sábado, 6 de mayo de 2006

Un poliladron del novecientos

Siete y el tigre harapiento” de Leonardo Oyola, es una tragicómica historia en la que se mezclan, musicalmente, compadritos y policías.

Por Daniel Viglione

Cuando por las noches sale a tocar la Orquesta del Gato Cabezón, toda la ciudad se sume en un silencio profundo; sus habitantes, dejando el camino libre a cada uno de los integrantes de esta banda, se ocultan rápido en esa cada vez más oscura noche porteña. El Tigre Harapiento y sus secuaces darán un concierto estelar… y claro está, siempre puede ser la última función.

Este es el clima constante que eriza cada página de Siete y el Tigre Harapiento, la trágica y burlona novela de Leonardo Oyola, finalista del Premio Clarín de Novela 2004, en el que obtuvo la tercera mención por parte del jurado integrado por Ángeles Mastretta, Andrés Rivera y Antonio Skármeta. Según el escritor chileno, Siete & el Tigre Harapiento es “una obra que enfrenta, con gestos del grand-guignol, a compadritos asesinos contra la policía, en un derroche de humor y violencia digno de una película de Quentin Tarantino”.

Con un ritmo de prosa ágil y muy entretenida, la obra se transforma rápidamente en una novela en la que el lector toma partido por un bando o por otro; cada uno de los personajes “caricaturescos, carismáticos, cínicos, crueles, trágicos” –como los señala el mismo Oyola en la contratapa del libro-, son a un mismo tiempo agradables y sospechosos, seductores y maliciosos. Simón “el Tigre Harapiento” Lebón, los hermanos Sastre –Juan, Rogelio y “la Hiena” Andrés- “el Rubio” Nicolás Rodas y “el Pituco” Enzo Maqueira, está demás decir que infunden temor y respeto cada vez que salen a tocar con la banda.

Pero en la vereda de enfrente, el Inspector Vals, el subcomisario Gallo, el sargento Ferrara y una docena más de policías completan todo el universo de este mordaz, intrincado y sangriento policial invadido, constantemente, de signos cinematográficos, televisivos y musicales; de hecho, el título del libro se remite al tercer disco de Duran Duran y cada capítulo lleva el nombre de alguna de sus canciones.

En la novela, Oyola relata una serie de crímenes atroces –en los que no faltarán miembros cercenados ni mensajes escritos con la propia sangre de las víctimas- en los que deja entrever que, sin duda, fueron perpretados por un transfondo de intereses políticos y fraudes electorales

“Mi universo –escribe Oyola- es el del folletín. Y sus habitantes son unos chiquilines que andan armados y no precismanete con juguetes. Hablamos de juegos, y este bien podría ser el que se plantean el gato y el ratón (…) A los caballeros que se animen a jugar este partido, que al orejear las páginas del libro encuentren que son del mismo palo. Sumen y canten flor. Y a todas las damas: un cabeceo con guiño pícaro de un ojo, invitándolas a bailar esta milonga en la que marca el ritmo la Orquesta del Gato Cabezón”.

Con humor corrosivo y cruda violencia, “Siete y el Tigre Harapiento” –primera novela de Leonardo Oyola- deja un interrogante abierto y que nunca parece cerrarse: ¿Cuándo dejará de haber policías corruptos o bandas de matones a sueldo?


OYOLA BÁSICO
BUENOS AIRES. 1973. ESCRITOR.
Su primera novela, Siete y el Tigre Harapiento, fue finalista de la séptima edición del Premio Clarín de Novela 2004. Entre 815 trabajos presentados, obtuvo la tercera mención decidida por el jurado de honor integrado por Ángeles Mastretta, Andrés Rivera y Antonio Skármeta. De su obra, permanecen inéditos los relatos de El Otro Far West, el romance ¿Por qué no puedo ser vos? y su segunda novela Hacé que la noche venga. Actualmente, escribe Canciones de Fe y Devoción.


