por ejemplo, si lo pensás como protesta en el segundo gobierno de Menem es muy loco, porque es la banda de sonido del 2001 pero en el momento en que las cosas estaban sucediendo. La literatura tiene un delay, la novela más importante sobre el 2001 es El año del desierto, de Pedro Mairal. Es una novela de género. Pedro la escribió en 2004 y la publicó en 2005.
Pero esa novela tiene una pretensión explicativa sobre el 2001, en tus novelas, si bien hay una hipótesis, no está tan explicitada.
Lo que pasa es que lo que me gusta a mí son los personajes, y los personajes tienen que ser tipos de acción. Los pibes tiene un dicho allá que es “no lo pensás, lo hacés”, es decir, después de que vos lo hiciste viene la reflexión. Y eso es lo que a mí me gusta y es lo que te da el género policial y sobre todo los personajes que están por izquierda, ni siquiera los marginales sino los que están rompiendo la norma. Entonces, cuando lo leés en la ficción te volvés hincha de los tipos así.

¿Qué es Kryptonita?
Desde la lectura del mundo de los comics, es un else world, es decir, qué hubiera pasado si la nave que traía al héroe que después se iba a conocer como Superman hubiera caído en un baldío de La Matanza. A mí lo que siempre me llamó la atención de Superman es que al tipo que es invulnerable lo que termina matando son restos del lugar de donde vino. Entonces yo pensaba que si él se quedara allá, si se quedara haciendo esquina, si nunca sale de esas calles el tipo nunca iba a poder desarrollar sus poderes, nunca iba a poder volar. La kryptonita es eso, es no quedarse atado al lugar de donde venís pero en donde no querés estar. Superman puede ser kryptoniano pero termina siendo como el humano más ideal y es un extraterrestre.
En el caso de mi novela, mi Superman, que se llama Nafta Súper está en un momento de su vida que no le alcanza sólo con haberse quedado allá, con haber pateado allá, y el tipo se quiere ir.
Lo que me llama la atención es como construís el habla de esos personajes.
Bueno, es evocar cómo hablábamos nosotros porque ese lugar de pertenencia también tiene un habla especial, unos guiños específicos. Y es un poco escuchar cómo hablan los pibes allá.
Me da la sensación que es como que vos tenés un pie en cada mundo, uno “acá” y otro “allá” como vos decís.
Es lo que me decían al principio y a mi me enojaba, pero tenían razón. Yo sé que me puedo dedicar de lleno a esto porque estoy acá. Yo no sé si podría escribir de allá, estando allá. Tuve que salir para poder escribir sobre lo que pasaba allá.

