viernes, 20 de enero de 2012

Un lento americano

Aprendí a manejar de muy pibe. El mismo año en el que también me enseñaron a bailar rock. Mucho a mi papá y a uno de mis primos más grandes eso no les copaba. Que fuera a bailar, no. Que manejara. A mi papá porque sabía que le iba a tomar el gustito y que endulzado iba a ser un peligro. Y a mi primo porque ya se la veía venir que le iba a manguear la nave cada dos por tres para dar una vuelta; y que, como yo lo podía, él no se iba a negar.
Para esa misma época se mudaron al barrio los Ferreyra. El viejo, la vieja y las tres hijas: Mónica, Paola y Lorena. Una más linda que la otra. Con esa cosa hermosa de la novedad. Si. De verdad las tres eran muy bonitas. Y enamoraron a toda la calle desde donde nacía en el límite con Morón hasta donde empezaba la cancha de Almirante.
Obviamente la cosa no venía tan perfecta. Mónica y Paola tenían sus defectos: novios que vivían donde ellas ya no. Y que religiosamente marcaban tarjeta día por medio al atardecer. Novios un poco más grandes que ellas. Por eso todos los pibes se concentraron en Lorena, que era la soltera y la de nuestra edad. Pero a mí me gustaban las tres por igual.
Al principio.
Hasta que al muchacho de Mónica le tocó la colimba.
Es lo que yo digo, Dios existe.
También había aprendido a bailar lento americano y a manejar motos. Le pedía la de mi primo para hacerme el lindo. Iba a mi casa. Llegaba arando la calle de tierra. Hacía tiempo para volver a salir cuando la veía a ella cerca. Una vez la saludé con la manito y quedé como un pelotudo importante por más que la hice sonreír. Otra le cabeceé para decir hola y ella me devolvió el gesto aguantándose la risa. Un buen día me sentí bastante seguro y le guiñé un ojo; y la sonrisa que ella me puso no fue de burla. La expresión en su boca fue algo que me prendió fuego.
No sé como pasó. Solo que se fue dando. Se sentía sola… Qué se yo. No lo pensé dos veces cuando la llevé a dar una vuelta. Pasamos por un potrero en donde estaban jugando a la pelota mi papá y mi primo para el mismo equipo. Tenían un tiro de esquina a su favor. Forcejeaban con los defensores cuando nos vieron pasar. La pelota también les pasó de largo.
Nos volvimos a ver con mi viejo y ya era de noche. No me pidió que la cortara. El tono en el que me habló no era de enojo. Había preocupación en sus palabras. Y, fundamentalmente, resignación.
–Se va a enterar. El flaco se va a enterar porque estas cosas uno a la larga siempre se entera. Aunque sea el último en saberlo… Se va a enterar y te va a venir a buscar. Y yo no me voy a poder meter, ¿entendés? Fui a devolverle la moto a mi primo. Él fue más directo todavía.
–Pendejo, ¿vos sos boludo? ¿Tanto querés cobrar? Si a mi me hicieran lo mismo; mínimo es romperte bien la jeta a trompadas. El novio de la Moni va a venir a estrangularte y no te voy a defender. ¿Por qué? Porque no da, Pini. No da.
Pasadas las doce me fui a tomar el 317 en Atenas y Bermúdez. Como tardaba me senté en la tapia de Don Rizzo y, mirando con brillaban en la oscuridad mis botas tejanas recién lustradas, desee que Mónica hiciera lo que todo Casanova un sábado a la noche. Que fuera al Jesse James.
Pasó un buen rato hasta que la encontré. Por los parlantes lo que se escuchaba bien fuerte era un tema de un grupo, The Motels, en el que cantaba una mina. Se llamaba Vergüenza. Me acuerdo muy bien.
De los nervios, de las ganas, de la ansiedad; no dejaba de jugar con mi rosario blanco pasándolo entre los dedos de la mano. Cuando finalmente me decidí, cuando me dije-me ordené: se van todos a cagar, me puse el rosario en la boca y la saqué a bailar.
Ella se mordió el labio de abajo antes de contarme: 
–Me moría de ganas de verte.
Y con los ojos vidriosos me confesó: 
–Pero ni en pedo quería encontrarte.
Después apoyó la cabeza contra mi pecho y dejó que la siguiera guiando. Cuando terminó la canción nos fuimos del Jesse juntos.
En el primer franco que tuvo, el novio de Mónica vino a buscarme.
Cuando eso pasó, mi papá cumplió con su palabra.
Por suerte, mi primo no.

