Cada ciudad crea sus propios mitos, que residen muchas veces en palabras específicas, de ésas que sólo se entienden cerca del perímetro metropolitano. Ahora que las leyendas urbanas están de moda y se editan libros acerca de los muchos fantasmas de Buenos Aires, es buen momento para honrar a una de esas palabras con denominación de origen: “atorrante”. Es un término porteñísimo: según su etimología, quién sabe ya si apócrifa o real –y a quién le importa–, se formó con el nombre de un empresario francés y el uso de unos cuantos vagos de esta tierra. Toda una genealogía de la porteñidad.
Cuenta la leyenda que en las primeras décadas del siglo XX, las tareas de alcantarillado de la ciudad sembraron las calles de caños de la empresa francesa Torrent, o Torrant, o incluso A. Torrant. Durante las noches frías, los sin techo usaban estos caños para dormir. De allí, se dice, es que “torrar” se volvió un sinónimo de dormir, y a los que torraban en los caños del señor A. Torrant se los llamó, por supuesto, atorrantes. Lo cual quiere decir dormilones, pero también sin techo, pero también gente inofensiva y de la ciudad.
Desde ya, muchas voces se han alzado para desmentir esta etimología popular; muchos sostienen que “atorrante” viene de “atorrar”, que a su vez deriva de “atorar”, holgazanear, en italiano. Pero sin duda la historia de los hombres de los caños resulta más atractiva: si non é vero, é ben trovato.
En su última novela, Hacé que la noche venga (Mondadori, 2008), Leonardo Oyola parte de este mito para explorar sus consecuencias: su héroe es Tres, nacido Ambrosio Torrent III, a la vez el heredero del primer Torrent y un atorrante cabal, que duerme en los túneles del subte –ya no hay caños en la ciudad- y enfrenta a las fuerzas oscuras: el diablo, la policía, el capitalismo internacional.
Vía Queré Buenos Aires.
sábado, 31 de enero de 2009
miércoles, 28 de enero de 2009
Vía DSM IV
En Santería, Leonardo Oyola recurre a todos los íconos posibles de la cultura popular y los reúne en un relato que comienza con una vidente, la Víbora Blanca, quien ve su propia muerte. La acción transcurre en los 90 –en pleno menemismo– y se desarrolla en la desaparecida Villa Puerto Apache y en la imaginaria El Jabuti.
Pero lo que parece un policial pop muta en una historia fantástica cuando los protagonistas se enfrentan y muestran sus verdaderos rostros, en un final que deja sin aliento.
Según Oyola, el personaje principal nace “de las cinco preguntas básicas del periodismo: quién, qué, dónde, cuándo y por qué. Saber qué le va a pasar y a quién (te vas a morir de un tiro) y por ende intentar averiguar dónde, cuándo y por qué. La figura de una vidente que ve su propia muerte me pareció muy atractiva. Entonces, busqué llevarla hacia lo que conozco y lo que he visto y vivido donde me tocó crecer, todo en un registro exagerado”.
Al explicar el giro fantástico de la historia, Oyola dice que siempre estuvo presente en su obra.
“Salvo en Gólgota, en el resto de mis otras novelas publicadas coqueteo con el género fantástico. Quizás en Hacé que la noche venga y en Santería está más pronunciado, conforme avanzan las tramas”, afirma. En el caso de esta saga para Negro Absoluto, dice que su intención, su idea inicial, era “ahondar en el tema de la fe y de nuestros santos populares. Cuando se me ocurrió la idea de dos enemigos irreconciliables, pero hermanos de cofradía –Danielín y el Kevin Costner–, que no se pueden matar porque los protege el mismo santo del que son devotos, me animé a ir un poco más allá".
Sobre todo con la Víbora Blanca y la Marabunta, la protagonista y su Némesis”. Sobre el trabajo de componer los personajes, Oyola asegura que la Víbora Blanca era la clave. “El tema es intentar evitar una muerte anunciada –afirma Oyola–. Me gustan mucho los westerns [N. del E.: es crítico de cine en la revista Rolling Stone]. Una vez leí que Sergio Leone, para Erase una vez en el Oeste, siendo consciente de que el género estaba moribundo, decidió filmarlo al ritmo de un corazón que se está deteniendo. Quise hacer lo mismo en Santería desde mi narrativa. El fin de año y el advenimiento del desalojo de los últimos asentamientos del Puerto Apache, para dar paso a Puerto Madero, me calzaron justo con lo que era mi motor.”
La crítica de Anya Ellis en su sitio original, además del resto de las novelas de Negro Absoluto, pinchando acá.
Pero lo que parece un policial pop muta en una historia fantástica cuando los protagonistas se enfrentan y muestran sus verdaderos rostros, en un final que deja sin aliento.