domingo, 29 de enero de 2012

Buenos amigos


Hace casi ya veinte años que leí por primera vez a Soriano gracias a un gran amigo mío, Patricio Viltes, con el que supimos ir de vacaciones junto a una banda con la que repetimos el ritual tres veranos seguidos. El era el que se compraba sus libros. Yo el que se los manoteaba durante la convivencia estival. Y, entre tantas cosas que compartimos con Patricio, una fue la de haber entrado al mundo de Soriano a través de sus Cuentos de los años felices. Como todo autor del que uno se engancha empecé a necesitar leerlo más. Y durante esa fiebre adquirida por su literatura, un jueves frío de mayo del ‘94 se estrenó la versión cinematográfica de Una sombra ya pronto serás.
Con otro gran hermano que me dio la vida, Beto Zárate, fuimos a verla esa noche. Los cines allá en el oeste hacía rato habían desaparecido. Y lo único que nos quedaba era venir a Capital. Como yo salía de la facultad no me costaba nada llegar hasta el Ocean. Beto, que se tenía que tomar dos bondis y el Sarmiento desde Rafael Castillo, la tenía más difícil. Y, obviamente, se le complicó en el viaje y llegó tarde. Nos amanecimos jugando unos fichines en un Sacoa de la calle Lavalle. Haciendo tiempo hasta que se hiciera hora de que saliera el primer tren del día a Moreno. Y quedamos que la íbamos a ver juntos. Después no pudimos coincidir mientras estuvo en cartel. Y yo nunca vi esa película. Ni siquiera en la tele.
Lo que sí no se me pasó fue el documental de Montes Bradley sobre Soriano. Otra noche fría y de otoño pero del ‘99. En el Cosmos 2. En esa sala que tenía sillones que incitaban al abrazo del acompañante. En una función llena de parejitas. En la que los dos únicos tipos sentados en el mismo sillón éramos el Chancho Paz y yo. Sí, sí: mucho más que amigos... Como el maestro Laiseca y Soriano: Lai siempre le agradeció y le reconoció la generosidad que tuvo el Gordo con él, que fue el que le hinchó las pelotas a Corregidor para que le publicaran Su turno –el primer libro editado del maestro–; Lai siempre le agradeció y le reconoció también el último gesto que tuvo Soriano con él: el de invitarlo a cenar para charlar de cualquier cosa, el de jamás contarle que estaba enfermo y que le quedaba poco, muy poco; el de haberle dicho adiós de esa manera, tácita, solo haciendo lo que hacen dos buenos amigos.
En el 2008 viajé por primera vez a España. Y me encontré, sin saberlo, con un hermano mayor: Carlos Salem. Aunque yo le digo que es mi papá para hacerlo enojar porque es coqueto con la edad. A los dos nos había publicado la misma editorial. Cuando leí su Camino de ida no pude dejar de pensar dos cosas: 1º) qué bueno que va a estar conocer a este tipo, y 2º) en Soriano. Charly Salem es heredero por excelencia de esas obras. Y en ese departamento de Tirso de Molina, hurgando en su biblioteca, recuerdo acariciar con dos dedos el lomo de Piratas, fantasmas y dinosaurios, y de darme el lujo de sentir a Soriano como a Patricio Viltes, Alberto Zárate, Damián Paz, Lai y Charly: como a un gran amigo.

Creador de personajes inolvidables, de un universo que contenía la historieta, la novela negra, el cine y la historia argentina, de una literatura que era, a la vez, popular y refinada, Osvaldo Soriano sigue siendo uno de los escritores más entrañables y leídos a quince años de su muerte. En estas páginas lo recuerdan sus amigos y sus lectores, cada uno a su manera: Ariel Dorfman, Rodrigo Fresán, Angel Berlanga, Leonardo Oyola, Miguel Rep, Cristina Feijóo, Guillermo Saccomanno, Juan Sasturain y Carlos Bosch. HOMENAJE A 15 AÑOS DE SU MUERTE en Página12/Radar.

lunes, 23 de enero de 2012

Una entrevista en Cuadritos


(Por Andrés Valenzuela). “Me siento muy mimado, piropeado. Me alegra porque si bien desde el oficio uno trata de dar todo y esta vez pude hacer la pirueta hacia el lado del cómic, también me expuse mucho, porque hay mcuhas cosas autobiográficas”. Quien habla es Leonardo Oyola, el autor que llevó a Kal-El (Superman, para los amigos) al conurbano en la magnífica novela Kryptonita. La historia -su octavo libro- obtuvo una excepcional recepción en el habitualmente crítico ambiente historietístico, una tribu de la que, confiesa, se considera “parte”.

Oyola, como sus personajes, también se crió en el conurbano bonaerense y forma parte de una generación de escritores para quienes los barrios allende la Avenida General Paz son un paisaje habitual en sus vidas y sus textos. Allí, desde la ficción, pueden plasmarlos con genuina carnadura y rompiendo con los estereotipos. No sorprenden, entonces, los buenos comentarios recibidos, tanto en medios de alcance nacional como en los círculos estrictamente historietísticos. Además de la mencionada reseña en Cuadritos (enlazada arriba), vale destacar el comentario de Andrés Accorsi y la “crónica cultural” de Fernando Calvi, para la revista Ñ, que acompaña esta entrevista.

“No me parece casual que haya pasado así porque ya tengo cierta espalda. Entonces me pude animar a hacer esto y ser juguetón. ¿Viste que la novela empieza bastante oscura y después…? Después yo me daba cuenta que no quería ni tenía que juzgarlos a los personajes, ellos hacen lo que deben dentro de sus códigos”, reflexiona sobre esta vida de un Superman criado entre calles de tierra y esquina. “Tampoco quería quedarme sólo con la cosa iconoclasta, entonces tuve que indagar un poco en cada personaje y prestarle a ellos vivencias mías. Pocas veces sentís cuando te desdoblás de lleno con algunos personajes. Lady Di (su versión de la Mujer Maravilla) es un personaje que para mí tiene vida”.