Publicado en la Revista Ñ, en el nro. 136 correspondiente a la edición del sábado 6 de mayo de 2006.

sábado, 22 de abril de 2006

sábado, 4 de febrero de 2006

Un policial de la era pop

En su novela hay rasgos de pulp fiction y guiños que remiten al grupo Duran Duran. Pero está ambientada en la Buenos Aires de fines del siglo XIX, con referencias a la corrupción y al fraude.

Por Silvina Friera

La remera es sencilla, pero sobre el fondo blanco resalta la frase “Fabbricanti di illusioni”. Cuando Leonardo Oyola entra al bar, esquiva las miradas de los curiosos, que acaso sospechen que es un mago o un artista de circo. El escritor sabe de magia, alquimia e ilusionismo –y si improvisa lo disimula con oficio– como para mezclar en su primer libro, Siete y el Tigre Harapiento (Gárgola), la violencia pulp fiction a lo Quentin Tarantino, con títulos de discos y fragmentos de letras de Duran Duran, que dicen el Inspector Vals y el famoso tigre en cuestión, cuyo nombre es Simon Le Bon, como el cantante de la banda inglesa. Y si semejante mixtura no resulta suficiente, esta novela policial –que obtuvo la tercera mención en la edición del Premio Clarín 2004– está ambientada en Buenos Aires, en 1897, cuando la política era sinónimo de fraude y delito.

La historia comienza con una serie de crímenes brutales, con mutilaciones de miembros, y un asesino que va dejando una estela de inscripciones post mortem, cerca de los cadáveres: “silencio”, “más respeto” y “un pacto”. Aunque todos los caminos conducen a una banda, La Orquesta del Tigre Harapiento –matones a sueldo del candidato presidencial Julio A. Roca–, la policía no quiere meterse con tipos pesados.Cada uno de los trece capítulos de la novela están titulados con los temas del álbum de bodas de Duran Duran (Demasiada información, Mundo ordinario y Amor Vudú, entre otros).

“Sería necio soslayar la influencia que tienen el cine, la televisión y la música para nuestra generación”, dice Oyola en la entrevista con Página/12. “A mí me gustaban mucho los videoclips; en mi época sólo estaba Música total, que era la versión vernácula de MTV, y los videos que pasaban de Duran Duran los hacía un director de cine, y en este aspecto marcaron tendencia. La rompieron porque estaban manejando un lenguaje –subraya el escritor, que se formó en el taller de Alberto Laiseca–. Trato de que lo que escribo tenga ritmo, aunque no sé nada de música.”

–¿Un escritor es un “fabricante de ilusiones”, como dice en su remera?

–Cuando me pongo a trabajar tengo que creer primero en el mundo del que estoy escribiendo, y mi formación en Ciencias de la Comunicación me sirve porque me gusta mucho investigar. Tiene que ser verosímil la mentira que escribo. Soy un escritor de género, y sé que un libro mío no le va a cambiar la vida a nadie. Si alguien lee Siete & el Tigre Harapiento, le parece entretenida y la disfruta, estoy satisfecho.

–¿Por qué eligió situar la historia a fines del siglo XIX?

–Me gusta situarme en el pasado porque hay cosas que linkean con la actualidad. Tenía el tema de la historia y quería ver en qué momento ubicarlo. Como me interesaba también incorporar las elecciones fraudulentas, sabía que debía ser antes de 1912, en el advenimiento de la segunda presidencia de Roca.

–En los diálogos entre los personajes aparecen muchas alusiones a Alem, Mitre y Roca. ¿Qué función cumplen estas referencias políticas y cómo las conecta con el presente?

