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sábado, 22 de diciembre de 2012

Aire & acción



Después de las 16 voy a estar en el programa conducido por el amigo Matías Orta hablando de "Sopapo" y de "Siete & el Tigre Harapiento". Por FM Mundo Sur, 106.5. 
Online, desde acá:http://aireaccion.blogspot.com.ar/

viernes, 7 de diciembre de 2012

Vía Libro



Mañana, sábado 8 de 12 a 13, en Nacional, AM 870, voy a estar en el programa de radio que conduce el colega Vicente Muleiro. Hablaremos de la reedición de mi primera novela, "Siete & el Tigre Harapiento". Y de lo que escribo. Suban el volumen.

lunes, 8 de octubre de 2012

El Tigre 2012


miércoles, 3 de octubre de 2012

Contratapa (texto)


Siete & el Tigre Harapiento es el primer libro de Leonardo Oyola, ganador del Premio Hammet 2008 a la mejor novela negra en español. Policial ambientado en el Buenos Aires de 1897, en el mundo de conventillos, burreros y delincuentes, la Orquesta del Gato Cabezón se sube a los escenarios porteños y hace bailar a los más desdichados. Pero de sus instrumentos no salen milongas, sino sangre y ruegos de perdón. En este universo con guiños al folletín, de personajes bestiales y crueles, un solista canta finales trágicos y mensajes enigmáticos que deben ser descifrados por el inspector Vals y su aprendiz. Gatos, tigres, hienas, sabuesos y gallos compiten para subsistir entre asesinos y corrup­tos, a ver quién se queda con el hueso.

Para leer en la página de la editorial, pinchar acá.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Un apodo que me gané escribiendo

(Por Hernán Carbonel). En su primer número (septiembre 2011), la revista La Balandra propuso como nota de tapa el debate sobre si un escritor "nace o se hace". Al margen de este planteo (por lo demás muy interesante), lo que deviene indefectiblemente en el circuito de la escritura es, claro, la publicación. Y entonces, surgen otras preguntas (por lo demás también muy relevantes): ¿por qué publicar; qué significa publicar? ¿Una necesidad intrínseca de quien escribe, el primer escalón de un camino ineludible, el certificado de que el ego tiene una razón de ser y opera en consecuencia, una fatalidad irrevocable, el peso mismo de la obra que busca trascender a su autor? Sin ánimo de responder a tantas preguntas (por lo demás a veces imposibles de responder) pero en busca de alguna de ellas, LA GACETA Literaria les pidió a una serie de reconocidos autores argentinos que testimoniaran sobre aquel paso inaugural: su primer texto publicado. Ariel Magnus, Gustavo Nielsen, Leila Guerriero, Patricia Suárez, Federico Jeanmaire, Franco Vaccarini, Leo Oyola, Samanta Schweblin, y Pablo Ramos rememoran aquel iniciático momento.


Un apodo que me gané escribiendo

Por Leo Oyola

Escribí mi primera novela en el 2004. No lo pensé dos veces y la mandé al Concurso Clarín Alfaguara. Para cuando me enteré que era uno de los finalistas del premio todavía no la había vuelto a leer desde que la laburamos con el maestro Laiseca en su taller. Así que cuando obtuve una mención mi alegría fue enorme. Porque no dejaba de pensar: esta es una oportunidad. Recuperé los tres manuscritos. Y por consejo de Lai me contacté con editoriales independientes que tuvieran buena distribución, a ver si lograba que se interesaran. Una me mató. Otra me dijo que le gustaría pero que no tenía dinero para invertir en un autor desconocido. Tres años después, durante una jornada literaria, el responsable de esa primera editorial que me leyó me pidió disculpas por lo duro que había sido. Y me dijo que evidentemente jamás hubiera entrado en su catálogo; pero que se alegraba de que mi obra hubiera encontrado su lugar. El otro editor ni bien se enteró que se publicaba me llamó para felicitarme y desearme mucha suerte. Y no deja de escribirme mails cada vez que se entera de alguna novedad mía. El tercer manuscrito llegó a las manos de Ricardo Romero. Que lo leyó. Y se divirtió mucho. Y que se jugó por lo que yo hago. Y que me publicó en la colección Laura Palmer no ha muerto. Desde entonces, por cómo se fueron dando las cosas, cuando me hablan de la novela se refieren a ella como Siete… y hay muchas personas que me dicen Tigre. Y eso me cabe mil puntos. Porque ese apodo me lo gané escribiendo. Y ese apodo me hace recordar lo que soy: un escritor. Autor orgulloso de Siete y el Tigre Harapiento, mi primera novela publicada.

