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jueves, 25 de agosto de 2011

La tristeza infinita


Balada triste de trompeta
# # # (3/5)

Carlos Areces, Antonio De La Torre, Carolina Bang.
Dirigida por Alex De La Iglesia

Después de la decepción que significó Los crímenes de Oxford tanto para la crítica como para sus seguidores, Alex De La Iglesia se repite como en su anterior paso en falso en el mercado angloparlante. Cuando Perdita Durango, su otro film hablado en inglés, no funcionó; el realizador de El día de la bestia volvió a casa, como el hijo pródigo bíblico, para demostrar de todo lo que es capaz su talento logrando una de sus películas más acabadas y celebradas: Muertos de risa.


Ya desde el afiche, Balada triste de trompeta nos hace desconfiar imaginando las posibles similitudes con aquella gran obra del ’99. Pero desde la primera imagen nos encontramos con algo diferente: con un capitán miliciano, interpretado por Fernando Guillén Cuervo, en la línea de la locura galopante del Teniente Coronel Kilgore de Robert Duvall en Apocalypsis Now o la de la terrible curda del Capitán de Aldo Giuffré en El bueno, el malo y el feo. Alguien que en pleno campo de batalla pone al frente de su regimiento a un payaso travestido, un soberbio Santiago Segura, para confundir al enemigo. Mejor dicho: para hacer que los soldados del otro bando sientan terror al verlo venir.


La película salta del ‘37 al ‘43 para después anclarse en la década del setenta donde seremos testigos del triángulo amoroso entre el hijo del personaje de Segura heredero del oficio, el payaso estrella de un circo en decadencia y la mujer acróbata de este último. La parte más superlativa de esta historia. Aquella que transcurre en la carpa. Aunque comience a experimentarse inevitablemente el deja vú con Muertos de risa. Cuando la historia abandona el circo y muestra el derrotero de sus antagonistas por separado pierde en intensidad y clima. Y ahí es donde De La Iglesia vuelve a jugar a ser el Robert Zemeckis de Forrest Gump –pensandolo bien: el de Quiero tener tu mano- haciendo interactuar a sus criaturas con el mismísimo Franco o depositándolos en el medio del atentado al Almirante Carrero Blanco.


Desmesurado, por momentos torpe, pero suelto como un toro en la arena; la furia y la amargura que el director le imprime al relato le han valido llegar a buen puerto pese a las falencias señaladas. De ahí obviamente la catarata de premios y nominaciones que ha cosechado este film. El título, salido de una canción de Raphael inmortalizada en estas latitudes por Estela Raval y Los Cinco Latinos, tema que se escucha tanto como un cover de Palito Ortega o una de las tantas versiones de La quiero a morir es un leit motiv al que se le adosa ese adjetivo, ese estado del alma que es lo triste. Lo infinitamente triste plasmado en un final desolador en el que los magníficos Carlos Areces y Antonio De La Torre han dejado de ser para siempre sus respectivos Javier y Sergio para convertirse en un payaso triste y en otro tonto que terminan encarnando literalmente.

Publicado en la RS Nro. 159.

viernes, 24 de junio de 2011

Clásico de clásicos

Aballay, el hombre sin miedo # # # # # (5/5)
Con Pablo Cedrón, Nazareno Casero y Claudio Rissi entre otros.
Dirigida por Fernando Spiner



(Por Leonardo A. Oyola) ¿Por qué vamos al cine? ¿Y por qué aún hoy se deberían seguir construyendo salas cinematográficas? Una respuesta simple y directa es por películas como Aballay. Que más que cine en estado puro es cine de género hecho y derecho. Y, para más datos, ni más ni menos que un western. Para disfrutar a pleno en la pantalla grande más cercana. El séptimo arte entendido como celebración. Basado en el relato homónimo de Antonio Di Benedetto, el film de Fernando Spiner destila amor por la historia, el marco en el que se eligió contarla y un manejo envidiable de los códigos rigurosos de una de pistoleros sin caer jamás en la transposición del universo gauchesco a la mera imitación o repetición de lo que ya nos contaron del lejano oeste norteamericano.
Hay una gran producción detrás del film en la que se nota y mucho toda la carne puesta en el asador. Pero no por eso estamos ante un producto distante que se regodea en diseño y espectacularidad visual como nos tiene mal acostumbrado cualquier estreno standard del cine mainstream jueves tras jueves. Tampoco se alza la bandera del acá también podemos hacerlo que supo levantar Adrián Suar catorce años atrás con el policial para su Comodines que mas allá del guión firmado por Ricardo Piglia y la dirección de Jorge Nisco y Daniel Barone era netamente una película del Chueco muy pero muy lejos de Bullit y bastante verde siquiera como para compararse con Arma Mortal aunque se intuya intenciones y esfuerzos para encajar en esos modelos.


En Aballay, el hombre sin miedo se puede rastrear en su linaje a varios clásicos desde la estética formal al desarrollo del argumento. Pero así cómo aparecen nubes en el cielo a lo John Ford no estamos ante un intento de agiornar el género como lo trató Lawrence Kasdan en Silverado o la mera pose rockera a lo Billy The Kid con la estampa de Emilio Estevez. Localmente hablando, lejos estamos y a Dios gracias de una exaltación del nac&pop. Aballay se permite coquetear incluso desde su barbarie o las típicas treguas entre enemigos para enfrentar a un mal mayor con el hermano bastardo del western que es el spaghetti; sin caer en la extrañeza de películas como El gran silencio aunque diga presente lo milagroso, o si se prefiere lo sobrenatural, como fue la aproximación de Antonia Bird en Voraz.
Esta historia de venganza en la que está involucrado un supuesto santo popular con un prontuario que lo ha llevado a cumplir una penitencia de por vida, atrapa desde la primera escena ambientada en una riña de gallos seguida de un asalto a una diligencia -gran guiño- en la que ya nos queda en claro las diferencias irreconciliables entre los personajes protagonistas. Pablo Cedrón y Nazareno Casero están excelentes en sus interpretaciones. Pero el que se lleva todas las palmas es Claudio Rissi con su personaje del Muerto; villano a la altura del Calveyra de Eli Wallach o el Tigrero de Klaus Kinski. Inolvidable. Tanto como la experiencia de ver en cine, hoy por hoy, una película como Aballay.



Publicado en la RS Nro. 159.

miércoles, 8 de junio de 2011

Lo que no se perdona

Aguas turbulentas ***1/2
Pal Sverre Valheim Hagen, Trine Dyrholm
Dirigida por Erik Poppe.