–Quería lograr esa cotidianidad que tenemos nosotros, que podemos sentarnos en un bar y hablar de cómo Cristina (Fernández) le ganó a Chiche (Duhalde) en la provincia, jugando de visitante. Esas referencias también servían para despistar al lector respecto de la identidad del asesino, pero fundamentalmente buscaba que hubiera diálogos verosímiles sobre la época. La conexión entre el pasado y el presente está dada por una suerte de corrupción consensuada. La mayoría de la gente que habla de política se ríe y dice: “Uy, sí, era sabido”. En una parte de la novela señalo que el Tigre Harapiento es una especie que no desaparece, y que mejor no metersecon ese tipo. Cierro la novela con una elección fraudulenta, cuando tranquilamente podría haber terminado con el duelo entre Vals y El tigre Harapiento. Tengo un desencanto muy fuerte con la política, me da mucho miedo, y no me sentaría a tomar un café con un político. En el conurbano, donde vivo, el apriete físico sigue vigente; acá es más verbal, pero los dos te erizan los pelos de los brazos y te hacen correr sudor frío por la espalda.

–¿Investigó crímenes de la época?

–Sí, el crimen de Tomás Sambrice, el pibe que baleó a Roca a la salida de su despacho del Ministerio del Interior, por considerarlo el responsable absoluto de la miseria del país. Ese fue un atentado verdadero, Roca lo perdonó en público, pero después al pibe lo mataron. No creo que por cuenta propia un chico de 14 años haya ido a pegarle un tiro al “Zorro”. ¿Quién le dio un revólver? ¿La oposición, alguien del poder? No sé... son cosas muy turbias de las que nunca conoceremos la verdad, pero que te ponen la piel de gallina, por más que hayan pasado hace 100 años.

–Quizás el hecho de escribir ambientando sus historias en el pasado, le permita meter su visión sobre la política, sin que esté limitada por los acontecimientos del presente.

–Sí, es verdad, aunque sea en un nivel inconsciente. Soy más jugado en ese aspecto, mirando atrás. Un presidente que llega por elecciones fraudulentas no es bueno para ningún país, ni mucho menos para el pueblo.

–Una duda: ya que juega con tantas referencias de Duran Duran. ¿Por qué no tituló su novela Mundo ordinario?

–No lo había pensado, y no hubiera estado mal ponerle ese título. Quedó El Tigre Harapiento porque hacia el final un personaje dice: “Mis muertos van a ser siete y el Tigre Harapiento”. Cuando lo estaba leyendo en el taller, Laiseca empezó a gritar: “Hágalo mierda Tigre a ese hijo de puta”. Quizá privilegio más el hecho de que es un policial, y no quiero que sea considerado un libro para denunciar la corrupción de la época.

Publicado en el diario Página 12, el sábado 4 de febrero de 2006.

miércoles, 18 de enero de 2006

"Debo tanto a Tarantino como a Leonardo Favio"


Entrevista de Máximo Soto


Cuando Leonardo Oyola publicó la novela policial «Siete y el Tigre Harapiento» se dijo que mezclaba la crudeza de Quentin Tarantino con los cuchilleros del primer Borges. Oyola, que es licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja de bibliotecario -empleo que recuerda al que algunas vez tuvieron Groussac, Borges y Cortázar, entre otros-. El escritor considera que inició su camino de narrador gracias a haber ingresado al taller literario del consagrado Alberto Laiseca. Dialogamos con Oyola sobre sus interés por la literatura policial y fantástica.

Periodista: ¿Qué cuenta en «Siete y el Tigre Harapiento»?

Leonardo Oyola: Relato una serie de crimenes que ocurren en Buenos Aires en 1897. Las investigaciones llevan hacia una banda, la llamada La Orquesta del Tigre Harapiento, con la que la policía no se quiere meter porque son hombres fuertes en el mundo del delito. El investigador principal, el Inspector Vals, considera que si bien son los métodos de esa banda no cree que se trate de ella y busca descubrir el verdadero autor de los crímenes.

P.: ¿De dónde sacó el titulo del libro?

L.O.: Del tercer disco de la banda británica Duran Duran. Era la que me gustaba cuando era chico, no sólo por el ritmo, las canciones y los videoclips. Cuando me pongo a escribir necesito plasmar un mundo de imágenes, pienso en una música y eso me da un ritmo narrativo. Por otras parte, la estructura de los capítulos sigue la de otro disco de Duran Duran, y están en el mismo orden. El personaje del Tigre Harapiento o del Inspector Vals dicen cosas que pertenecen a letras de Duran Duran pero que yo adapto a mi historia. Los integrantes hermanos Sastre de la banda delictiva porteña corresponden a los Taylor de la banda musical británica. Así hay un montón de cosas, un policial hoy debe tener ritmo, acción y guiños.