jueves, 19 de enero de 2012

Premio Novela Negra Festival Azabache

1. Podrán participar autores de cualquier nacionalidad con novelas de género negro o policial, originales e inéditas, escritas en castellano y que no hayan sido premiadas anteriormente en otro certamen ni tengan comprometidos sus derechos. 



2. Los originales habrán de presentarse en 1 ejemplar en hoja A4, impreso a doble espacio, debidamente encuadernado y acompañado de una copia digital de la obra. La obra podrá ser firmada por el autor, en ese caso hará constar en la primera página sus datos: nombre, apellido, domicilio, dirección postal, teléfono y correo electrónico. 

3. Si la obra se presenta bajo seudónimo dichos datos deberán adjuntarse en sobre aparte e identificado con el seudónimo y el título de la obra. En todos los casos deberá acompañarse una declaración jurada en la que el autor certifique que los derechos de la obra están libres en todo el mundo, y que la novela no se presenta a otro concurso o premio dentro del mismo plazo ni ha sido premiada con anterioridad. 

4. El material será enviado a “Biblioteca Marechal. Catamarca y 25 de mayo. (7600) Mar del Plata, Argentina. De lunes a viernes de 9 a 21 y sábados de 10 a 16. En el sobre deberá figurar “PREMIO DE NOVELA FESTIVAL AZABACHE”. 

5. El plazo de admisión de originales finalizará el día 31 de marzo de 2012. En caso de envío por correo, se respetará la fecha del matasellos. 

6. El jurado estará integrado por GUILLERMO ORSI, LUCIO YUDICELLO y LEONARDO OYOLA. Los organizadores no mantendrán correspondencia con los participantes. 

7. El Premio, que no podrá ser declarado desierto, será la publicación de la obra ganadora en la colección Tinta Roja de la editorial EDUVIM. Asimismo, la editorial se reserva el derecho de publicar cualquiera de las novelas finalistas que a juicio del jurado reúna los méritos suficientes para ello. 

8. El premio se anunciará en el FESTIVAL AZABACHE 2012, a realizarse en Mar del Plata los días 10, 11, 12 y 13 de mayo de 2012. 

9.- La participación en este Premio implica la plena aceptación de las bases y del fallo del jurado por parte de los autores participantes.


10.- El comité organizador del “FESTIVAL AZABACHE” tienen plena facultad para decidir, de manera irrevocable, sobre cualquier situación o controversia que se suscite en relación al certamen, esté o no contemplada explícitamente en las presentes bases. 

viernes, 6 de enero de 2012

Buenos Aires Capital Mundial del Libro

1. ¿Hubo una persona o un hecho puntual que considere haya sido motor de su vocación de escritor? 
Haber conocido y haber hecho taller con el maestro Alberto Laiseca. El encuentro con sus otros discípulos, sobre todo con mi pareja. Leer y leernos nuestros respectivos work in progress. Ahí me di cuenta que quería hacer esto todo el tiempo.