(Por Leonardo A. Oyola). El tercer film de Erik Poppe, cierre de una trilogía iniciada en Schpaaa y continuada por Hawaii-Oslo candidata noruega al Oscar a la película en idioma extranjero hace un par de años, nuevamente se centra en un crimen cometido por menores de edad. En este caso un delito del que no conviene entrar en detalles debido al gran acierto por parte del guión, firmado por Harald Rosenlow Eeg, de ir dosificando la información de lo fatalmente acontecido mediante flashbacks;  mostrando los puntos de vista de víctimas y victimarios y, sobre todo, sus respectivos cambios de roles.
            Un joven que acaba de cumplir su condena en la cárcel intenta reinsertarse en la sociedad. Como el crimen por el que se lo acusó, además de aberrante, ha sido de una alta rotación por la cobertura de los medios decide cambiar su identidad para que volver a empezar no sea tan cuesta arriba. Dado su virtuosismo como músico consigue trabajo en una iglesia de organista en misas y demás celebraciones religiosas. Y la cosa por fin parece encaminarse hasta que es reconocido por una mujer que empieza a acosarlo.
            La película en su arranque coquetea levemente con el policial, específicamente con el thriller psicológico, hasta que empieza a descender al drama más duro y difícil de digerir; linkeando por la historia que narra hacia otras ficciones y a una realidad abrumadora. Por un lado, la película Vidas cruzadas de Sean Penn protagonizada por Jack Nicholson, Anjelica Houston y David Morse y por otro a un crimen tristemente célebre en el que sus autores confesaron imitar una escena de una película.
            Nadie se pregunta si en verdad el protagonista es culpable o no de lo ocurrido. Simplemente se lo ha etiquetado por lo que supuestamente hizo. Y tanto afuera como adentro de la prisión se lo castiga de forma constante como para que nunca se olvide el dolor que trajo. Un dolor que enajena; y que si bien en aquel film como director de Penn derivaba en la ira irrefrenable del personaje de Nicholson, acá deviene locura en la desesperante actuación de Trine Dyrholm como esa mujer rota intentando saber a cualquier precio la verdad de lo que pasó. 

Publicado en la RS Nro. 158.

lunes, 25 de octubre de 2010

Entre Rambo y Kasparov

Atracción Peligrosa *** ½

Ben Affleck, Rebecca Hall & Jeremy Renner.
Dirigida por Ben Affleck.



(Por Leonardo A. Oyola) Haber titulado de forma local a The town como Atracción peligrosa es tan o más bochornoso que ponerle a Edipo Rey Me casé con mi mamá. No solo porque adelanta algo que va a ser un conflicto fuerte en la trama sino que remite a un film que jamás vamos a ver en pantalla. No le van a hervir el conejo a la hija de Michael Douglas ni Jeremy Irons se va a enamorar perdidamente de su nuera. Los que vayan a buscar eso se van a llevar un chasco mayúsculo como los valijeros de la calle Lavalle cuando en manada se metían al cine a ver Striptease con Demi Moore. Atracción peligrosa es un policial hecho y derecho que, si bien no puede evitar lugares comunes del género, está a la altura del sorprendente debut como director de Ben Affleck (Desapareció en una noche, 2007); confirmándolo como un talento a seguir en esta materia.


The town cuenta la historia de un barrio en el que viven, nacen y se crían los mejores ladrones de bancos y camiones blindados de EE.UU. Un oficio casi artesanal trasmitido de padres a hijos con una complicidad total de todos sus pobladores. He aquí lo universal en un film anclado al sentido de pertenencia. Donde uno va a ser siempre el lugar de donde salió. Muy pocos personajes son los que dejan de caminar esas calles que se saben de memoria. La mayoría el único trayecto que conoce es del barrio a la cárcel y de la celda al rancho. Alguno, de vez en cuando, para la pelota y empieza a pensar en comprarse una segunda oportunidad. En no volver a reincidir. Para eso hay que irse. Pero antes un último trabajo. Un laburo salvador. EL robo más espectacular del prontuario. Hay que hacer los deberes para no tener que disparar un tiro, ejecutando fríamente un plan de características ajedrecísticas. Y si sobre la marcha la cosa se complica, ahí ser más Rambo que Kasparov. Y en The town, la cosa se complica. Y mucho.



La segunda película como realizador de Affleck –esta vez también delante de cámara- además de homenajear a Punto Límite (Kathryn Bigelow, 1991) linkea a un clásico de este subgénero como lo es Fuego contra fuego (1995) de Michael Mann; film en el que los protagonistas a ambos lados de la ley demostraban tener un enorme respeto por sus adversarios aunque se advirtieran que cada uno iba a morir en la suya en esa escena memorable con Al Pacino y Robert De Niro en el café: policías y ladrones de elite. En The town, no hay tanta sofisticación en el equipo de Señores Chorros comandado por Affleck. Sí, mucho músculo -como se conoce en la jerga- y puro huevo; además de códigos que los vuelven más nobles que los rastreros agentes del FBI que los están cazando.


“De este lado o del otro nos vamos a volver a ver” es el leitmotiv de estos hombres que están jugados. Y si bien en un principio se refieren a estar adentro o afuera de la prisión, ese de un lado o del otro termina siendo acá o en el cielo. Porque la muerte es estar preso. El infierno es estar guardado. El cielo es estar en paz con uno. El cielo es una mujer. Y la vida, en The town como en cualquier otro lugar similar en el planeta, es el purgatorio. Un lugar de paso donde rendimos cuentas de quienes somos. Y donde la robamos como podemos.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Camino de ida

Por Leonardo A. Oyola

“¿Todavía no lo leíste? No vas a poder dejar de hacerlo”. La cita es de una obra maestra de John Carpenter, En la boca del miedo (1995), en la que un lector anónimo de Sutter Cane –algo así como un ficticio Stephen King- celebra con un comportamiento autista la adicción que causa la prosa de este escritor con cualquiera de sus libros. Sutter Cane es un dios. Sutter Cane es el diablo. Sutter Cane es una voz que no para de hablarnos. Sutter Cane es la creación. Sutter Cane es aquel que nos muestra lo que no queremos ver. Sutter Cane es un espejo. Sutter Cane es la revelación de lo que en verdad somos nosotros, los hombres.

“¿Todavía no lo leíste?”; bien podría preguntar un compatriota de Stieg Larsson ya que en Suecia este autor vendió tres millones de ejemplares de su primera novela en un país cuya población es de nueve millones de habitantes. “¿Todavía no lo leíste?” es una pregunta que se pronuncia en los cuarenta idiomas correspondientes a las cuarenta traducciones que ha logrado. Y el “¿Todavía no lo leíste?”; si es que ya no lo hiciste, te lo va a preguntar un conocido tuyo en cualquier momento. Porque al igual que con las temporadas de series como Lost, Héroes o Dr. House solo es una cuestión de tiempo volverse adicto a los libros de Larsson.
Los tomos que componen la trilogía Millenium son por su tamaño iguales a tres ladrillos grosos. Impacta ver juntas las ediciones de Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire. Son tres ladrillos negros. Calculo que si llegáramos a juntar tan solo todos los ejemplares vendidos en una decena de librerías porteñas; con la totalidad de esos ladrillos negros podríamos ayudar a terminar la casa de Petroccelli.