P.: ¿Buscó construir un policial posmoderno?

L.O.: No, no busqué hacer una obra erudita, algo que cambie la vida, sino un policial clásico, una novela entretenida. Soy alumno del taller del escritor Alberto Laiseca, y él nos contó que, en la historieta «Ocalito y Tumbita», que salía en los años '40 y '50 en la revista «Billiken», mientras en la viñetas se desarrollaba la historia de esos personajes, en el borde inferior había unas ratitas que desarrollaban otra historia, que eran guiños del dibujante y el guionista sobre cosas que les gustaban o comentarios sobre hechos políticos del momento. Laiseca nos explicó que nosotros teníamos que tener en nuestros relatos esas « ratitas», pero que no tenían que interferir con el argumento, con el plot. Ahí se me ocurrió contar un policial pero incluir mi gusto por la banda Duran Duran.

P.: Han dicho que usted mezcla a Tarantino con Borges.

L.O.: Lo de Quentin Tarantino me lo dijo el chileno Antonio Skarmeta y lo sentí como un gran elogio. Mi generación no puede soslayar la influencia del cine. Yo cuento con sus recursos técnico formales, y con el humor y la violencia de los pulp fictions. Pero mi referencia no es sólo Tarantino, el mayor es Leonardo Favio que en obras como «Juan Moreira» o « Nazareno Cruz» supo fusionar lo popular con el arte, narrar para todo el mundo. En cuanto a lo de Borges, son zapatos que nunca voy a llegar a llenar. Me asombró en sus relatos, y en las letras de tango, el respeto que imponían los cuchilleros, no ganado con honestidad sino por un temor que marcaba que con ellos era mejor no meterse.

P.: ¿Por eso a muchos de sus personajes les puso nombres de animales?

L.O.: Acaso sea un homenaje a «Maus», la obra maestra de Art Spiegelman, que mostró la Shoa, el Holocausto, desde la perspectiva de ratas y gatos. Me pareció que dar nombre de animales, con los que los identificaba, mostraba como las personas al tocar fondo dejan brotar instintos primarios, bestiales, que dan miedo.

P.: ¿Cómo investigó para colocar su historia en siglo XIX?

L.O.: Estaba buscando en que momento desarrollarla y en la Biblioteca del Museo de la Asociación Amigos del Tranvía encontré diarios de la época, monografías, documentos, temas sobre el Jockey Club, que eran el mundo de mi relato. Y esto a tal punto de que hubo cartas de lectores que pasaron a ser palabrasde mis personajes como una que se indignaba con la pretensión de ser como París, con los techos de pizarra de las mansiones porteñas porque eran para la nieve y no para Buenos Aires. Antes había investigado sobre la llegada a la Argentina de las alternativas al cine, que no es como figura oficialmente en los salones de la calle Florida sino en 1895 en prostíbulos de Rosario con los kinetoscopios, que permitían por una moneda ver un strip tease. Quise escribir una libro sobre eso, pero no hay documentos fehacientes, sólo testimonios orales que han pasado de boca en boca y algún kinetoscopio ya destruido que yo alcance a ver. A mi eso me sirvió para una escena del Inspector Vals.

P.: ¿Hubo comentarios sobre la contundencia de su lenguaje?