domingo, 2 de agosto de 2009

sábado, 28 de marzo de 2009

Destinada a guión de película

Esteban Vera escribe sobre Siete & el Tigre Harapiento y, a sus conclusiones sobre una posibilidad cinematográfica, yo le prendo velas a mis santos para ver si mejora el panorama económico.
La crítica publicada en Agencianan, pinchando acá.
Gracias por leer.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Narrador antes que escritor

-Sería algo así como que el cuento gana por knock out y la novela por puntos...

La nota completa de José María Marcos para Insomnia, acá.

martes, 16 de enero de 2007

Canción


Vení vamos a dar una vuelta

dijo el Inspector

Que esta noche toca la orquesta

del Gato Cabezón


Mirá que se cargaron a siete

y sólo falta Lebon...

Si no jodés al Tigre Harapiento

nadie jode con vos.


Tigre Harapiento te busca la Federal...

Vamo´ a ver cómo te escapás!

La vida de lo héroes pasa en soledad,

y vos te la vas a jugar!


Quisieron encerrar a la orquesta

y se armó el rocanrrol...

Punteos, bordonas, sablazo

y cagó el Inspector!


El Tigre fué a llorar a la iglesia

y el Rubio explotó.

Y el Zorro, el taita mentado

ganó la elección...


Tigre Harapiento te busca la Federal...

Vamo´ a ver cómo te escapás!

La vida de lo héroes pasa en soledad,

y vos te la vas a jugar!


*Letra & música: Sebastián Pandolfelli

sábado, 6 de mayo de 2006

Un poliladron del novecientos

Siete y el tigre harapiento” de Leonardo Oyola, es una tragicómica historia en la que se mezclan, musicalmente, compadritos y policías.

Por Daniel Viglione

Cuando por las noches sale a tocar la Orquesta del Gato Cabezón, toda la ciudad se sume en un silencio profundo; sus habitantes, dejando el camino libre a cada uno de los integrantes de esta banda, se ocultan rápido en esa cada vez más oscura noche porteña. El Tigre Harapiento y sus secuaces darán un concierto estelar… y claro está, siempre puede ser la última función.

Este es el clima constante que eriza cada página de Siete y el Tigre Harapiento, la trágica y burlona novela de Leonardo Oyola, finalista del Premio Clarín de Novela 2004, en el que obtuvo la tercera mención por parte del jurado integrado por Ángeles Mastretta, Andrés Rivera y Antonio Skármeta. Según el escritor chileno, Siete & el Tigre Harapiento es “una obra que enfrenta, con gestos del grand-guignol, a compadritos asesinos contra la policía, en un derroche de humor y violencia digno de una película de Quentin Tarantino”.

Con un ritmo de prosa ágil y muy entretenida, la obra se transforma rápidamente en una novela en la que el lector toma partido por un bando o por otro; cada uno de los personajes “caricaturescos, carismáticos, cínicos, crueles, trágicos” –como los señala el mismo Oyola en la contratapa del libro-, son a un mismo tiempo agradables y sospechosos, seductores y maliciosos. Simón “el Tigre Harapiento” Lebón, los hermanos Sastre –Juan, Rogelio y “la Hiena” Andrés- “el Rubio” Nicolás Rodas y “el Pituco” Enzo Maqueira, está demás decir que infunden temor y respeto cada vez que salen a tocar con la banda.