Según Oyola, el personaje principal nace “de las cinco preguntas básicas del periodismo: quién, qué, dónde, cuándo y por qué. Saber qué le va a pasar y a quién (te vas a morir de un tiro) y por ende intentar averiguar dónde, cuándo y por qué. La figura de una vidente que ve su propia muerte me pareció muy atractiva. Entonces, busqué llevarla hacia lo que conozco y lo que he visto y vivido donde me tocó crecer, todo en un registro exagerado”.
Al explicar el giro fantástico de la historia, Oyola dice que siempre estuvo presente en su obra.
“Salvo en Gólgota, en el resto de mis otras novelas publicadas coqueteo con el género fantástico. Quizás en Hacé que la noche venga y en Santería está más pronunciado, conforme avanzan las tramas”, afirma. En el caso de esta saga para Negro Absoluto, dice que su intención, su idea inicial, era “ahondar en el tema de la fe y de nuestros santos populares. Cuando se me ocurrió la idea de dos enemigos irreconciliables, pero hermanos de cofradía –Danielín y el Kevin Costner–, que no se pueden matar porque los protege el mismo santo del que son devotos, me animé a ir un poco más allá".
Sobre todo con la Víbora Blanca y la Marabunta, la protagonista y su Némesis”. Sobre el trabajo de componer los personajes, Oyola asegura que la Víbora Blanca era la clave. “El tema es intentar evitar una muerte anunciada –afirma Oyola–. Me gustan mucho los westerns [N. del E.: es crítico de cine en la revista Rolling Stone]. Una vez leí que Sergio Leone, para Erase una vez en el Oeste, siendo consciente de que el género estaba moribundo, decidió filmarlo al ritmo de un corazón que se está deteniendo. Quise hacer lo mismo en Santería desde mi narrativa. El fin de año y el advenimiento del desalojo de los últimos asentamientos del Puerto Apache, para dar paso a Puerto Madero, me calzaron justo con lo que era mi motor.”
La crítica de Anya Ellis en su sitio original, además del resto de las novelas de Negro Absoluto, pinchando acá.
sábado, 24 de enero de 2009
viernes, 23 de enero de 2009
Los misterios de Buenos Aires
La crítica de Soledad Platero para el suplemnto cultural del diario El Pais de Uruguay, pinchando acá.
jueves, 22 de enero de 2009
miércoles, 21 de enero de 2009
Curioso policial de época
Dos cirujas se cruzan con algo mortal en la oscuridad de un túnel del subte, y el sobreviviente luchará por develar el misterio, con la ayuda de un ingeniero rebelde y en contra de los poderosos y privilegiados. Curioso policial de época, ambientado en la Buenos Aires del treinta, esta heterogénea novela de Oyola se lee como un cómic de Tardi cruzado con Alex de la Iglesia y una pizca de Tuñón, y son sus personajes principales los que terminan ganándose un lugar en la biblioteca de cualquier fanático del género.
Recomendado en la seccion Libros de la revista La Mano.
Recomendado en la seccion Libros de la revista La Mano.
sábado, 10 de enero de 2009
Terror en los subterráneos
La crítica de Flavio Lo Presti para el suplemento de cultura de La voz del interior. Gracias por leer.
viernes, 2 de enero de 2009
lunes, 29 de diciembre de 2008
No Retornable
En su última edición del año, la crítica de Nicolás Pose al Tres, Manzotti, Arroz & el Padre Montoya; y el primer capítulo de 2018- La Guerra del Gallo de Juan Guinot.
sábado, 27 de diciembre de 2008
viernes, 26 de diciembre de 2008
El pibe repoyo
San La Muerte
Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973) es el reciente ganador del premio Dashiell Hammett que entrega la Asociación Internacional de Escritores Policíacos en la Semana Negra de Gijón, España, con su novela Chamamé. Santería se titula la novela de este autor que Negro Absoluto eligió como una de sus primeras opciones.
Santería es la historia de Fátima apodada la Víbora Blanca, una cartomante de una villa bonaerense a quien se le anuncia a través de una aparición que su mejor clienta, la Marabunta, la va a asesinar en la mañana de Navidad. A partir de ese momento comienza a tomar medidas contra el tiempo para evitar que eso suceda.
En el camino hacia el final, el autor sorprende a cada página, tiñendo a la novela de una atmósfera mística, pero no de una mística “oficial” ya que lo que reina en estas páginas es la mística popular, la religión y las creencias que nada tienen que ver con las del Vaticano. Está presente todo el tema de San La Muerte y El Gauchito, en auge en los últimos tiempos al ser venerados por los habitantes de las villas argentinas, el de San Jorge, un santo compartido por varias religiones entre ellas el Umbandismo, al igual que todo tipo de santos y religiones populares.