La asociación televisiva no es gratuita ya que el alter ego de Larsson, el periodista de investigación Mikael Blomkvist, tiene muchos rasgos en común con aquel defensor de pobres y de las causas injustas de la serie de los 70. Ambos son incorruptibles, creen ciegamente en la justicia y van hasta el final del asunto sin importarles el costo para develar la verdad. Su talón de Aquiles está en su romanticismo abanderado de una ingenuidad anacrónica. Pero a diferencia del abogado interpretado por Barry Newman, el Blomkvist de Larsson tiene en Lisbeth Salander a su Robin hacker-punk; que después de su presentación en el primer arco de la historia ocupará el rol de Batman por constituirse por varios cuerpos de ventaja en el personaje más atractivo de esas casi dos mil cuatrocientas páginas que los dos protagonizan.
En el desarrollo de esta historia se produce un fenómeno propio del género policial que es la incorporación o fagocitación de otros géneros. En este caso específico, mutando de novela de enigma a thriller mafioso, coqueteando con el drama de estrado sin dejar de lado las idas y venidas en la relación de sus protagonistas en ese triángulo típico de telenovela entre Blomkvist, Salander y la blonda Erika Berger. Para no mencionar sus truculentas relaciones familiares.

¿En lo citado en el párrafo anterior se encuentra el plato principal por el que no paramos de devorarnos cada uno de los tres tomos? Seguramente. Pero también no hay que negar un estilo decimonónico similar a lo visto en un clásico exponente del film noir como es El Samurai de Jean Pierre Melville –película protagonizada por Alain Delon y basada en la novela Ronin de Goan McLeod (título más acertado para el trabajo del protagonista)- donde un brillante ejercicio basado en eliminar las elipsis y narrar minuciosamente todas las acciones a realizar por el killer previa ejecución de sus actos nos mantiene en vilo por el mero hecho de no dejar librado nada al azar. Larsson es capaz de escribir páginas y páginas de inentendibles datos económicos salvo para expertos en esa área, jerga ultra sofisticada en informática y hasta el paso a paso para revelar una foto sin alejarnos de la trama.

Porque aún pese a una horrible traducción española abundante en expresiones insoportables para un lector de estas latitudes como “se tronchaba de la risa”, “para más inri” o “agarrar una cogorza de muerte”; ¿qué es lo que ha convertido a Millenium en el fenómeno policial de la década? Definitivamente, y más allá de estas líneas y de la dramática muerte de su autor antes de haber visto editada su obra y en el fervor de masas en que se convirtió, ese es un enigma que ni siquiera los mismísimos superdetective Kalle Blomkvist, la Sally Piernas Largas o mucho menos el propio Stieg Larsson van a poder develar. Nosotros, los simples mortales, los que tenemos voces anónimas, los que no somos reflejo de nada, los que consumimos, solo podemos preguntar: “¿Todavía no lo leíste?”

Publicado en la Rolling Stone Nro. 141.

martes, 26 de mayo de 2009

Brothers in arms

El cine de superhéroes sigue afilando las garras

Escrita por el guionista de La hora 25 y dirigida por el realizador de Tsotsi, la precuela de la trilogía X-Men hace foco en el popular personaje interpretado por Hugh Jackman. Por Leonardo A. Oyola

X-Men Orígenes: Wolverine * * * (3/5)

Hugh Jackman, Liev Schreiber, Lynn Collins y Danny Huston
Dirigida por Gavin Hood
.



Ya lo habíamos anticipado hace más de un año, en la RS 119: para Hollywood las películas basadas en cómics son cosa seria porque los fanáticos de los personajes, aquellos que colmarán las salas cinematográficas durante los estrenos, son muy exigentes. De ahí que los estudios inviertan tanto en efectos especiales como en un buen director para que imprima en las imágenes su firma reconocida. Aquí, el sudafricano Gavin Hood, ganador del Oscar a la mejor película en idioma extranjero con Tsotsi, aquel adolescente criminal buscando una redención escondida por las calles de Johannesburgo.

La industria apela una vez más al magnetismo de sus estrellas –Hugh Jackman en su cuarta interpretación del personaje que le diera fama mundial- y a secundarios eficaces –Liev Schreiber, el chivo expiatorio de las Scream y realizador de la notable Una vida iluminada-. Sube la apuesta y convoca a populares actores televisivos –el astro de una serie sobre fútbol americano, dos caras reconocidas de Lost- y hasta hace debutar a Will I Am, un músico que sabe muy bien hacerse notar. Alquimia necesaria para lograr la transposición de una obra como Arma X que si bien no es maestra del género, sí imprescindible dentro de la saga del personaje en un guión escrito por David Benioff, el autor y guionista de La hora 25, que vuelve a focalizar en las relaciones fraternales, algo que domina plenamente.

X-Men Orígenes: Wolverine arranca con apuntes de la saga homónima de Adam Kubert en la que se nos presenta en el siglo XIX al personaje principal niño y al que será su antagonista, literalmente hermanados. A partir de ese comienzo la secuencia de títulos demoledora nos muestra a Wolverine y Sabretooth ya adultos combatiendo y cubriéndose las espaldas mutuamente en todos los conflictos bélicos existentes desde la guerra de secesión a Vietnam, donde este último empieza a dejarse llevar más por su lado animal. Ambos personajes pagarán por este pecado y terminarán de mercenarios bajo las órdenes del maquiavélico Coronel Stryker buscando un extraño metal llamado adamantium.

Aquí en el opening, si bien impecable, es donde se puede encontrar la única falencia de la película y la toma de postura de esta realización: estamos ante un film que se disfruta y mucho solo por los conocedores del tema. Jamás se explica la inmortalidad aparente de los hermanos ni muchos otros aspectos relacionados con el universo de los mutantes, por lo que queda la sensación de perderse algo de la fiesta. Ahora bien, si uno conoce y mucho del tema disfrutará a rabiar de la aparición de Gambito, el Agente Zero y Deadpool; de los adolescentes Cíclope y Emma Frost, y sobre todo del cameo final de uno de los personajes más emblemáticos de este universo.

Lo otro para destacar es que, como en Star Wars, comparándola con la cinta que preceden temporalmente en argumento, las precuelas son más espectaculares porque tienen a su favor un mayor presupuesto y una tecnología que ha avanzado.


Publicado en la sección cine de la RS Nro. 134

lunes, 11 de mayo de 2009

Calvario en Caballito




Primera Junta, conexión Sodoma y Gomorra

Familia, Pecado y varios Cristos porteños cargando sus respectivas cruces a través de la calle Rojas.
Por Leonardo A. Oyola

La sangre brota *** (3/5)
Arturo Goetz, Nahuel Pérez Biscayart y otros.
Dirigida por Pablo Fendrik

Difícil olvidar el rostro destrozado a golpes del Leandro de Nahuel Pérez Biscayart. Porque lejos de la estampita se lo presenta como lo que es: un Cristo roto. En La sangre brota se desencadenará el calvario de una familia de clase media que, ante el pedido de ayuda del hijo mayor –el hijo pródigo que está queriendo volver a casa-, cada uno de sus integrantes reaccionará de distintas maneras. Porque ya sea papá Arturo, mamá Irene o el citado Leandro, el hermano menor, cada cual tiene su respectivo plan. O mejor dicho: misión.