Pero en la vereda de enfrente, el Inspector Vals, el subcomisario Gallo, el sargento Ferrara y una docena más de policías completan todo el universo de este mordaz, intrincado y sangriento policial invadido, constantemente, de signos cinematográficos, televisivos y musicales; de hecho, el título del libro se remite al tercer disco de Duran Duran y cada capítulo lleva el nombre de alguna de sus canciones.

En la novela, Oyola relata una serie de crímenes atroces –en los que no faltarán miembros cercenados ni mensajes escritos con la propia sangre de las víctimas- en los que deja entrever que, sin duda, fueron perpretados por un transfondo de intereses políticos y fraudes electorales

“Mi universo –escribe Oyola- es el del folletín. Y sus habitantes son unos chiquilines que andan armados y no precismanete con juguetes. Hablamos de juegos, y este bien podría ser el que se plantean el gato y el ratón (…) A los caballeros que se animen a jugar este partido, que al orejear las páginas del libro encuentren que son del mismo palo. Sumen y canten flor. Y a todas las damas: un cabeceo con guiño pícaro de un ojo, invitándolas a bailar esta milonga en la que marca el ritmo la Orquesta del Gato Cabezón”.

Con humor corrosivo y cruda violencia, “Siete y el Tigre Harapiento” –primera novela de Leonardo Oyola- deja un interrogante abierto y que nunca parece cerrarse: ¿Cuándo dejará de haber policías corruptos o bandas de matones a sueldo?


OYOLA BÁSICO
BUENOS AIRES. 1973. ESCRITOR.
Su primera novela, Siete y el Tigre Harapiento, fue finalista de la séptima edición del Premio Clarín de Novela 2004. Entre 815 trabajos presentados, obtuvo la tercera mención decidida por el jurado de honor integrado por Ángeles Mastretta, Andrés Rivera y Antonio Skármeta. De su obra, permanecen inéditos los relatos de El Otro Far West, el romance ¿Por qué no puedo ser vos? y su segunda novela Hacé que la noche venga. Actualmente, escribe Canciones de Fe y Devoción.


Publicado en la Revista Ñ, en el nro. 136 correspondiente a la edición del sábado 6 de mayo de 2006.

sábado, 4 de febrero de 2006

Un policial de la era pop

En su novela hay rasgos de pulp fiction y guiños que remiten al grupo Duran Duran. Pero está ambientada en la Buenos Aires de fines del siglo XIX, con referencias a la corrupción y al fraude.

Por Silvina Friera

La remera es sencilla, pero sobre el fondo blanco resalta la frase “Fabbricanti di illusioni”. Cuando Leonardo Oyola entra al bar, esquiva las miradas de los curiosos, que acaso sospechen que es un mago o un artista de circo. El escritor sabe de magia, alquimia e ilusionismo –y si improvisa lo disimula con oficio– como para mezclar en su primer libro, Siete y el Tigre Harapiento (Gárgola), la violencia pulp fiction a lo Quentin Tarantino, con títulos de discos y fragmentos de letras de Duran Duran, que dicen el Inspector Vals y el famoso tigre en cuestión, cuyo nombre es Simon Le Bon, como el cantante de la banda inglesa. Y si semejante mixtura no resulta suficiente, esta novela policial –que obtuvo la tercera mención en la edición del Premio Clarín 2004– está ambientada en Buenos Aires, en 1897, cuando la política era sinónimo de fraude y delito.

La historia comienza con una serie de crímenes brutales, con mutilaciones de miembros, y un asesino que va dejando una estela de inscripciones post mortem, cerca de los cadáveres: “silencio”, “más respeto” y “un pacto”. Aunque todos los caminos conducen a una banda, La Orquesta del Tigre Harapiento –matones a sueldo del candidato presidencial Julio A. Roca–, la policía no quiere meterse con tipos pesados.Cada uno de los trece capítulos de la novela están titulados con los temas del álbum de bodas de Duran Duran (Demasiada información, Mundo ordinario y Amor Vudú, entre otros).