L.O.: Reconozco que a veces se me va un poco la mano en el lenguaje coloquial por la necesidad que tengo de que los personajes sean fuertes. Es, acaso, otro juego de semejanzas con el cine norteamericano. Me río cuando mi mamá me dice que soy muy mal hablado cuando escribo, le explico que no soy yo sino que esa gente de la que cuento es la que habla así.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

L.O.: Tengo una segunda novela, aún inédita, «Hacé que la noche venga», que el nombre de un concierto de Sting, que es un policial que escribí en primera persona para desafiarme a salir del estilo cinematográfico sin perder la fuerza de las imágenes. Me gusta escribir con una escenografía de época y está ambientada en 1939, cuando una especie de Sherlock Holmes y Dr. Watson criollos investigan un crimen. Uno sigue la clásica línea policial y el otro se interna en una de caracter fantástico. Bueno, esa obra ya está. Ahora, en la novela que estoy escribiendo, «Canciones de fe y devoción», entro ya directamente en lo fantástico. Esta vez el relato ocurre en tiempos de la Conquista del Desierto, y muestro que los indios tuvieron que vérselas, entre otras cosas, con la licantropía. En un punto hay, nuevamente, una homenaje al gran Leonardo Favio.


Publicado en el diario Ámbito Financiero, en la edición del miércoles 18 de enero de 2006.

sábado, 7 de enero de 2006

Tell me what the rain knows


“Entonces, ¿por qué tengo este impulso?”, es la pregunta retórica que se hace el moribundo lobo albino, volviéndose uno con el desolado paisaje invernal, en el comienzo y en el final de la saga de “Wolf’s Rain”.
Pienso en esto mientras el cursor titila intermitente en el lugar de “Alguna clase de monstruo”, el capítulo 3 de mis “Canciones de fe y devoción”.
Un documento que, por ahora, suma más nieve.
“¿Por qué? ¿Por qué los humanos miran al cielo? Dime ¿por qué si no tienen alas quieren volar? Nosotros solo corremos hasta donde sea. Corremos con nuestras patas”.
Chicos: yo quiero ser ese lobo blanco. Por eso tengo este impulso.

martes, 20 de diciembre de 2005

Animalada (todos somos Morloks)