2. ¿Cómo elige el tema sobre el cual escribir?
Privilegio el entusiasmo que me genera pensar lo que voy a contar. Tienen que hacer alquimia las ganas y el momento justo para esa determinada historia. Cuando noto que están presentes las dos cosas meto primera. Leo, veo y escucho todo lo relacionado al tema. Apunto la antena para ese lado. Y después, uno se da cuenta cuando, tiro el ancla y de ahí en más pura ficción.
3. ¿Por qué escribe?
Porque me hace bien. Porque creo fervientemente que soy mejor persona mientras leo y escribo. Porque leer y escribir se volvieron necesidades básicas.
4. Si no fuese escritor sería…
…un tipo muy amargado. A full.
5. ¿Existe para usted una rutina a la hora de escribir? ¿Repentina inspiración o hábito sostenido? 
Me considero más novelista que otra cosa. Me siento más cómodo conviviendo mucho tiempo con el texto. Cuando en la cabeza se me forma el índice, la estructura que le quiero dar al libro la cosa tiene algo de deja vú. Me gusta jugar. Hacer guiños. En Siete & el Tigre Harapiento usé un disco de Duran Duran para titular cada uno de sus capítulos con el orden de las canciones de ese trabajo discográfico. Para Hacé que la noche venga nombres de series clásicas de televisión ambientadas en el far west. En Chamamé corresponden a los versos completos de una canción de Bon Jovi, dejando el estribillo para marcar los finales de la primera y segunda parte. En Gólgota utilizo los misterios para rezar el rosario. Y en los libros de la saga de la Víbora Blanca –Santería, Sacrificio, Aquelarre y Amén- el nombre y la forma en que salen las cartas de la baraja española utilizada para adivinar el futuro. Por ejemplo: La sota de copas al revés. En Bolonqui un partido de truco. En el índice de mi última novela, Kryptonita, se lee la letra de un clásico de Poison. Qué se yo: así funciona para mí.

6. La literatura, ¿qué rol cumple en la actualidad?
No se si un libro hace mejor o no el mundo. Si, definitivamente, que te lo hace pasar mejor. Y no necesariamente por hacerlo más agradable. Cuando una historia te interpela, cuando te hace parte de ella para mí la cosa tiene mejor pinta. Hablar de un determinado título. Conectarnos. Eso garpa.


7. Los críticos: ¿cómo define su rol?
Necesario. La crítica es como la letra de ese clásico de Percy Sledge, Cuando un hombre ama a una mujer;  no puede dañar si es genuina y respeta nuestro amor… pero si es mala… mala de mala leche, ufff.
 

8. ¿Qué está escribiendo ahora?
Me estoy dando un lujo: escribir un western hecho y derecho. Se llama Cruz/Diablo y ya estoy en el tramo final. Va a ser publicado como si fuera un folletín en seis entregas consecutivas durante el 2012 en la revista Orsai.

9. ¿Cuál es la última línea que ha subrayado en un libro de otro autor?
No soy de subrayar. Más bien me quedan tatuadas ciertas partes. De las Historias de éxtasis de Frédéric Beigbeder hice mía del relato "El más grande escritor francés vivo” una línea que dice todavía hoy me pregunto como hacía para conciliar esas dos actividades: escribir y vivir.
10. ¿Qué le diría a una persona que sueña con ser escritor?
Que lea mucho. Que escriba mucho. Esto es laburo y más laburo. El 75 por ciento en soledad. Después el texto se comparte. No debe quedar cajoneado. Tiene que salir de nuestros círculos primarios. Llegar a donde no esperamos jamás cuando nos sentamos a contar esa historia. Leer a los que son este momento. Disfrutar de sus mundos. Acercarle el de uno. Hay que tener fe. La misma que existió para encarar un proyecto y finalizarlo. Apostar a concursos. Tener paciencia. Y publicar. Y una vez publicado, acompañar el libro todo lo que se pueda. Hay mucha fantasía y mucha idealización en esto. Y es lógico: porque es hermoso. Por eso hay que saber arremangarse: porque después uno sabe muy bien todo lo que puso.


Ping pong:
1. Un lugarLago Ypacaraí (Paraguay).
2. Una comidaSurubí.

3. Una bebidaVino blanco. Dulce natural. Cosecha tardía. Bien helado.
4. Un discoLo mejor de Gapul Volumen 2. Varios intérpretes.
5. Un libroLa zona muerta, de Stephen King.
6. Un personajeEl Santo de los Asesinos (Preacher, cómic de Garth Ennis y Steve Dillon). 