“Sería necio soslayar la influencia que tienen el cine, la televisión y la música para nuestra generación”, dice Oyola en la entrevista con Página/12. “A mí me gustaban mucho los videoclips; en mi época sólo estaba Música total, que era la versión vernácula de MTV, y los videos que pasaban de Duran Duran los hacía un director de cine, y en este aspecto marcaron tendencia. La rompieron porque estaban manejando un lenguaje –subraya el escritor, que se formó en el taller de Alberto Laiseca–. Trato de que lo que escribo tenga ritmo, aunque no sé nada de música.”

–¿Un escritor es un “fabricante de ilusiones”, como dice en su remera?

–Cuando me pongo a trabajar tengo que creer primero en el mundo del que estoy escribiendo, y mi formación en Ciencias de la Comunicación me sirve porque me gusta mucho investigar. Tiene que ser verosímil la mentira que escribo. Soy un escritor de género, y sé que un libro mío no le va a cambiar la vida a nadie. Si alguien lee Siete & el Tigre Harapiento, le parece entretenida y la disfruta, estoy satisfecho.

–¿Por qué eligió situar la historia a fines del siglo XIX?

–Me gusta situarme en el pasado porque hay cosas que linkean con la actualidad. Tenía el tema de la historia y quería ver en qué momento ubicarlo. Como me interesaba también incorporar las elecciones fraudulentas, sabía que debía ser antes de 1912, en el advenimiento de la segunda presidencia de Roca.

–En los diálogos entre los personajes aparecen muchas alusiones a Alem, Mitre y Roca. ¿Qué función cumplen estas referencias políticas y cómo las conecta con el presente?

–Quería lograr esa cotidianidad que tenemos nosotros, que podemos sentarnos en un bar y hablar de cómo Cristina (Fernández) le ganó a Chiche (Duhalde) en la provincia, jugando de visitante. Esas referencias también servían para despistar al lector respecto de la identidad del asesino, pero fundamentalmente buscaba que hubiera diálogos verosímiles sobre la época. La conexión entre el pasado y el presente está dada por una suerte de corrupción consensuada. La mayoría de la gente que habla de política se ríe y dice: “Uy, sí, era sabido”. En una parte de la novela señalo que el Tigre Harapiento es una especie que no desaparece, y que mejor no metersecon ese tipo. Cierro la novela con una elección fraudulenta, cuando tranquilamente podría haber terminado con el duelo entre Vals y El tigre Harapiento. Tengo un desencanto muy fuerte con la política, me da mucho miedo, y no me sentaría a tomar un café con un político. En el conurbano, donde vivo, el apriete físico sigue vigente; acá es más verbal, pero los dos te erizan los pelos de los brazos y te hacen correr sudor frío por la espalda.

–¿Investigó crímenes de la época?

–Sí, el crimen de Tomás Sambrice, el pibe que baleó a Roca a la salida de su despacho del Ministerio del Interior, por considerarlo el responsable absoluto de la miseria del país. Ese fue un atentado verdadero, Roca lo perdonó en público, pero después al pibe lo mataron. No creo que por cuenta propia un chico de 14 años haya ido a pegarle un tiro al “Zorro”. ¿Quién le dio un revólver? ¿La oposición, alguien del poder? No sé... son cosas muy turbias de las que nunca conoceremos la verdad, pero que te ponen la piel de gallina, por más que hayan pasado hace 100 años.

–Quizás el hecho de escribir ambientando sus historias en el pasado, le permita meter su visión sobre la política, sin que esté limitada por los acontecimientos del presente.

–Sí, es verdad, aunque sea en un nivel inconsciente. Soy más jugado en ese aspecto, mirando atrás. Un presidente que llega por elecciones fraudulentas no es bueno para ningún país, ni mucho menos para el pueblo.

–Una duda: ya que juega con tantas referencias de Duran Duran. ¿Por qué no tituló su novela Mundo ordinario?

–No lo había pensado, y no hubiera estado mal ponerle ese título. Quedó El Tigre Harapiento porque hacia el final un personaje dice: “Mis muertos van a ser siete y el Tigre Harapiento”. Cuando lo estaba leyendo en el taller, Laiseca empezó a gritar: “Hágalo mierda Tigre a ese hijo de puta”. Quizá privilegio más el hecho de que es un policial, y no quiero que sea considerado un libro para denunciar la corrupción de la época.