Siete & el Tigre Harapiento, aún no lo sabía, nació durante un paseo en el tranvía histórico de la ciudad de Buenos Aires que hice en el invierno del 2003. La historia la fui craneando en el transcurso de la diaria rutina de viajar en colectivos, trenes y subtes. Pero comencé a escribirla recién cuando mi maestro me contó, Heineken mediante, sobre dos olvidados personajes de la historieta vernácula que guionizaba y dibujaba Vidal Dávila a finales de la década del ’40, y que aparecían en la revista Billiken: Ocalito y Tumbita.
Ocalito, Tumbita, el cartel de venta de oro fix y las ratitas para ser más precisos. Siendo los roedores los que más me interesaron, con sus historias, rozando el fuera de campo, paralelas a la principal desarrollada por los personajes que le daban nombre a la tira.
Me propuse despojar a esta idea original de toda ingenuidad, para contar lo que pasa en segundo plano. Mi desafío no tenía otro género posible para vestirse que no fuera el policial.
A raíz de esto, como canta el pelado Cordera, la cabeza se me llenó de ratas. Primero. Después me cayó todo el bestiario. Y aunque quise trabajar mis personajes como Art Spiegelman a los suyos en Maus o Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido en Blacksad solo me quedé con las intenciones.
“Siete…”, me hago cargo, no es una fábula.
Sí, una animalada.
Donde la política de titulación sensacionalista-cultural, un vicio que no puedo abandonar de mi formación como periodista, me permite linkear a mis gustos personales. Y gracias a este capricho lúdico –si se quiere- apareció en escena la improbable Orquesta del Gato Cabezón. Una versión pretérita y hasta bizarra de Duran Duran. Banda que bajo del pedestal al que yo solo subí para apropiarme de su obra en función de mi relato. Por ejemplo: los capítulos de “Siete…” tienen los nombres de los trece temas del álbum de bodas, conservando el mismo orden de ese trabajo discográfico.
Que conste en acta que siempre fui honesto.
Insisto: esto es una animalada.
Pero quédense tranquilos que los guiños no dejan a nadie afuera de la fiesta. De hecho, en la novela no hay nada para festejar. Los protagonistas actúan como predestinados. No pueden proceder de otra manera ni cometer más que desatinos que los llevan sí o sí a la perdición.
Difícilmente haya espacio para la piedad.
Volviendo a mis estudios de periodismo, me anclan constantemente a investigar sobre el tema que deseo desarrollar. Necesito el acerbo de verdad para construir una ficción efectiva. “Siete…” no hubiera sido posible sin la información obtenida en la Biblioteca de los Amigos del Tranvía. Quién iba a decir que ahí, en Caballito, en la esquina de Pedro Goyena y Craig estaba estacionado el Delorean ’85 que me llevó devuelta al pasado. Y la cita a “Volver al Futuro” no es gratuita; porque como narrador, yo quisiera tener la elegancia y el clasicismo del personaje de Rod Taylor en “La Máquina del Tiempo” pero, al ser esta mi primera novela, mi voz está más cerca de la torpeza y el andar apurado de Marty McFly.
Y así y todo “Siete…” carece del espíritu de la película de Zemeckis.
Ahí es donde logro por fin acercarme un poco a la obra de H. G. Wells, a ese futuro habitado por Elois y Morlocks; donde los Elois lo tienen todo: se la pasan comiendo uvas y tocando el arpa, mientras que los Morlocks viven bajo tierra y solo suben a la superficie de noche para comerse un Eloi. Ese es el precio que pagan las distintas especies para vivir en paz. Los Eloi lo saben muy bien y por eso no hacen nada para ayudar al pobre que caiga en desgracia.
Preservan la tregua con sangre.
En mi novela, salvo en el final, los restantes doce capítulos de “Siete…” transcurren del crepúsculo al amanecer. Todo pasa de noche. Por eso mis personajes son en su mayoría Morlocks. Y si hay algún Eloi, termina muerto.
Lo que yo imaginé no hace más que corroborar los versos que Discépolo escribió para Cambalache. Nos separa más de un siglo del Buenos Aires de 1897, en donde transcurre la acción, y sin embargo ese pasado tiene una vigencia que nuestro mañana también va a heredar.
Comulgo, amargado, con uno de mis personajes cuando afirma que vivimos en un mundo ordinario. Los códigos están en vías de extinción. E, irónicamente, el tigre harapiento es una especie que no desaparece.
Pero no es la intención ser solemne en el relato: la contratapa del libro les advierte que mi universo es el del folletín.
Tengo como protagonistas a criminales y policías, además de la deuda que le tiene el género a Sir Arthur Conan Doyle con su lógica deductiva y monólogos impecables. Sumándole a mi historia la acción física propia de mediometrajes franceses del cine mudo como Fantomas, Los Vampiros y Judex. De ahí la sonrisa que me pintan colegas cuando me hablan de grand guidnol o novela pulp. Además de hacer hincapié en lo porteño.
Esos son piropos, bienvenidos piropos, como el hecho de que alguien lea mi novela.
Que alguien se anime a bailar al ritmo de la Orquesta del Gato Cabezón.
“Siete & el Tigre Harapiento” es el adiós a los escenarios porteños por parte de los músicos.
Ojalá disfruten del recital.

martes, 1 de noviembre de 2005

Man on the moon


¿CONOCEN DE R.E.M., Man on the moon?

Esa es la pregunta fácil. Solo tiene dos posibles respuestas. Sí o no.

En caso de haber contestado afirmativamente, la que viene es la difícil.

¿Son capaces de recordar dónde fue la primera vez que escucharon esa canción?

Particularmente, eso es algo que no me voy a olvidar.

Me enteré de ella en un telo, mientras me vestía para abandonar la habitación aunque todavía no hubiera terminado el turno.

“De su más reciente producción discográfica titulada Automatic for the People, lo nuevo de la banda de Michael Stipe sonando en el 94.3 de tu dial. En FM Horizonte. R.E.M. Man on the Moon”; palabras más, palabras menos, lo anunció Mario Mazzone pisando la intro de un bajo country y esa guitarra llorando melancolía que me hechizaron de una, mientras que mi compañera de la universidad me apuraba para que saliéramos.