Dos mil dólares equivalen a la traición de las treinta monedas por las que se vendió Judas. Un dinero manchado de sangre, como el realizador muestra detalladamente en primer plano. Ese rojo que también tienen los labios de una colegiala igual de celosa a la hija de Herodías que pedirá una cabeza cuando se sienta desplazada. Rojo como la boca de esa virgen que en sus besos podría traer esperanza, pero por la pepa con la que comulgó termina haciendo salir más sangre.

Hay timba, infidelidades, pederastas y otros pecados por las que fueron destruidas Sodoma y Gomorra. El Gólgota y el Getsemaní de esta historia están ubicados en la calle Rojas del barrio de Caballito. Ahí nomás de la estación de Primera Junta del subte A. Solo a metros de la avenida Rivadavia por donde incontables Cristos anónimos pasan cargando sus respectivas cruces sin que nadie les haga más liviano ese peso.

Es meritoria la dirección de fotografía, a cargo de Julián Apezteguía, subrayando la elección del registro casi documental de la cámara al hombro por el que opta el realizador. Un recurso mucho más que idóneo para retratar el colapso familiar, intensificado por las actuaciones de un elenco milimetrado en composiciones genuinas que le hacen justicia a sus criaturas.

Pablo Fendrik en su segunda película, ganadora del premio de la crítica joven de Cannes de 2008 entre varios otros laureles, es tan sórdido y virulento como la narración y sus personajes lo están reclamando. Sin concesiones. Si. Pero también sin apelar a golpes bajos.

Una familia dicen que es el núcleo principal de la iglesia. Una familia dicen que es el núcleo principal de la sociedad. En una familia los lazos filiales, la sangre de tu sangre, manda, tira. Porque en una familia, por más distanciada que esté, siempre, metafórica y literalmente la sangre brota.

Publicado en la sección cine de la RS Nro. 133.

domingo, 15 de marzo de 2009

El guerrero solitario


Con casi ochenta años, un ícono de la pantalla grande como Clint Eastwood se retira de la actuación en un rol que, entre otras cosas, remite a sus personajes legendarios.

Gran Torino **** (4/5)

De y con Clint Eastwood.

Walt Kowalski es un obrero jubilado de la industria automotriz, un veterano de la Guerra de Corea que acaba de enviudar. Durante el velorio de su esposa ve cómo sus nietos pasan por la iglesia como si fuera un trámite sin el más mínimo de respeto por su abuela. Uno de ellos se persigna burlándose. Walt lo escucha pero no hace nada. No dice nada. Solo gruñe. Lo mismo le pasa con el responso que da ese curita que no tiene ni siquiera treinta años. Ya tendrá la oportunidad de retrucarle al sacerdote que qué puede saber él de la muerte si solo es un pendejo virgen que le vende cosas imposibles a las viejas que son devotas y obedientes. Y pese a todo va a seguir aguantando a ese imberbe en sotana porque el pibe le hizo una promesa a su mujer y la piensa cumplir. Y eso es algo que Walt respeta.

El Walt de Clint Eastwood no es de los que ponen la otra mejilla. Mucho menos ahora que no está su mujer para llamarlo a recato. No lo hace porque ese es un signo de debilidad y eso es algo que un hombre no puede permitirse. El Walt de Clint Eastwood es old fashion, old school. Un hueso duro de roer. Pero sobre todas las cosas, el Walt de Clint Eastwood es un tipo que viene lidiando con las pérdidas desde hace mucho, mucho tiempo. Y que ha llegado a una edad en la que se ha quedado solo, salvo la compañía de su perra. Una edad en la que no va a cambiar. Que podrá ceder un poco en ciertas cuestiones y ante las evidencias. Pero él sabe muy bien qué es lo correcto. Punto. Y cuando de repente se vea vinculado con sus vecinos, unos inmigrantes asiáticos, prácticamente esa relación con todo lo bueno y todo lo malo que le va a traer más que una segunda oportunidad será su alivio de luto.

En Gran Torino vuelven a decir presente los temas que el viejo Clint ha venido tocando en su filmografía como director desde Los imperdonables a esta etapa; interpelándose no solamente como artista sino también como persona. El rol de un padre que ha fracasado en las relaciones con sus propios hijos pero que puede ser mucho más que idóneo para los que no son de su misma sangre pero que si necesitan una figura paterna, la proximidad de la muerte, si tenemos o no la capacidad de decidir sobre ella más allá de lo que la religión y la ley digan, el sacrificio de una vida; todos tópicos abordados desde diferentes ópticas ya sea en la premiada Million dolar baby, más atrás en Crimen verdadero o hasta en la fallida adaptación de la novela de Michael Connolly, Deuda de sangre.

Así como en Río Místico dejaba en claro que la justicia nunca puede residir en la ley del talión, en Gran Torino Eastwood redobla la apuesta en un personaje que tiene cosas de sus espectrales pistoleros de La venganza del muerto o El jinete pálido, incluso de su Harry el sucio, en lo que es la búsqueda para equilibrar los tantos. Su Walt Kowalski en lugar de hacer la señal de la cruz se lleva sistemáticamente al sobaco izquierdo la mano derecha para después desenfundar los dedos índices, mayor y pulgar. Pum, Pum, ¡Pum!; marca a quienes se merecen la bala. Amén.


Publicado en la Rolling Stone Nro. 132. Marzo de 2009.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Mostrando la hilacha

Algo de lo que fue el recital de anoche en el GEBA, acá.

martes, 2 de septiembre de 2008

Estilo Monoblockero

Conseguir un mejor nivel de vida, aprovechar cada oportunidad que se presenta, vivir y sobrevivir el día a día: de eso va Estilo Monoblockero, el primer disco oficial de F-A.

Por Leonardo A. Oyola.




“¡Que hacés, Esteban! ¿Sabés qué? Para mi es como que yo a vos nunca te deje de ver. Vos estuviste siempre ahí. Yo ponía tus temas y te escuchaba la voz, boludo. Y lo escuchaba al gordo y me re-reía”. Esteban -junto con Massi, Patu y Picki- es uno de los mcs de F-A, la banda de rap formada hace diez años en los monoblocks de Ciudadela; el complejo habitacional Ejército de los Andes, más conocido como Fuerte Apache. El que lo saluda es un amigo que cayó y ahora acaba de salir. “Está bueno –comenta Massi, que conoce lo que es estar guardado- porque de una manera u otra estuviste con los pibes. Se la ayudaste a robarla así. Caen en cana y es lo primero que te piden. No vienen a soguearte mandame ropa, mandame esto... Mandame un compact del F-A es lo que te dicen”.