Publicado en el diario Página 12, el sábado 4 de febrero de 2006.

miércoles, 18 de enero de 2006

"Debo tanto a Tarantino como a Leonardo Favio"


Entrevista de Máximo Soto


Cuando Leonardo Oyola publicó la novela policial «Siete y el Tigre Harapiento» se dijo que mezclaba la crudeza de Quentin Tarantino con los cuchilleros del primer Borges. Oyola, que es licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja de bibliotecario -empleo que recuerda al que algunas vez tuvieron Groussac, Borges y Cortázar, entre otros-. El escritor considera que inició su camino de narrador gracias a haber ingresado al taller literario del consagrado Alberto Laiseca. Dialogamos con Oyola sobre sus interés por la literatura policial y fantástica.

Periodista: ¿Qué cuenta en «Siete y el Tigre Harapiento»?

Leonardo Oyola: Relato una serie de crimenes que ocurren en Buenos Aires en 1897. Las investigaciones llevan hacia una banda, la llamada La Orquesta del Tigre Harapiento, con la que la policía no se quiere meter porque son hombres fuertes en el mundo del delito. El investigador principal, el Inspector Vals, considera que si bien son los métodos de esa banda no cree que se trate de ella y busca descubrir el verdadero autor de los crímenes.

P.: ¿De dónde sacó el titulo del libro?

L.O.: Del tercer disco de la banda británica Duran Duran. Era la que me gustaba cuando era chico, no sólo por el ritmo, las canciones y los videoclips. Cuando me pongo a escribir necesito plasmar un mundo de imágenes, pienso en una música y eso me da un ritmo narrativo. Por otras parte, la estructura de los capítulos sigue la de otro disco de Duran Duran, y están en el mismo orden. El personaje del Tigre Harapiento o del Inspector Vals dicen cosas que pertenecen a letras de Duran Duran pero que yo adapto a mi historia. Los integrantes hermanos Sastre de la banda delictiva porteña corresponden a los Taylor de la banda musical británica. Así hay un montón de cosas, un policial hoy debe tener ritmo, acción y guiños.

P.: ¿Buscó construir un policial posmoderno?

L.O.: No, no busqué hacer una obra erudita, algo que cambie la vida, sino un policial clásico, una novela entretenida. Soy alumno del taller del escritor Alberto Laiseca, y él nos contó que, en la historieta «Ocalito y Tumbita», que salía en los años '40 y '50 en la revista «Billiken», mientras en la viñetas se desarrollaba la historia de esos personajes, en el borde inferior había unas ratitas que desarrollaban otra historia, que eran guiños del dibujante y el guionista sobre cosas que les gustaban o comentarios sobre hechos políticos del momento. Laiseca nos explicó que nosotros teníamos que tener en nuestros relatos esas « ratitas», pero que no tenían que interferir con el argumento, con el plot. Ahí se me ocurrió contar un policial pero incluir mi gusto por la banda Duran Duran.

P.: Han dicho que usted mezcla a Tarantino con Borges.

L.O.: Lo de Quentin Tarantino me lo dijo el chileno Antonio Skarmeta y lo sentí como un gran elogio. Mi generación no puede soslayar la influencia del cine. Yo cuento con sus recursos técnico formales, y con el humor y la violencia de los pulp fictions. Pero mi referencia no es sólo Tarantino, el mayor es Leonardo Favio que en obras como «Juan Moreira» o « Nazareno Cruz» supo fusionar lo popular con el arte, narrar para todo el mundo. En cuanto a lo de Borges, son zapatos que nunca voy a llegar a llenar. Me asombró en sus relatos, y en las letras de tango, el respeto que imponían los cuchilleros, no ganado con honestidad sino por un temor que marcaba que con ellos era mejor no meterse.

P.: ¿Por eso a muchos de sus personajes les puso nombres de animales?