Todo está mezclado, todo se entrecruza, y este hecho en lugar de confundir, o de menospreciar como si se tratara de un menjunje, le da potencia a la histioria, sin caer en ningún momento en el pintoresquismo o en el tratamiento paródico de las religiones “marginales”.
A la hora de explicar la procedencia, el linaje de las protagonistas, el autor despliega un recurso que le da un brillo a la novela y que termina siendo uno de los mejores momentos. Para cada una de las historias sobre el pasado de los personajes hay dos versiones, dos historias diferentes, una “real” y otra mística, más legendaria. Oyola se vale de las dos, y en ningún momento se inclina por alguna de las opciones, convenciendo al lector de que quizás lo mejor sea creer las dos.
Pero paralelamente hay otra historia que también es encarada de forma religiosa. La novela está ambientada en Puerto Apache en 1996, año en que se comenzaron las medidas oficiales para transformar esa villa en la sofisticada Puerto Madero. La protagonista siente que por su culpa, la maldición que cae sobre ella (fruto de su procedencia) provocará la destrucción de toda la villa. El narrador en ningún momento desmiente esto, lo que poco a poco comienza a tomar el valor de verdad absoluta. El destino es imposible de cambiar.
Todo esto sumado, el destino inexorable, el oráculo que advierte, la maldición sobre una comunidad, la sustitución de la razón por la fe, en un lugar donde vuelan los tiros, nos da como resultado una historia atrapante, contada de una manera muy original, como si se tratara del Apocalipsis, contado en clave de tragedia griega y western, de ese mundo que es la villa.
Escrito por Diego Recoba en su blog.
Muchas gracias. Buen año, hermano.
Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973) es el reciente ganador del premio Dashiell Hammett que entrega la Asociación Internacional de Escritores Policíacos en la Semana Negra de Gijón, España, con su novela Chamamé. Santería se titula la novela de este autor que Negro Absoluto eligió como una de sus primeras opciones.
Santería es la historia de Fátima apodada la Víbora Blanca, una cartomante de una villa bonaerense a quien se le anuncia a través de una aparición que su mejor clienta, la Marabunta, la va a asesinar en la mañana de Navidad. A partir de ese momento comienza a tomar medidas contra el tiempo para evitar que eso suceda.
En el camino hacia el final, el autor sorprende a cada página, tiñendo a la novela de una atmósfera mística, pero no de una mística “oficial” ya que lo que reina en estas páginas es la mística popular, la religión y las creencias que nada tienen que ver con las del Vaticano. Está presente todo el tema de San La Muerte y El Gauchito, en auge en los últimos tiempos al ser venerados por los habitantes de las villas argentinas, el de San Jorge, un santo compartido por varias religiones entre ellas el Umbandismo, al igual que todo tipo de santos y religiones populares.
Todo está mezclado, todo se entrecruza, y este hecho en lugar de confundir, o de menospreciar como si se tratara de un menjunje, le da potencia a la histioria, sin caer en ningún momento en el pintoresquismo o en el tratamiento paródico de las religiones “marginales”.
A la hora de explicar la procedencia, el linaje de las protagonistas, el autor despliega un recurso que le da un brillo a la novela y que termina siendo uno de los mejores momentos. Para cada una de las historias sobre el pasado de los personajes hay dos versiones, dos historias diferentes, una “real” y otra mística, más legendaria. Oyola se vale de las dos, y en ningún momento se inclina por alguna de las opciones, convenciendo al lector de que quizás lo mejor sea creer las dos.
Pero paralelamente hay otra historia que también es encarada de forma religiosa. La novela está ambientada en Puerto Apache en 1996, año en que se comenzaron las medidas oficiales para transformar esa villa en la sofisticada Puerto Madero. La protagonista siente que por su culpa, la maldición que cae sobre ella (fruto de su procedencia) provocará la destrucción de toda la villa. El narrador en ningún momento desmiente esto, lo que poco a poco comienza a tomar el valor de verdad absoluta. El destino es imposible de cambiar.
Todo esto sumado, el destino inexorable, el oráculo que advierte, la maldición sobre una comunidad, la sustitución de la razón por la fe, en un lugar donde vuelan los tiros, nos da como resultado una historia atrapante, contada de una manera muy original, como si se tratara del Apocalipsis, contado en clave de tragedia griega y western, de ese mundo que es la villa.
Escrito por Diego Recoba en su blog.