Para decir adiós, ella me dio un beso en la mejilla antes de pisar la vereda por la que huyó velozmente rogando que nadie la viera, camino a la casa de su novio.

Yo bajé por Entre Ríos notando que me había olvidado de atarme los cordones de mis botitas de básquet negras; un poco por los reclamos de ella y bastante por haberle prestado atención a ese tema.

“…If you believe they put a man on the moon, man on the moon

If you believe there’s nothing up his sleeve, then nothing is cool...”.

Todo se reducía, y se reduce, a creer.

Contando las monedas cuando llegué a Rivadavia, pude comprarme la entrada en el Gaumont para ver Batman Vuelve. No me pongo colorado al afirmar que para mí era una prioridad la Gatúbela de Michelle Pfeiffer.

Man on the Moon y Batman Returns.

Casi quince años habían pasado desde esa siesta de sábado.

El almanaque se me cayó encima al encontrar empapelada la ciudad anunciando el estreno de Batman Begins.

Pero la década y monedas transcurrida no fue lo que me hizo decir “¡mierda! ¡ya estás grande Oyolita!”.

Lo que decididamente me rompió las pelotas fue darme cuenta de que –por primera vez en el cine- Batman era más joven que yo.

La puta madre.

Esa era toda una novedad.

No como mi viaje diario al laburo.

Trayecto harto conocido siempre presente con familiares rostros anónimos.

Focalizando en un punto: en el acceso de Plaza Miserere al subte A, en las escaleras de Mitre y Pueyrredón, hay un vendedor de chipa que está en ese lugar desde que yo viajo en el Sarmiento. Siempre piropeando gorditas a las que dispara palabras que intuyo pero no alcanzo a escuchar, acompañadas con un característico ademán. Como él, por ahí todavía deambula un pastor evangelista con la Biblia en la zurda y un megáfono en la derecha para dar su mensaje de paz y amor. Vendedores de panchos, gaseosas baratas y cervezas. Garrapiñeros. Gatos. Muchos gatos. Siguen pidiendo limosna personas de diferente sexo sin límite de edad. Se sabe que están, aunque no se vean, punguistas; por más que anden vigilando permanentemente policías con rostros de nenes, que cuando los cabellos se les llenen de canas y la barriga les cuelgue sobre el cinturón, van a seguir controlando el área con nuevos uniformados de rostros infantiles. Y por supuesto, no pueden faltar ellos, los que comparten mi condena: la interminable fluidez de pasajeros esperando colectivos, subtes o trenes.

La mañana siguiente a la del bajón por los afiches de Batman Inicia, el temporizador se había activado a las seis menos diez, como lo venía haciendo de lunes a viernes desde hacía años en una rutina aparentemente inalterable. El televisor se encendió y en su pantalla apareció un clip en el que Courtney Love corría vestida de hada por las góndolas de un supermercado. La letra de la canción aparecía subtitulada. La novedad de esa sección de Much Music captó mi atención mientras largaba los últimos bostezos apuntando mis brazos hacia el techo del departamento.

Rascando y acomodando a mi muchacho por encima del bóxer, bonita sorpresa me llevé cuando escuché ese bajo country y esa guitarra llorando melancolía mientras Michael Stipe caminando por una ruta me contaba acerca de ese hombre en la luna, del Andy Kaufman de la película de Milos Forman interpretado por Jim Carrey. El cantante de R.E.M. en el estribillo se lucía preguntándole al espíritu de Andy si conocía el chiste que estaba a punto de contarle o si donde se encontraba seguía imitando a Elvis, “Hey baby!” impostando la voz y sacudiendo los hombros como el Rey en este verso…

“Hey Baby!”, me repetí con una sensación de deja vú que, curiosamente, no linkeaba en lo absoluto a las incendiarias performances de Presley.

El movimiento y, sobre todo, esa pronunciación yo los tenía vistos y escuchados de otro lado. No sabía, más bien no identificaba, de dónde; pero me era absolutamente familiar.

Olvidando el tema de mi edad, se me contagió Man on the moon, que tarareé e interpreté una y otra vez camino al laburo con una alegría inusitada en mi persona.