7. Una películaPríncipe de las tinieblas, de John Carpenter. EE.UU. 1987.
8. Un escritorEl maestro Laiseca.

9. Un sentimientoEstar en paz.
10. Una palabra"Piropo”.

miércoles, 4 de enero de 2012

Superhéroes populares


(Por María José Sánchez). Los héroes y los superhéroes difieren en algo fundamental: los poderes. Los primeros hacen cosas excepcionales en momentos trascendentales, armados sólo con la valentía que encuentran en ese momento, los segundos son así siempre, todo el tiempo están al pie del cañón, brindando sus habilidades únicas para salvar el mundo. Los héroes hacen lo que se debe hacer, aún poniendo en riesgo su propia vida, cuando todos los demás pegan media vuelta y escapan. Los superhéroes, son distintos. Pueden nacer o no con sus poderes, pero las historietas nos dicen que nunca nos fallarán, no porque hagan tripa y corazón para salvarnos, sino porque están ahí para eso.
Todos podemos llegar a cruzarnos con la oportunidad de mostrar nuestro heroísmo, está en cada uno aprovecharla o dejarla pasar, pero no todos podremos ser superhéroes, de hecho, casi nadie. Sucede que esta forma taxativa de interpretarlos puede no ser la más acertada, puede que haya variantes, matices y hasta diferencias: ¿y si los superhéroes tienen los mismos problemas que nosotros? ¿y si viven entre nosotros, incluso, inflingiendo la ley? Esta dicotomía nos plantea Leonardo Oyola en Kryptonita, su última novela. Allí todo parece posible: una madrugada, en el Conurbano Bonaerense, el líder de una banda de criminales es ingresado de urgencia a un hospital, acompañado de sus secuaces, presenta un cuadro sumamente grave pues está apuñalado por un cristal verde. El médico de turno, un nochero que cubre a otros médicos, es increpado por quienes traen a Súper, el jefe, le hacen saber con palabras que no dejan margen de dudas que si no lo salva él también muere esa noche. Se atrincheran en la habitación y esperan a la policía.

Hasta ahí, parece que leemos una historia más de las tantas que pueden sucederse en nuestro país. Pero resulta que el médico y la enfermera deben hacer que este tal Pinino aguante, “hasta que salga el sol”. Ahí encontramos la primera pista. Los muchachos se presentan como La Banda de Nafta Súper: Ladi Di, la Cuñataí Güirá, Juan Raro, el Faisán, El Señor de la Noche y el Ráfaga. Y sus nombres ya nos empiezan a decir mucho.

Con el médico y la enfermera, —quien será la única heroína, sin poderes, con coraje— de rehenes, comienzan a contar su historia, dentro de la historia que están viviendo en el hospital. La difícil vida en las villas, las necesidades de la infancia, las ilusiones, los desamores… Mientras, afuera del hospital, se está aprestando la policía, para arremeter contra la banda. Afuera, está El Cabeza de Tortuga, Némesis de Nafta Súper, con quien ya se ha enfrentado en otra oportunidad.

A medida que la narración transcurre, Oyola nos invita al juego, no sólo de ir adivinando de qué superhéroe se trata, sino de ir descubriendo de qué lado estamos. Conociendo sus historias y sus padeceres, hasta por cuestiones ideológicas, resulta cómodo estar del lado de enfrente a la Bonaerense, lo más lejos posible: la batalla de superhéroes y villanos, ha comenzado.

Como alguna vez escribió  F. S. Fitzgerald, “Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia”, estos personajes no poseen existencias de ensueño, son como nosotros, aunque puedan hacer cosas que los demás mortales sólo imaginamos. Esto es Kryptonita, para empezar, pero aún hay mucho por descubrir en esta novela escrita con claridad y simpleza, atravesada por el humor y el drama, como la vida.

martes, 3 de enero de 2012

jueves, 29 de diciembre de 2011

Los 10 mejores libros del 2011

Son novelas, ensayos, poemas. Provocan el pensamiento, se rebelan contra los lugares comunes o dan un salto de calidad entre sus contemporáneos. Obras de las que dimos cuenta este año y que volvemos a recomendar. 