La idea detrás de Kryptonita surgió charlando con Juan Sasturain. Cuenta que habían ido a los estudios de la radio Rock and Pop a una entrevista sobre la colección Negro absoluto, coordinada por el director e la revista Fierro. Pero les habían dicho mal la hora. “Ahí charlando él me tiró que por qué no pensaba el asunto de los superhéroes”, recuerda. “Me explicaron lo de los elseworlds y sobre Hijo Rojo“. A sus lecturas de juventud (alguna saga de Hulk, Alan Moore, Frank Miller, Alex Ross) se le abrió todo un mundo nuevo.

“Empecé a escribirla muy lineal y me di cuenta que no funcionaba, que se quedaba sólo en el gesto o en el chiste que se agotaba enseguida”, analiza. Entonces advirtió Héroe, el film de Yimou Zhang. “Me hizo acordar a Rashomon, leí En el bosque de (Ryūnosuke) Akutagawa y pensé voy a contarlo desde tres puntos de vista, pero eso tampoco funcionó”. Curiosamente, la pista que lo puso en el camino correcto llegó de la televisión. Pero no de una serie particular, sino más bien de la falta de ellas: la huelga de guionistas de 2007 y 2008. “En un artículo leí que en los ’70 ya había pasado, pero que los más jodidos con este tema son los actores. ¿Qué hacían? Normalmente cuando uno quería pedir más cachet a mitad de temporada no se presentaba a grabar. Entonces hacían unos episodios en que aparecía alguno de los personajes secundarios como protagonista o la sencilla: pasaba algo y el resto del elenco estaba recordándolo al tipo con material de archivo”.


En Kryptonita, el relato comienza en un hospital, cuando los miembros de “la banda de Nafta Super” llevan al malogrado alienígena a la sala de urgencias. “Yo ya me había propuesto que mi Superman jamás iba a hablar, que íbamos a conocer de él por los otros”, explica Oyola, “pensaba que el narrador tenía que ser lo más objetivo posible y ahí se me ocurrió lo del médico, porque había hecho otras investigaciones sobre los nocheros, del cóctel de drogas que se preparan y hacer que el mismo tipo dudara si estaba alucinando o no”.

Los más importante, cree, era “encontrarle las voces a los otros personajes”. Por eso mientras el médico relata la tensión en el hospital, son Lady Di,Ráfaga y El Federico quienes se dedican a pensar la vida del muchacho al que acaban de sacarle “un vidrio verde como de cerveza” de la espalda. “MiMujer Maravilla, mi Flash y mi Batman son los que están contando todo. Al principio quería que los otros también contaran, pero después me di cuenta que era muy exigente para el lector”. Los otros personajes, además, son menos obvios para quienes no conocen en profundidad a la Liga de la Justicia, o no vienen del palo comiquero.

¿El relato tiene una cosa de contar con pinceladas, como de “historias mínimas”, verdad?
- No creo que haya sido de manera muy conciente, pero al contar el lugar del que yo también vengo y posicionarme en el pasado, la idea que yo tenía que contar era que estaba todo bien con el pasado. Es la que te tocó vivir y estás en paz con eso o no. Pero en el caso del Pini, de Nafta Super, a él le pasa que los quiere un montón a todos pero ya no se siente parte, se quiere ir. Por lo que noto, hay una mirada de acá (Capital Federal) sobre el conurbano, que todo es siempre mucha miseria. Tampoco quería hacer una cosa de alegría dentro de ese ambiente, aunque yo defiendo Slumdog Millionaire, porque me parece que uno se aferra a esas cosas que son como chiquitas y que valen ahí. Después si te alcanzan para seguir en el día a día es otra historia.


-¿Algún ejemplo? 
-Ponele, una anécdota como lo de la pendeja de ojos verdes que Pinino conoce bailando. Está todo mucho más que chévere con ir a bailar así a un “hueco” uno, dos fines de semana, tres. Capaz todo un año cuando sos adolescente. Pero después la verdad querés tener un dinero en la mano y decir… no sé “lo voy a gastar en los 60 mangos que vale un buen libro”. O capaz no lo hacés, pero tener ese dinero en la mano te gustaría. Por ahí vas a buscar otra cosa. En el momento me parece que era eso lo que estaba pasando con el personaje y quería mostrarlo.