MONOBLOCKERO DE SANGRE. “Descargar todo lo que se tiene dentro. En primera instancia contra la policía y contando realidades que veíamos y vivíamos. Siempre creimos en el derecho de expresar lo que sentimos. Cuando vimos que el rap nos daba eso porque nos dejaba profundizar más, explayarte, nos quedamos con eso. Encontramos lo que era nuestro”, reflexiona Esteban cuando habla de sus inicios, de la primera vez que escucharon a 2pac y que sin saber una palabra en inglés descubrieron un ritmo que los identificaba; como también recuerda Massi: “Había similitudes a full, a eso es a lo que voy, y más identificados nos sentíamos, más para adelante le queríamos dar. Esa fue la mecha. Primero conocimos lo que es hip-hop, hip hop en general, ¿me entendés? Después vimos como venían las otras ramas y nos quedamos con el rap. Si vamos a la que es, no podemos pararnos en una esquina a que él haga ruidito con la boca, otro haga free style, vos des vueltas en el piso y yo me ponga a grafitear porque va a venir la policía y a vos te va a dar palazo, a mi me van a poner los ganchos y me va a llevar a la comisaría y a él porque está tirado en el piso lo van a cagar a palos por boludo. Por eso lo tomamos muy a pecho. F-A es una manera de expresión. Nosotros tenemos otra cuna. Así nomás. Salimos de otro lado”.

ESCUCHEN ATREVIDOS.
De las casi 450 mil visitas que tienen en myspace, más del setenta por ciento son de afuera del pais. “No tenemos ni idea de quién fue el primero que subio una canción nuestra a internet. Hubo una serie de temas que eran de la famosa tiradera,¿viste?, donde le dábamos palo a los que se hacen los roncha, se hacen los ladrones. Los grabábamos para nosotros. Un día salta uno y nos dice: che los temas de ustedes están en internet. ¡¿Cómo?! Dijimos nosotros y rumbeamos para el cyber. Cuando pusimos Fuerte Apache en el buscador, hicimos plin, y ahí estaban. La primera reacción fue: ¡aaahhh! ¡nos están robando!”. De lo que confiesa Massi, Esteban no puede evitar reirse: “Si. Fue más o menos así. Pero también dentro de todo fue una grata sorpresa saber que tanta gente nos escuchaba. Y la aceptación de la gente. No esperábamos eso. Lo de nosotros era para nuestro barrio. De mano en mano fue pasando de villa en villa, de suburbio a suburbio. Es muy loco que en los monoblocks de Soldati o en una villa en San Martin la gente se vea reflejada en una canción nuestra. Que las toque. Que les llegue. Que sepan que no es mentira, que no estamos batiendo cualquiera. Internet nos abrió la cabeza y nos dio la posibilidad de salir”.

VIDA CLANDESTINA. El rap para los F-A fue una apuesta grande porque les dio una oportunidad. Algo que vale -y mucho- para los que están criados entre tiros y corridas. Y si alguien sabe de esto, ese es Esteban. “La onda fue tratar de salir de las complicaciones que teníamos pero a través de la música. Nos pone contentos saber que llegamos en el momento justo. Porque más allá del crecimiento personal de nosotros como músicos, está la parte judicial. Hoy en día no tenemos causas, estamos limpios de todo. Y si alguien alguna vez la tuvo ya cumplió y no le debe nada a la ley. En nuestras letras no bardeamos. Cantamos la realidad, lo que somos, lo que vivimos. Pero no hacemos apología”. El primer corte del disco, Queridos amigos, es un genuino adiós y un recuerdo emotivo a todos aquellos a los que les tocó perder –donde F-A rapea un final predecible acá te puede pasar. “Hacer música, grabarla, es una manera de seguir viviendo en el sentido de seguir vivos. Nos dimos cuenta de que si nos pasaba algo, nuestras familias y las personas que nos quieren nos iban a poder escuchar la voz. Yo lo comprobé con mi hermano cuando estuvo preso, que le decía a mi mamá: decile a Esteban que me mande un cassette porque hace un montón que no le escucho la voz”.


ESCUCHALOS
Estilo Monoblockero, su disco debut, fue editado por Pelo Music.
myspace.com/fuerteapache

miércoles, 2 de julio de 2008

El viejo y querido Hulk

A cinco años de la fallida adaptación cinematográfica de Ang Lee, el Goliat Esmeralda de la Marvel tiene su merecida revancha. Por Leonardo A. Oyola

El Increíble Hulk
* * * ½

Con Edward Norton, Liv Tyler, Tim Roth y William Hurt.
Dirigida por Louis Leterrier.


Quizás sea el Batman de Tim Burton la excepción en la que un realizador pudo tomar a un ícono del cómic para adentrarlo de lleno en su imaginario con resultados superlativos como lo fue en Batman Vuelve. Sam Raimi también lo logra en Spiderman 2. Sobre todo en la escena del quirófano con el Doctor Octopus despachándose a media docena de cirujanos. Si se recorre con atención la filmografía de Ang Lee, uno entiendo muy bien que fue lo que sedujo al director de Secreto en la montaña a la hora de embarcarse en una adaptación cinematográfica de un superhéroe tan popular. Pero más allá de las piruetas del split screen para lograr un look de viñetas en la pantalla grande, de los esfuerzos de Eric Bana o de la locura desaforada de Nick Nolte, el Hulk del 2003 no tenía vida. Había una fuerte apuesta por lo dramático, sí. Pero no lograba emoción. De ahí que los espectadores le bajaran el pulgar, fueran o no fanáticos del personaje.Cuando los productores decidieron reflotar la franquicia -si bien no la tuvieron tan difícil como los de Batman después del desastre de las películas de Schumacher- apostaron sobre seguro. Nada de redefinir escenarios y personajes como lo hizo Christopher Nolan con el Caballero Nocturno. Fueron a lo que nos es conocido, nos gusta y, por ende, funciona.


Louis Leterrier nació a comienzos de la década del 70. Creció con el Hulk televisivo. Lo conoce a pleno. Lo mamó. Lo idolatró. Y eso se ve en la pantalla. La secuencia de títulos es un claro homenaje a la serie. Como el Dr. Banner de Edward Norton cuando hace zapping y se detiene a ver Buscando novia a papá, otro de los hits televisivos de Bill Bixby –el Banner de la serie-. Y la cosa no termina solo ahí: Lou Ferrigno poniéndole la voz a la criatura y el cuerpo a un guardia de seguridad, un estudiante de periodismo de nombre Jack McGee, la camisa a cuadros rojas, la transformación y el combate en la quinta avenida, el Dr Banner con el bolsito al hombro haciendo dedo mientras suena ese pianito triste. El realizador de Danny the dog –la película que le dio luz verde como director para resucitar al Goliat Esmeralda de la Marvel- no apela a la nostalgia pero tampoco la descuida. He ahí su mérito. Porque el Increíble Hulk tendrá horda de fanáticos comprando cómics pero si es conocido en todo el mundo es por la serie. Y el guión no descuida ninguno de estos frentes.