El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq.
Betibú, de Claudia Piñeiro.
¡Indígnate!, de Stéphane Hessel.
El guacho Martín Fierro, de Oscar Fariña.
Libertad, de Jonathan Franzen.
El paraíso argentino, de Claudio Zeiger.
Repensar la justicia..., de François Dubet.
Kryptonita, de Leonardo Oyola.
Cómo cambiar el mundo, de Eric Hobsbawm.
Némesis, de Philip Roth.




Kryptonita, de Leonardo Oyola
Escribe Javier Sinay

La nueva fábula de Leonardo Oyola es un libro fantástico. Y lo es literalmente, porque Kryptonita cuenta las aventuras de Nafta Súper, el temible líder de una banda de hampones de los barrios del Oeste que en una noche fría cae herido de muerte en la guardia del Hospital Paroissien, de Isidro Casanova, y sin embargo no muere. Al contrario, es demasiado robusto para morir, y el médico que lo recibe ni siquiera puede colocarle una inyección de adrenalina porque la aguja se dobla cuando intenta penetrar su piel. Así, el doctor se convence de que el paciente es un superhombre suburbano y marginal.

“Me gustaba la idea de recrear la historia de Superman en La Matanza y primero pensé en hacerla de modo lineal, pero después me di cuenta de que tenía que modificarlo todo y prestarle al protagonista cosas mías, de mis amigos y de mi hermano”, dice Oyola, que escribió siete novelas en las que no faltan la violencia ni la fantasía ni el barro.

Con esos condimentos, este discípulo del escritor Alberto Laiseca (y fanático del policial sazonado con terror) se convirtió en un referente e inauguró una nueva veta en el policial argentino.

Con esa marca su novela Chamamé ganó el Premio Dashiell Hammett (un importante galardón del género policial en español) en la edición 2008 de la Semana Negra de Gijón, la feria dirigida por el escritor hispano-mexicano Paco Ignacio Taibo II.

En Kryptonita, como en muchos de sus otros textos, Oyola captura el habla más popular como en una fotografía: “Yo no podría haber escrito esta novela dejando de lado el argot”, admite.

“Lo que tiene el argot de nuestros tiempos es una velocidad de mutación increíble. En algún momento, alguien escribirá una novela grossa sobre el paco, pero por ahora es un tema reciente y es difícil escribir cuando todavía está ardiendo el fuego.”

martes, 27 de diciembre de 2011

Un héroe de nuestro tiempo

Leonardo Oyola narra en su novela “Kryptonita” las andanzas de Nafta Súper, un Superman paralelo aterrizado en La Matanza. Fábula de un mundo cercano, precario y violento.