Muchas gracias. Buen año, hermano.
lunes, 22 de diciembre de 2008
domingo, 21 de diciembre de 2008
sábado, 20 de diciembre de 2008
domingo, 14 de diciembre de 2008
La noche boca arriba
Por María Eugenia Villalonga
Una leyenda urbana bastante verosímil –la derivación de la palabra atorrante del nombre del fabricante de los caños de desagüe de la red cloacal de Buenos Airees, A. Torrent, donde pernoctaban los sin techo a comienzos del siglo pasado- es el disparador de esta novela inquietante que se mete con el género de terror y sale bien parada.
El protagonista, un ciruja que duerme en los túneles del subte D en construcción, una helada noche del 39, ve morir a su amigo a manos de una presencia indefinible. Mucho más explícita es la presencia de uno de los jerarcas de la empresa constructora de subtes, acompañado de dos guardaespaldas, dispuestos a impedir que salgan a la luz los crímenes secretos de los distinguidos dueños de la empresa y del país, Ortiz Basualdo, Villamil y Leloir.
Diablos que se materializan en carneros que se incorporan sobre sus patas traseras, en voluptuosas mujeres depredadoras, en esquizofrénicos personajes que hablan como poseídos, en fuerzas monstruosas que despedazan a su oponente, hacen dialogar al relato con distintos clásicos del género, en particular con “Los crímenes de la calle Morgue”.
Pero junto con lo sobrenatural conviven otras causas que amenazan al grupo de atorrantes formado por el protagonista, un ingeniero defensor de los derechos de sus obreros, un cura villero armado hasta los dientes y un chino piromaníaco y que tienen más que ver con condiciones materiales que con peligros inmateriales: la larga noche que significó la década infame y su espejo europeo, el nazismo en ascenso, y que posibilitó lo que algún desvariado personaje dice acerca de la construcción de túneles: “¡Liberaron del infierno al mismísimo diablo!”, abriéndoles las puertas a la impunidad de los poderosos.
Más de un fantasma recorría el mundo por aquellos años. Si en este relato, “la lucha entre el bien y el mal” en palabras del cura, se historiza en la lucha de clases y se condensa en las figuras del desaliñado ingeniero sindicalista y el atildado funcionario de la empresa, la clase obrera organizada, con su sombra amenazante, la huelga, deviene en el apelativo que el protagonista le pone al ingeniero, “el de moño desatado”.
“La noche me respiró en la cara” alcanza a decir el piruja amigo antes de morir y se refiere a la presencia fantasmagórica que lo aniquila. O quizás no sea otra cosa que el desamparo.
Publicado en el suplemento de cultura del diario Perfil.
Una leyenda urbana bastante verosímil –la derivación de la palabra atorrante del nombre del fabricante de los caños de desagüe de la red cloacal de Buenos Airees, A. Torrent, donde pernoctaban los sin techo a comienzos del siglo pasado- es el disparador de esta novela inquietante que se mete con el género de terror y sale bien parada.
El protagonista, un ciruja que duerme en los túneles del subte D en construcción, una helada noche del 39, ve morir a su amigo a manos de una presencia indefinible. Mucho más explícita es la presencia de uno de los jerarcas de la empresa constructora de subtes, acompañado de dos guardaespaldas, dispuestos a impedir que salgan a la luz los crímenes secretos de los distinguidos dueños de la empresa y del país, Ortiz Basualdo, Villamil y Leloir.
Diablos que se materializan en carneros que se incorporan sobre sus patas traseras, en voluptuosas mujeres depredadoras, en esquizofrénicos personajes que hablan como poseídos, en fuerzas monstruosas que despedazan a su oponente, hacen dialogar al relato con distintos clásicos del género, en particular con “Los crímenes de la calle Morgue”.
Pero junto con lo sobrenatural conviven otras causas que amenazan al grupo de atorrantes formado por el protagonista, un ingeniero defensor de los derechos de sus obreros, un cura villero armado hasta los dientes y un chino piromaníaco y que tienen más que ver con condiciones materiales que con peligros inmateriales: la larga noche que significó la década infame y su espejo europeo, el nazismo en ascenso, y que posibilitó lo que algún desvariado personaje dice acerca de la construcción de túneles: “¡Liberaron del infierno al mismísimo diablo!”, abriéndoles las puertas a la impunidad de los poderosos.
Más de un fantasma recorría el mundo por aquellos años. Si en este relato, “la lucha entre el bien y el mal” en palabras del cura, se historiza en la lucha de clases y se condensa en las figuras del desaliñado ingeniero sindicalista y el atildado funcionario de la empresa, la clase obrera organizada, con su sombra amenazante, la huelga, deviene en el apelativo que el protagonista le pone al ingeniero, “el de moño desatado”.
“La noche me respiró en la cara” alcanza a decir el piruja amigo antes de morir y se refiere a la presencia fantasmagórica que lo aniquila. O quizás no sea otra cosa que el desamparo.
Publicado en el suplemento de cultura del diario Perfil.
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