El producto para la TV craneado por Kenneth Johnson siguió el esquema asegurado de otros éxitos como El fugitivo o Kung Fu: el del hombre que huye de la justicia y que en su andar de pueblo en pueblo se ve involucrado en problemas a resolver. Por una cuestión presupuestaria, se dejó de lado toda referencia militar, pilar insoslayable de la creación de Stan Lee en plena Guerra Fría. La película en este caso trae lo mejor de los dos mundos, trasladándonos hasta Brasil donde el Dr. Banner se encuentra oculto en una favela buscando la cura de su mal hasta que es descubierto por sus perseguidores. De ahí, directo a los bifes: por eso el tan promocionado cabreo de Norton ya que fueron eliminadas todas las escenas del trabajo de Banner con el psiquiatra, de las que se pueden ver partes en el trailer. Los productores siempre sin olvidar a Ang Lee abanderaron lo de Hulk... ¡aplasta! Y punto. Que tanto rollo. Cabe destacar los guiños a personajes e íconos de la saga como la aparición de El Líder o los emblemáticos pantalones violetas; además de la actuación y el agiornamiento del Emil Blonsky de Tim Roth, la temible Abominación, contrapartida rusa del Hulk durante el reinado del equilibrio del terror, que en la película de Leterrier es un mercenario experto al que el cuerpo ya le va pasando factura; un soldado de fortuna que no se quiere jubilar. La irrupción del Tony Stark de Robert Downey Jr. no solo garantiza segundas partes de las exitosas Iron Man y El Incredible Hulk sino que promete una película de los Avengers que no podría tener otro guión que la de los Ultimates.

miércoles, 4 de junio de 2008

Pablo Trapero: Leonera



Pablo Trapero vivió en San Justo. Pero deja bien en claro que solo paraba en Ruta 3 y Almafuerte. Será por eso que abandera más el camino antes que el barrio. El nomadismo de una búsqueda por sobre la sedentariedad que supone la esquina. El no quedarse ahí, donde no hay más para elegir que solo un puñado de opciones. Que estuvo bien haber ido a bailar al Jesse James siempre que pudo. Que por polleras supo patear por Casanova, Laferrere y Rafael Castillo. Que hizo todo lo que tenía para hacer allá. Y que después, para poder seguir en movimiento, simplemente se fue.



Durante la charla que mantiene con Rolling Stone en las oficinas de su productora en Almagro, Matanza Cine, el realizador de Mundo Grúa no deja de nombrar una y otra vez a Marti y a Mateo; y lo mismo le pasa con la palabra “contraste” y sus derivaciones. “Marti” es su mujer, Martina Gusmán, productora de varias de sus películas y protagonista de Leonera, la historia de una joven embarazada de pocos meses que queda detenida y procesada por sospecha de asesinato en una unidad penitenciaria. Mateo es el hijo de ambos. Tiene seis años y puede ver 300 sin escandalizarse por los combates, decapitaciones y demás barbaries entre espartanos y persas. Ahora bien, El castillo vagabundo o El viaje de Chihiro son otra cosa: inquietan y asustan a Mateo Trapero. Y gracias a esta mirada atenta, es que papá y mamá presentan su última película en la Selección Oficial del Festival de Cannes. Así lo cuenta el mismo Trapero:



“Mis viejos tienen una quinta en Cañuelas, que es una quinta de frutas y además hay animales. Nosotros vamos con frecuencia, más que nada desde que tenemos a Mateo. Y en uno de esos viajes, en el que vas por el Auopista Richieri, pasás por la Unidad Penitenciaria de Ezeiza, Mateo pega el grito: “¡Mirá, papá! ¿Por qué esa casa es rosa?” , y justamente era una cárcel de mujeres donde en esa unidad están madres con sus chicos. Es algo contrastante esa situación de ir a pasear con el nene a estar en el campo con los chanchos y los conejos y encontrarte con que a la vera de la ruta, estaban los pibes del otro lado del muro”.



Trapero marca el comentario de su hijo como una de las génesis del proyecto. En la otra estuvo, obviamente, “Marti” (ver recuadro). Escribió el guión junto con Alejandro Fadel, Martín Mauregui y Santiago Mitre; los mismo de El amor, primera parte. “Fue entrar a aprender. A escuchar y prestarle atención a lo que ellos nos querían contar. Vos a la cárcel pensando que la tenés clara y después todo se te va a la mierda. Los muros son un lugar donde los pibes dibujan y pegan stickers. Los chicos se cuelgan y se trepan de los barrotes de las rejas. Todo empieza a ser muy estridente. Para los dos lados. Porque vos lo ves al pibe en ese momento y la está pasando muy bien. Ahora las consecuencias que va a tener por crecer en prisión se van a notar mucho más tarde. Pero también hay otro interrogante que uno se hace, y acá no estamos hablando de cine, y es el de decir, okay, ¿entonces que se hace? Primero hay que empezar mucho antes. No es solo un problema del servicio penitenciario. ¿Es un problema de la justicia? Seguro. Es un problema estructural. Hay muchas cosas previas donde el estado, si vos vez a las escuelas en el estado en el que están, a los hospitales en el estado en el que están; si no cuidan esas cosas tan básicas, imaginate que nivel de atención pueden llegar a tener estos lugares. Hay tanto para atrás a donde ir que es muy difícil encontrar una respuesta que pueda contestar a todas estas particularidades. Y así y todo escuché a muchos internos decir yo prefiero estar acá que en mi casa. Escuché celadores envidiando lo que recibían los internos. Desde pañales y educación. Quejándose de las escuelas públicas a las que van sus hijos. Espero que esto que digo no sea tomado de forma erronea: la realidad es tan injusta que todo lo que pasa después va a ser también injusto. Es muy abrumador pensar que la mayoría de las internas todavía están esperando que le dicten condena. Una espera que comparten con sus hijos. Chicos que están presos por supuestos crímenes que hicieron sus mamás y todavía no se sabe si son culpables”.



Lo que propone la película es cómo, en la realidad particular en la que están, las cosas pueden mejorar. Que es lo que tratan de hacer sus protagonistas, Julia y Marta. Lo mejor que se pueda en una situación angustiante. Si hay una posibilidad de sobrevivir es gracias a la solidaridad y la esperanza, a determinados sentimientos que también están teñidos de otra cosa. Quizás la solidaridad no es tan desinteresada y la esperanza no tenga que ser tan noble. Pero por los motivos que sean estos vínculos se generan. Leonera pone el acento en eso, anhelando –según afirmaciones del propio Trapero- que este tipo de historias abran debates para que algo se pueda modificar tarde o temprano.


-Hablemos un poco de uno de los momentos más luiminosos de la película, de cómo es la navidad en Leonera.

Sabía que iba a existir una relación directa con El bonaerense en esa escena. Pero lo que a mi me gustaba era que fuera lo opuesto. Las fiestas que pasa el Zapa son apocalípticas y acá en Leonera, si bien dura, la navidad de Julia y Tomás es de una ternura que a mi me mata. Me emocioné cuando la escribí. Me emocioné cuando la hicimos. Me emocioné cuando la filmé. Me emocioné cuando la edité. Me emociona cada vez que la veo.

-Coincido con vos cuando afirmás que si te quedás allá, en el conurbano, no tenes mucho para elegir.