(Por Javier Mattio). Superposición de mundos, desplazamiento artificial, collage imposible: al igual que la mítica serie de historietas hipotéticas What if? (“Qué hubiera pasado si…”) y los más recientes elseworlds (“Otros mundos”), Leonardo Oyola explora en Kryptonita la posibilidad de que Superman cayera en el conurbano bonaerense y no en Kansas; por eso, su apodo regional es ahora Nafta Súper, y la Kryptonita un afilado trozo de vidrio verde de una botella de cerveza.
A partir de esa premisa descabellada, Oyola suma una Liga de la Justicia de antihéroes hilarantes (entre otros la travesti Lady Di, el falopero Faisán y el hostil Señor de la Noche, recreaciones versión La Matanza de La Mujer Maravilla, Linterna Verde y Batman, respectivamente), quienes resisten junto al narrador (un médico nocturno del precarizado Hospital Paroissien) la embestida de la Policía Bonaerense que persigue al agonizante Nafta Súper.
Así, entre guiños a sagas generacionales como La muerte de Superman (publicada por DC Comics en la década de 1990) y a una banda de sonido FM en la que suenan Peter Cetera y Carlos Baute, Oyola aborda un territorio “real” fértil en su delirio y posibilidades, el bonaerense, del cual la literatura argentina reciente se ha nutrido cabalmente; desde Barrefondo de Félix Bruzzone y las novelas de Juan Diego Incardona hasta el western en viñetas Morón suburbiode Ángel Mosquito, por citar algunos antecedentes.
El autor, en efecto, se jacta de ese origen geográfico-cultural: “Soy nacido y criado en el oeste del Gran Buenos Aires, en Isidro Casanova, así como Félix es oriundo de la zona por donde laburan sus personajes, el Jefe de Celina o Mosquito de Morón”, subraya.
Y añade los puntos en común de ese linaje: “Nos dedicamos a la ficción y nos metemos de lleno en ella, sin prejuicios, sin juzgar. Por un lado, hablamos de algo que conocemos y que hemos vivido, pero nunca perdemos el norte de la ficción –aclara–. Si además nuestros libros operan como relatos sociales, eso ya no depende de nosotros, es algo que adosa cada lector”.
Frenesí fabulador que impera sobre toda bajada de línea o “denuncia” y del cual Oyola se ha servido para desplegar ocho novelas en los últimos seis años, entre ellas Hacé que la noche venga (2008) y Chamamé (2007), con la que ganó el Premio Dashiell Hammett al mejor policial de ese año. Oyola: “Para mí ha sido muy importante la lectura de géneros populares. No sólo el policial, también el terror y la ciencia ficción. En un principio fue mucha literatura de saldo. Mis referentes son Guillermo Orsi y Ernesto Mallo, verdaderos maestros del género negro”.

CERO GUETO
Con respecto a la filtración específica del noveno arte en Kryptonita, Oyola aclara que su gesto fue más bien universal y no de gueto: “La idea es no dejar a nadie fuera de la fiesta. Que al que entienda los guiños le pueda robar una sonrisa más y, al que no, hacer todo lo posible para que lo que se narra no sea algo encriptado”.

“La elección de los Súper Amigos es generacional –añade Oyola–, como las otras referencias que aparecen y no son estrictamente del universo de la historieta. Calculo que un chico que hoy está contando los días hasta el estreno de Los Vengadores hará algo así en 20 años. Son cosas que nos marcan, hitos de nuestra infancia”.
Por debajo del candente enfrentamiento entre héroes y policías, se desliza la entrañable relación entre el “Pini” (apodo de Nafta Súper) y su hijo Monchi, homenaje paterno de Oyola hacia su propio hijo Ramón que se explicita en la dedicatoria final de la novela. “Tuve un nuevo acercamiento a Superman con el estreno de Superman regresa en 2006, cuando Ramón iba a cumplir 1 año, y lo que más me emocionó de una película francamente aburrida como esa fue el leitmotiv de ver el futuro a través de los ojos de nuestros hijos”, recuerda el escritor. Y reconoce: “Aunque no soy el ‘Pini’, admito que terminé escribiendo Kryptonita para explicarle a mi hijo, y hasta para pedirle perdón, por no haber podido ser un papá más tradicional”.

HÉROES Y ABISMOS
–¿Cuál es la noción de “héroe” que prevalece en “Kryptonita”?

–Me gusta pensar, no sólo en esta novela sino en todo lo que escribo, que yo sólo cuento recortes en las vidas de los personajes. Que a lo largo de nuestro paso por este mundo a veces nos toca ser malos y otras la ley. En Kryptonita, la banda de Nafta Súper actúa y es lo que tiene que ser en el Hospital Paroissien. Y como lo que buscan a toda costa es salvar a su jefe, están jugando por izquierda pero le están poniendo el pecho y el corazón a lo que está pasando.

–Tus libros se arrojan contra los límites: ¿cómo es enfrentarse a ese abismo? 
–Disfruto cuando siento que la historia gana en velocidad, cuando le descubro el ritmo. No me detengo a analizar cómo viene la mano. Es como dicen algunos pibes: “No lo pensás, lo hacés”.

–¿Hay provocación en esa postura?
–Nunca escribí buscando provocar. Mi oficio básico es contar historias, no andar jeteando.