L.O.: Acaso sea un homenaje a «Maus», la obra maestra de Art Spiegelman, que mostró la Shoa, el Holocausto, desde la perspectiva de ratas y gatos. Me pareció que dar nombre de animales, con los que los identificaba, mostraba como las personas al tocar fondo dejan brotar instintos primarios, bestiales, que dan miedo.

P.: ¿Cómo investigó para colocar su historia en siglo XIX?

L.O.: Estaba buscando en que momento desarrollarla y en la Biblioteca del Museo de la Asociación Amigos del Tranvía encontré diarios de la época, monografías, documentos, temas sobre el Jockey Club, que eran el mundo de mi relato. Y esto a tal punto de que hubo cartas de lectores que pasaron a ser palabrasde mis personajes como una que se indignaba con la pretensión de ser como París, con los techos de pizarra de las mansiones porteñas porque eran para la nieve y no para Buenos Aires. Antes había investigado sobre la llegada a la Argentina de las alternativas al cine, que no es como figura oficialmente en los salones de la calle Florida sino en 1895 en prostíbulos de Rosario con los kinetoscopios, que permitían por una moneda ver un strip tease. Quise escribir una libro sobre eso, pero no hay documentos fehacientes, sólo testimonios orales que han pasado de boca en boca y algún kinetoscopio ya destruido que yo alcance a ver. A mi eso me sirvió para una escena del Inspector Vals.

P.: ¿Hubo comentarios sobre la contundencia de su lenguaje?

L.O.: Reconozco que a veces se me va un poco la mano en el lenguaje coloquial por la necesidad que tengo de que los personajes sean fuertes. Es, acaso, otro juego de semejanzas con el cine norteamericano. Me río cuando mi mamá me dice que soy muy mal hablado cuando escribo, le explico que no soy yo sino que esa gente de la que cuento es la que habla así.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

L.O.: Tengo una segunda novela, aún inédita, «Hacé que la noche venga», que el nombre de un concierto de Sting, que es un policial que escribí en primera persona para desafiarme a salir del estilo cinematográfico sin perder la fuerza de las imágenes. Me gusta escribir con una escenografía de época y está ambientada en 1939, cuando una especie de Sherlock Holmes y Dr. Watson criollos investigan un crimen. Uno sigue la clásica línea policial y el otro se interna en una de caracter fantástico. Bueno, esa obra ya está. Ahora, en la novela que estoy escribiendo, «Canciones de fe y devoción», entro ya directamente en lo fantástico. Esta vez el relato ocurre en tiempos de la Conquista del Desierto, y muestro que los indios tuvieron que vérselas, entre otras cosas, con la licantropía. En un punto hay, nuevamente, una homenaje al gran Leonardo Favio.


Publicado en el diario Ámbito Financiero, en la edición del miércoles 18 de enero de 2006.

martes, 20 de diciembre de 2005

Animalada (todos somos Morloks)