Fijate que la diferencia entre el celador y el interno es casi accidental. En muchos casos todos te dicen “yo no nací diciendo tenes que ser celador, papá. En mi barrio mi viejo me dijo tenés tres opciones: o te hacés prostituta, o te hacés chorra o sos penitenciaria”. El límite entre el chorro y el cana es como la vida quizás te llevó para un lado o para otro. Muchos celadores tienen en sus pabellones guardados a familiares. Son del mismo barrio. Se conocen desde siempre. Es una situación muy dramática. El tipo que tiene que cuidar y que en muchas ocasiones tiene que reprimir al otro lado de la reja... Situaciones muy contrastantes. También se genera lo opuesto. Simpatías y cercanías. Por este ratito todos venimos de Casanova, que se yo, todos venimos de tal lado. Tenemos algo en común... El lugar de origen, la situación social son muy afines. Genera contradicción. Genera mucho odio.

¿Qué nos querías dejar con Leonera?


La película no viene a traer luz ni viene a explicar. Muestra una realidad donde vamos a estar todo el tiempo en este contrapunto. En prisión todo es rutina. Cuando eso se puede quebrar, se celebra. Un nacimiento es algo que se celebra. Estés adentro o afuera. Por eso en Leonera chocan dos cosas tan genuinas como lo son el derecho del nene de estar en libertad y derecho del nene por estar con la mamá.

martes, 3 de junio de 2008

¿Gato? No. Leona


-¡Uy, pero cómo paró la cola el gato! ¡Mirala vo’ a la rubia!
-Hay que agarrarla de los bigotes y atarla de trompa a las rejas, así aprende.

La rubia es Julia Zarate, interpretada por Martina Gusmán, personaje a la que la actriz llegó a conocer muy bien. “Después de la experiencia que tuvimos en Nacido y criado, donde fue mucho más chiquita mi participación, pensamos en la idea de trabajar juntos en una película en la que yo fuera la protagonista. Pablo me pidió que empezara a escribir la historia teniendo en cuenta tres personajes en una sola locación. Yo le di cuarenta páginas en las que contaba un triángulo amoroso que termina con un asesinato. Pablo lo ve y me dice: ¡esto está buenísimo! Va a ser el comienzo de la peli. Eso me sirvió para la construcción de Julia antes de entrar a la cárcel. La idea pasaba por no caer en el estereotipo. Julia era una diva de clase media alta que tiene que aprender a sobrevivir en un medio hostil, encima embarazada. Se adapta a lo que le toca vivir. Y esos cuatro años adentro, como su maternidad, terminan de transformarla”.


Martina, también madre, sabía que era fundamental para su interpretación el vínculo con Tomás, su hijo en la película. “Cuando ella puede amamantar a su bebé por primera vez, cuando suena duermete niño, para mi es un momento clave”. Obviamente, al ser una interna, Julia Zárate como mujer tiene características muy específicas: “Lo trabajé desde lo corporal, la volví más animal, instintiva. Hay algo innato como madre que una haría cualquier cosa por su hijo. Julia va aprendiendo a ser mamá y a establecer ese lazo. Sus cambios emocionales concretos le van modificando estructuras. Ahí está su relación con los otros personajes. Marta –Nota: la actriz Laura García, del grupo barrial Catalina Sur; junto con la misma Gusmán las revelaciones de la película- es muy importante porque le da una idea de familia que ella no tenía. También descubre que no puede permitirse ser débil. Y en algún punto termina siendo como la madre de su propia madre”; interpretada por la actriz y cantante Elli Medeiros.

La actriz habla honestamente de los prejuicios y fantasías que tenía a la hora de empezar la composición de su criatura, de la ansiedad y miedo que le daban no saber con qué se iba a encontrar y cómo lo iba a manejar. “Cuando me empecé a comprometer afectivamente con las internas y sus historias vi situaciones de mucha solidaridad. Lo básico: la privación de la libertad. No es lo mismo imaginarla que sentirla todos los días. Eso es algo que nos dio filmar dentro de un penal. Puede parecer obvio pero en algún punto pasa lo mismo con la maternidad: hasta que no lo experimentás en carne propia no podes hablar de eso. El amor, darlo y recibirlo, es algo que te deja marcado. Imaginate como debe ser dar y recibir amor en situaciones tan terribles. Julia es un personaje muy transformador”, concluye. Y sí, como dice la calle; la rubia, la mamá de Tomás, evidentemente es de las que se paran de manos.

lunes, 2 de junio de 2008

Karaoke (Trapero y la música)

“En comparación a otra gente yo trabajo la música bastante tarde. Muchos arrancan desde el guión, en los ensayos o hasta tienen un músico que la va componiendo en paralelo. La banda de sonido me empieza a llegar a medida que la película se va consolidando. Cuando me largo a compaginar escenas voy a mis discos y pruebo de todo. Algo queda de eso que también abre una línea de búsqueda en una dirección fija que me lleva a una disquería a comprar un determinado material o a hablar con amigos que me puedan recomendar canciones para el camino que ya elegí.

Ora bolas –de Paulo Tatit, interpretada por Claudia Gaviria y Tita Maya- la probé en una de las escenas. La saqué de un disco infantil que tenía mi hijo. La letra era tan fuerte y también tan estridente por la voz de los chicos, pero a la vez tenía algo que generaba inquietud, miedo. Terminaba volviéndose tan protagonista con las escenas que competía. Así que dije: a ver, voy a probar una cosa, hagamos un karaoke. Pongamos la letra con la música y que la escena sea con un fondo neutro. Me gustó mucho. Por eso en vez de insertarlo en un bloque en el medio de la película lo usé como secuencia de título.

El contraste entre el universo infantil y el de terror con esa letra fundacional, con esa idea de zoom que se expande y va abriendo, va abriendo, va abriendo y que en particular va a leer una cosa pero cuando lo vez de afuera tiene otro valor me pudo. La cosa pasa por anticipar que vas a ver una película de mucho contraste. No saber bien donde estás parado y hacia donde va a ir Leonera. Esa canción define en un minuto y medio lo que vas a ver”.

viernes, 9 de mayo de 2008

La pandilla salvaje


Runnin’ down a dream
Dirigida por Peter Bogdanovich


Los doscientos cincuenta seis minutos que dura el documental del realizador de Texasville –sí, sí: más de cuatro horas- tienen un momento emblemático en el que se capta a pleno el secreto del éxito de una banda cuyos tres miembros originales aún siguen juntos despues de cuarenta años. Ahí está el clip de Here comes my girl, el primer corte de su tercer disco –Dawn the torpedoes, una expresión belicista utilizada para avisar que se va a toda máquina- en donde se lo ve a Tom Petty contándole a cada uno de los demás músicos sobre su chica; cómo si estuviera en un bar y, cerveza mediante, se abriera y largara todo con aquellos con quien se siente a gusto, con los que son sus amigos y camaradas. Esos con los que diez años atrás empezaron a encerrarse en la pieza de uno para hacer covers de ídolos con los que terminaron tocando juntos y hasta produciendo. Unos pibes del sur que, con mucha suerte apoyada en su laburo constante, lograron mucho más de lo que hubieran imaginado la primera vez que se pusieron a zapar.