Esta cuestión de la anécdota los acerca al lector, ¿verdad?
- Sí, porque es poder mostrarlos a ellos, contar cómo fueron ciertas situaciones que les tocaron vivir, cómo reaccionarían, o cómo lo vieron. Todo el mundo se divierte mucho con El Faisán, las salidas que tiene, cómo habla. Pero yo pienso esto: si Pinino no sobrevive, capaz por deporte el Faisán mata al médico, porque lo tiene montado en un huevo porque habían dejado morir al pibe chorro. Y si pasa eso ya no sé si lo mirás tan contento al chabón. Es esa la cuestión, me parece, lo que te toca jugar y en el momento en que te tocó. Entonces todas esas anécdotas me parece que servían para hacerlos cercanos y para tener una pincelada: te estoy contando esta historia con esta cosa apresurada porque en cualquier momento entra la cana y estamos haciendo tiempo para que se recupere él.

Un chichoneo con la historieta

Mientras el grabador marca los minutos grabados, avanza la producción de una historieta con guiones suyos y gráfica de Iñaki Echeverría, un amigote que lo emociona con los dibujos que parten de sus palabras. El metejón con el cómic, sin embargo, le llegó mucho antes y “desde el palo de los superhéroes”. Se metió en una comiquería (Camelot) buscando material para un trabajo de la facultad y, cuenta, se encontró “con un dealer de aquellos”. “Me preguntó de qué me acordaba más de cuando era chico, me hacía la danza de Adam West”, rememora. Terminó comprando un número autoconclusivo de Hulk. “A la vez, si no te ofendés, me dice, te regalo esto. Y ahí cagué fuego”. Entre el 96 y el 2000 Oyola iba religiosamente al local donde “la bolsita preparada” lo esperaba.



“Me hubiera gustado tener la teca como para decir liquido la saga en un año, pero después estaba enganchado con otro personaje”, continúa. Sucede que, cuando lo vieron leyendo, en el barrio varios “salieron del clóset”. Un amigo “parco, alto, dos metros diez, callado, un día me ve con una historieta y me dice me alegra verte con eso porque nunca le conté a nadie que yo sigo Batman”. Entonces el escritor en ciernes conoció a Alan Moore, el Arkham Asylum de Gran Morrison y Dark Knight returns, de Frank Miller. “Él siempre jodía con que así como vio a los Stones, vio a Sandro, y eso garpa, y así como leí todo Cortazar, también leí todo Frank Miller. Y eso garpa”. Con ese y otro amigo solían prestarse historietas.


“Esa fue la primera aproximación importante. Después tuve mi primera pareja, que no miraba con mucho agrado esto. A la vez te vas a convivir y vas fifty-fifty. No era un gasto importante, pero hinchaba. Después con el fin del 1 a 1, se fue a la mierda. Por suerte estos dos amigos siguieron y ahí pude ver otras cosas. Paralelamente, a finales de 2001, comienzos de 2002, lo conozco a Max Aguirre. Y nos hicimos muy, muy amigos. Entonces él y quien termina siendo el padrino de mi hijo, Pablo Manzotti, me acercan mucha historieta, más que nada cómic europeo. Un par de cosas que me volaron al cabeza. Ni siquiera clásicos, contemporáneos. Manu Larcenet, por ejemplo. Los combates cotidianos me lo dieron a leer en un momento en que yo por primera vez estaba haciendo terapia, había perdido el laburo. Ahora, de vez en cuando, cuando puedo, alguna cosa que me interesa, lo compro. Recién son dos años en que por fin conseguí armar la rueda, e incluso no me tiembla el pulso si me quiero comprar un libro”.