Siete & el Tigre Harapiento, aún no lo sabía, nació durante un paseo en el tranvía histórico de la ciudad de Buenos Aires que hice en el invierno del 2003. La historia la fui craneando en el transcurso de la diaria rutina de viajar en colectivos, trenes y subtes. Pero comencé a escribirla recién cuando mi maestro me contó, Heineken mediante, sobre dos olvidados personajes de la historieta vernácula que guionizaba y dibujaba Vidal Dávila a finales de la década del ’40, y que aparecían en la revista Billiken: Ocalito y Tumbita.
Ocalito, Tumbita, el cartel de venta de oro fix y las ratitas para ser más precisos. Siendo los roedores los que más me interesaron, con sus historias, rozando el fuera de campo, paralelas a la principal desarrollada por los personajes que le daban nombre a la tira.
Me propuse despojar a esta idea original de toda ingenuidad, para contar lo que pasa en segundo plano. Mi desafío no tenía otro género posible para vestirse que no fuera el policial.
A raíz de esto, como canta el pelado Cordera, la cabeza se me llenó de ratas. Primero. Después me cayó todo el bestiario. Y aunque quise trabajar mis personajes como Art Spiegelman a los suyos en Maus o Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido en Blacksad solo me quedé con las intenciones.
“Siete…”, me hago cargo, no es una fábula.
Sí, una animalada.
Donde la política de titulación sensacionalista-cultural, un vicio que no puedo abandonar de mi formación como periodista, me permite linkear a mis gustos personales. Y gracias a este capricho lúdico –si se quiere- apareció en escena la improbable Orquesta del Gato Cabezón. Una versión pretérita y hasta bizarra de Duran Duran. Banda que bajo del pedestal al que yo solo subí para apropiarme de su obra en función de mi relato. Por ejemplo: los capítulos de “Siete…” tienen los nombres de los trece temas del álbum de bodas, conservando el mismo orden de ese trabajo discográfico.
Que conste en acta que siempre fui honesto.
Insisto: esto es una animalada.
Pero quédense tranquilos que los guiños no dejan a nadie afuera de la fiesta. De hecho, en la novela no hay nada para festejar. Los protagonistas actúan como predestinados. No pueden proceder de otra manera ni cometer más que desatinos que los llevan sí o sí a la perdición.
Difícilmente haya espacio para la piedad.
Volviendo a mis estudios de periodismo, me anclan constantemente a investigar sobre el tema que deseo desarrollar. Necesito el acerbo de verdad para construir una ficción efectiva. “Siete…” no hubiera sido posible sin la información obtenida en la Biblioteca de los Amigos del Tranvía. Quién iba a decir que ahí, en Caballito, en la esquina de Pedro Goyena y Craig estaba estacionado el Delorean ’85 que me llevó devuelta al pasado. Y la cita a “Volver al Futuro” no es gratuita; porque como narrador, yo quisiera tener la elegancia y el clasicismo del personaje de Rod Taylor en “La Máquina del Tiempo” pero, al ser esta mi primera novela, mi voz está más cerca de la torpeza y el andar apurado de Marty McFly.
Y así y todo “Siete…” carece del espíritu de la película de Zemeckis.
Ahí es donde logro por fin acercarme un poco a la obra de H. G. Wells, a ese futuro habitado por Elois y Morlocks; donde los Elois lo tienen todo: se la pasan comiendo uvas y tocando el arpa, mientras que los Morlocks viven bajo tierra y solo suben a la superficie de noche para comerse un Eloi. Ese es el precio que pagan las distintas especies para vivir en paz. Los Eloi lo saben muy bien y por eso no hacen nada para ayudar al pobre que caiga en desgracia.
Preservan la tregua con sangre.
En mi novela, salvo en el final, los restantes doce capítulos de “Siete…” transcurren del crepúsculo al amanecer. Todo pasa de noche. Por eso mis personajes son en su mayoría Morlocks. Y si hay algún Eloi, termina muerto.
Lo que yo imaginé no hace más que corroborar los versos que Discépolo escribió para Cambalache. Nos separa más de un siglo del Buenos Aires de 1897, en donde transcurre la acción, y sin embargo ese pasado tiene una vigencia que nuestro mañana también va a heredar.
Comulgo, amargado, con uno de mis personajes cuando afirma que vivimos en un mundo ordinario. Los códigos están en vías de extinción. E, irónicamente, el tigre harapiento es una especie que no desaparece.
Pero no es la intención ser solemne en el relato: la contratapa del libro les advierte que mi universo es el del folletín.
Tengo como protagonistas a criminales y policías, además de la deuda que le tiene el género a Sir Arthur Conan Doyle con su lógica deductiva y monólogos impecables. Sumándole a mi historia la acción física propia de mediometrajes franceses del cine mudo como Fantomas, Los Vampiros y Judex. De ahí la sonrisa que me pintan colegas cuando me hablan de grand guidnol o novela pulp. Además de hacer hincapié en lo porteño.
Esos son piropos, bienvenidos piropos, como el hecho de que alguien lea mi novela.
Que alguien se anime a bailar al ritmo de la Orquesta del Gato Cabezón.
“Siete & el Tigre Harapiento” es el adiós a los escenarios porteños por parte de los músicos.
Ojalá disfruten del recital.