Atorrantes, más bien forajidos, absolutamente compradores como para poder salir bien parados de cada una en las que se metieron; desde la inolvidable anécdota de toda la falopa con la quie se abastecieron en Amsterdan y de cómo intentaron llevarla a Berlín pasando por el robo/reclutamiento descarado del bajista de Del Shannon, por sus peleas contra las multinacionales de las que eran prácticamente esclavos, peleas entre ellos mismos por sus egos y sus peleas con otros colegas que les pidieron que les hicieran una canción y que el mismo Petty después de escribirlas se negara a dárselas porque les terminaban gustando mucho. Así de infantil. Así de hermoso.

Verlos junto a Roy Orbison componiendo la emocionante You got it solo al ritmo de palmas, la impresionante experiencia de la Travelin’ Wylburs con el imbatible Handle with care calando hondo o de cómo se pusieron al servicio de Bob Dylan y de Johnny Cash respectivamente para ser su banda durante sus giras –no como banda soporte sino como la banda que los acompañaba durante el concierto- es único. Y ahí están los testimonios de George Harrison, Eddie Vedder, Johnny Depp, Stevie Nicks, productores y mucho más; para subrayar el legado de estos chicos fanáticos del rocanrol old school y de los western de John Ford, de estos forajidos del sur que como Jesse James o Wyatt Hearp -como todos esos con los que compartieron escenario, estudios y experiencias- hoy ya son leyenda.


Leonardo A. Oyola

Publicado en el Nro. 122 de la edición argentina de Rolling Stone.
Mayo de 2008.

domingo, 2 de marzo de 2008

Gira mágica y misteriosa


Viaje a Darjeeling **** (4/5)

Con Owen Wilson, Adrien Brody, Jason Schwartzman y Anjelica Huston.
Dirigida por Wes Anderson
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(Por Leonardo A. Oyola) El comienzo del quinto largometraje de Wes Anderson es un homenaje al cine clásico de intriga, al estilo del Asesinato en el Expreso de Oriente, donde un personaje anónimo al que pareciera que lo están persiguiendo -interpretado por Bill Murray, habitual colaborador del realizador y protagonista de Vida Acuática- llega a una estación de trenes en un país exótico abordo de un taxi que abandona sin pagarle al chofer. La formación en la que debería estar plácidamente sentado acaba de partir. El hombre, de traje y riguroso sombrero, intentará alcanzarla corriendo. No lo logrará. Sí, en cambio, el flaco alto y desgarbado que lo pasa durante la carrera. Es uno de los Whitman, que vuelve a encontrarse con sus otros dos hermanos después de un año en el que no mantuvieron contacto para hacer un viaje que derivará en una aventura tan o más caótica que la vivida por los Beatles en su tren de Anochecer de un día agitado. Y la comparación con los de Liverpool no es gratuita. Porque los fabulosos cuatro de esta película son Wilson, Brody, Schwartzman y el mismísimo Anderson haciendo rocanrol clásico y del bueno.

Pocos son los cineastas que pueden ostentar estilos únicos. Anderson es uno de ellos. Su imaginario visual está patentado en el uso furibundo del soundtrack, la ralentización de movimientos y las subjetivas desde el punto de vista de los reflejos de espejos, solo para enumerar las más identificables. También existe en él una temática recurrente: la muerte y la forma que tenemos de lidiar con el luto. El roce con la pérdida de alguien cercano que nos pone en contacto con nuestra propia finitud. La muerte y todo lo que es referente a las ceremonias de velorios y entierros. La tumba de la madre de Max Fisher o el esposo fallecido aún presente de la maestra a la que pone cuerpo y alma Olivia Williams en Rushmore, el epitafio en la lápida de Royal Tenenbaum o los restos mortales del supuesto hijo de Steve Zissou arrojados al mar son clara muestra de esta pulsión. En este largometraje, Anderson da cátedra inolvidable con un flashback que inicia y termina con un abrazo entre hermanos que emociona con una honestidad demoledora.

Y es precisamente otro de sus rasgos característicos -esa habilidad para fusionar lo abrumador con lo absurdo- lo que nos permite, entre tantas, una hilarante escena con una cobra suelta por los vagones del Darjeeling Limited o la aparición de un tigre come hombres asolando a una iglesia y sus feligreses. El tren y la India se convierten en personajes claves en la historia de tres tipos que están en un país ajeno sin abandonar su propio mundo. Y El viaje a Darjeeling es, ni más ni menos, la forma en que los hermanos White y nosotros como espectadores nos volvemos a poner en contacto con la vida.

Publicado en el Nro. 120 de la edición argentina de Rolling Stone.
Marzo de 2008.

domingo, 6 de enero de 2008

Placebo

Remake de un western clásico, la película del director de Johnny & June: pasión y locura es solo un alivio mentiroso para un género moribundo.

3:10 a Yuma *** (3/5)
Russel Crowe, Christian Bale, Ben Foster.
Dirigida por James Mangold.

“Esta es la buena, ¿no?”, le pregunta antes de dispararle en la oreja de la que no es sordo el policía corrupto de Robert Patrick al personaje de Sylvester Stallone. Un insoportable chillido es el único sonido que escuchamos y sufrimos junto a ese Stallone entrado en carnes que decide no dejar pasar una más a esa banda, agarrando una escopeta para hacer justicia por mano propia. El final de Tierra de Policías desemboca en un western hecho y derecho, de soundtrack marcado por el eco de ese primer disparo y los que se sumarán, el ya mencionado chillido y los latidos del corazón y la respiración entrecortada del protagonista. La firma de ese mismo realizador está en 3:10 a Yuma con ese tren esperando y el ruido del motor confundiéndose con el ritmo cardíaco de la agonía de un hombre.

Diez años más tarde, James Mangold por fin deja de coquetear con el género y se da el gusto de hacer una de pistoleros. Y se mete ni más ni menos que con un clásico del género: El tren de las tres y diez a Yuma; que más de medio siglo atrás protagonizara Glen Ford en el papel que ahora ocupa Russel Crowe. Basada en un cuento de Elmore Leonard, la historia de un hombre de campo devenido custodio de un feroz forajido es agiornada de manera truculenta en el comienzo de la versión del director de Identidad. La emboscada a la diligencia es planteada como el robo a un camión blindado. De hecho, el vehículo protegido por un veterano Peter Fonda está anocrónica y literalmente blindado. La toma del caballo que vuela por los aires junto a su jinete tras un disparo certero en un paquete de dinamita realizada en CGI hace temer por lo que vendrá conforme avance el metraje. Pero por suerte Mangold además de oficio tras la cámara demuestra amor por el género y termina haciendo el resto a lo old fashion.

“Esas parecen nubes de lluvia. ¿Aún necesitás los 200 dólares, Dan?”, le anticipa la tormenta de pólvora que se les viene el Ben Wade de Crowe a Christian Bale. Y llueven cartuchos en 3:10 a Yuma. Una película alejada del revisionismo propuesto por Clint Eastwood en Los imperdonables o en la reciente El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. El film de Mangold ni siquiera es un homenaje al western. En sincronía con su escena final es solo un placebo, un alivio de luto, para un género moribundo.

Crítica publicada en RS Nro. 118. Enero de 2008.