Por algo era.

Crucé chanchos y molinetes al llegar a Once. Bajé por las escaleras hasta la vereda de Bartolomé Mitre y atravesé la calle y las dársenas para una vez en Plaza Miserere esquivar colas de pasajeros esperando sus respectivos bondis.

Y entre dos canas que traían esposado a un carterista, en voz alta entoné:

“Hey Andy did you hear about this one?”

Tell me, are you locked in the punch?”, le pregunté al pastor evangelista, logrando el milagro: enmudecerlo.

"Hey Andy are you goofing on Elvis?”, le puse más ritmo y ganas al asunto, inesperada e involuntariamente detrás de una gordita que me escuchó y apuró el paso.

Y entonces descubrí algo de lo más loco que me tocó vivir en mis días.

El secreto que ahora comparto con ustedes.

Como si fuera en estéreo, con el paraguayo vendedor de chipa, los dos le cantamos al oído a la rellenita adolescente un “Hey baby!”, y el paragua además sacudió los hombros apuntándole con los dedos antes de su “rojayjú porá”.

De ahí tenía ese puto gesto.

Me cayó la ficha.

Lo supe en ese instante y ni lo dudé: Bob Dylan, Calamaro y tantos otros no se habían equivocado.

Elvis estaba vivo… y el Rey vendía chipa en el acceso a la estación Miserere del subte A.
La sonrisa que se le extendía de oreja a oreja al ver esos glúteos que anadeaban de izquierda a derecha y viceversa se le borró al darse cuenta de mi presencia. Mi rostro y mi silencio habrán desbordado sorpresa y sinceridad porque lo primero que me dijo el Sr. Presley fue un “¿no me diga que me ha agarrado in fraganti caballero? ¡Dera sore yerá! La culpa es mía: es que soy como un perro de caza. Siempre me pasa lo mismo. Tendría que ser más precavido pero no puedo… no puedo evitar enamorarme. Está en mi naturaleza ¿Chipa? Dos por un peso te voy a hacer”.
Escarbé con el índice y el pulgar en el bolsillo relojero del jean logrando un segundo milagro: encontrar una moneda.

¿La chipa? Estaba tan o más dura que yo.

-Tengamos una pequeña conversación chamigo -me propuso el Rey– deme cinco minutos, no sea cruel -insistió.

Asentí con la cabeza.

-¡Opama la fiesta uatá terejó! Le propongo algo curepí: venga todos los días a verme que siempre le voy a hacer el mismo precio por mi chipa. Que sea ese nuestro secreto. La chipa es lo que me mantiene- me confesó guiñándome un ojo.

¿Yo? Le estreché la mano para decirle hasta mañana.

¡Boludo! ¡Le di la mano a Elvis! ¿Entienden?

Le di la mano.

Una vez.

Fue solo esa.

Al otro día ya no estaba.

Nunca más lo volví a ver.

Se había ido a la mierda.

Le pregunté al pastor evangelista si sabía algo.

“Artista exclusivo”, me explicó haciéndose la señal de la cruz y señalando hacia arriba, al cielo; mientras que un ejército de gatos caminaba dibujando círculos en el lugar donde solía tener su puesto el Rey.

Arqueé las cejas y arrugué la frente, indignado.

Entonces me dieron tácitamente la canonización cuando se comprobó mi tercer milagro. Ese, que a mi entender nos hace a todos santos.

Otra no quedaba.

Simplemente seguí.

Y eso ya era mucho.

Aunque lo odiara, seguí cumpliendo con mi laburo. Seguí superando, o por lo menos lo intento, que Batman sea más chico que yo. Seguí creyendo que Elvis está vivo y piropeando gorditas vaya uno a saber dónde, implacable con su “hey baby! rojayjú porá!”. Convencido, absolutamente convencido, que si la muerte lo alcanzaba algún día, a ella también le iba a decir “hey baby!”.

Y seguí cantando Man on the moon.


*Publicado en el Nro. 11 de la revista Oliverio. Noviembre de 2005.