- ¿Cómo fue la experiencia de saltar un rato de la prosa a los guiones con Iñaki?
- Me voy soltando. Primero fue una experiencia medio colectiva, con otros escritores, que estamos viendo cómo va a salir. Pasa que es un flash. Te dicen que cuando vos escribís, si sacás el 75 por ciento de lo que te pasaba acá (se toca la frente), ya ponete contento. Pero este tema de que vos craneaste algo, se lo das a un dibujante y te lo devuelve… largás los mocos. Yo lo miraba  y por un lado no podía creer que yo lo había hecho, me volvía a sorprender con ciertas cosas, que eran palabras mías y todo, pero por otro lado está la potencia del dibujo y cómo él se lo adueña. Nos juntamos en un bar e iban cayendo otros escritores. Iñaki les iba dando los trabajos, y yo les miraba las caras. Eran como la de mi nene el día que tuve guita y le pude comprar un IronMan original, ¿entendés? Era un “wow”, con los ojos todos transparentes. Ahora me quiero animar con a algo de más largo aliento.

¿Él los guió? ¿Cómo trabajaron?
- Él nos dijo “ustedes piensen que son 30 fotos”. Mi jermu, que también es escritora, en ese momento sabía poco de historieta, ni qué era una viñeta o un globo de diálogo, le dijo “vos pensá 30 fotos, en cada una describí los gestos y, en donde creas que sea necesario, diálogo”. Entonces me parece que fue una manera de laburar linda. Ahora pensando en una novela gráfica, creo que debe ser otra cosa.


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domingo, 22 de enero de 2012

Verano de ciencia ficción


¿Será el verano de 2012 la temporada con más recomendaciones para la ciencia ficción? De la mano de la exitosa serie televisiva de fantasía medieval de HBO, Juego de tronos, la saga fantástica de George R. R. Martin, escrita a finales de los años noventa, llegó a las librerías argentinas para ocupar un espacio semejante al que gozó durante su época de furor otro gran autor del género: J.R.R. Tolkien, padre de El señor de los anillos.

Mientras las novelas de Martin esperan una segunda temporada de episodios televisivos al calor de sus próximas ediciones en papel, entre los otros clásicos del género fantástico, los libros de Philip K. Dick, el autor detrás de adaptaciones cinematográficas tan populares como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), El vengador del futuro (Paul Verhoeven, 1990) y Sentencia previa (Steven Spielberg, 2002), continúan vigentes en cualquier librería, más allá de las fronteras de edad para sus lectores.
Sin embargo, es Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973) el autor argentino con la incursión más fructífera, entre muchos de sus colegas, a esa zona donde lo real y lo imaginable se combinan con resultados asombrosos. Kryptonita, su última novela, traslada el universo de superhéroes americanos —Batman, Superman, Flash— a nuevas coordenadas: el Conurbano Bonaerense. El cruce es sugestivo y original; y la posibilidad de reescribir ambos mundos, sin dudas, resulta interesante. ¿Qué pasa cuando los objetos culturales de la metrópoli del primer mundo son “absorbidos” por la periferia sudamericana? ¿Qué nuevas voces se activan? ¿Y qué se vuelven capaces de decir?


...“Kryptonita (Mondadori), de Leonardo Oyola, porque es casi como leer un western. En realidad, cualquier libro que consigan de Oyola va a ser bueno, pero este es nuevo, está en todos lados y es especialmente entretenido”, dice sin dudas Carolina Aguirre, que acaba de publicar El efecto Noemí...

...“Recomiendo Kryptonita porque es simplemente la mejor novela argentina de 2011. Original por donde se la mira, divertida, y con una serie de guiños a los lectores de historietas (entre los que me encuentro) que aumentan el placer de su lectura”, coincide Diego Grillo Trubba, que el año pasado publicó la segunda parte de su saga histórico-policial Crímenes coloniales...

...Sólido entre los recomendados, Leo Oyola vuelve por consejo de Gabriela Cabezón Cámara. “Me regalaría Kryptonita, uno de los mejores alcoholes de la cosecha 2011 de la literatura nacional: no sólo por su lenguaje, que es una especie de poesía hecha con el habla del Conurbano bonaerense; no sólo por su historia ni su protagonista, curiosamente el único que casi no dice nada, un Superman matancero que lleva en su cuerpo la paradoja de ser un superhéroe en una periferia hiperviolenta. La leería por todo esto y también porque, entre tiros y camillas, el libro reflexiona sobre cuestiones tan universales como la posibilidad o la imposibilidad de ser en el lugar en el que uno nació y las diversas maneras de ser padre”, cuenta la autora de La Virgen Cabeza...