–Al final de “Kryptonita” emerge un mensaje alentador, ¿concordás con ese “optimismo”?
–Leí hace poco una entrevista a Lemmy, de Motorhead, en la que él habla de dos posturas antagónicas con las que el hombre encara el día. Una es “haciendo lo que tenés que hacer”; la otra es “siendo vos”. Los integrantes de la banda de Nafta Súper hacen lo que tienen que hacer para que él pueda llegar a ser lo que es, para que se termine mostrando como quien es en verdad. Hay un sacrificio, algo religioso. Y eso es lo que me cabe de mis chicos. Gracias a ellos, el “Pini” puede volar. Y no hay espectáculo más grande que estar en presencia de alguien feliz.

sábado, 24 de diciembre de 2011

¿No robarás?


Mi hijo, Ramón, cree en Papá Noel. Pero seguro sabe que los que compramos los regalos somos los padres. Como te pone caritas entrás en la duda: ¿está ilusionado o es parte del show?
Íbamos los dos en el 317 de Casanova, a la siesta, nosotros solos con el chofer, cuando me larga:
-Papá: ¿te puedo preguntar una cosa?
-Sí, sí. Claro. Por supuesto.
-Yo te voy a querer igual –me aclara antes de disparar- ¿Vos sos ladrón?
Casi me ahogo con mi propia saliva. El chofer nos mira por el espejo retrovisor. No sé si es por el escándalo que hago al atorarme o porque escuchó la pregunta de mi hijo. Después de renegar un rato y con los ojos colorados y bien vidriosos le pregunto por qué piensa eso. Sin perder la compostura mi nene se remite a los hechos:
-Trabajás de noche. Estás todo tatuado… Y sos negro.
“Sos negro”, me dice serio y afirmando con la cabeza. Después se tienta un poco de risa. Vuelvo a tragar saliva. Suspiro hondo y, con las cejas arqueadas, le explico que trabajo de noche porque escribo de noche; que mucha gente se tatúa y no por eso es chorra; y que más vale que se entere ahora antes de que se crea cualquiera pero él también es negro.
-Nooo… -niega con la cabeza serio, muy serio- Yo no soy negro.
Cogoteo para contradecirlo con un mudo “siii… lo sos”.
Ramón insiste apenas pudiendo contener las carcajadas:
-Nooo… -y cambia la conversación de repente a otro tema suyo de vital importancia- ¡Ya se lo que le voy a pedir a Papá Noel!
-¿Qué cosa, hijito?
Ramón se pone a saltar rodilla al pecho sobre el asiento para gritarme emocionado:
-¡EL CASCO DE IRON-MAN!
Esa tarde paso por una juguetería en el centro de Morón para averiguar cuánto puede llegar a doler el regalo. Efectivamente duele mucho. Muchísimo. Setecientos pesos. 699,99 como dice la etiqueta. La chica de remera roja me explica que viene con no sé cuántas giladas incluyendo una que te hace hablar como Robert Downey Jr. en la película. Yo pienso que no puedo pagar eso ni que el mismísimo Robert Downey Jr. en persona viniera y me diera un beso en el cuello.
Ramón, implacable, en los días que siguen escribe la carta a Papá Noel. Y empieza a llamar a sus abuelos, padrinos y hasta a mi novia para contarles que para navidad quiere el casco de Iron-Man.
-No sé por qué me llama –me dice mi chica.
-Calculo que es porque si me lo pide a mi sabe que voy a tener que salir a robar en serio.


Alumnos de 4to. Año de ESB lo primero que me preguntan es:
-¿Usted estuvo preso?
Les contesto que no. Así. A secas. Empiezan los murmullos. No me lo dicen en la cara pero noto que un grupo me trata de chamuyero y que otro se siente estafado. Parece que doy el look. Se lo comento a mi viejo y él ni lo duda:
-Tenés pinta de malandra. No a lo Cacho Castaña: cara de tramposo y ojos de atorrante y que igual es querible. Tenés pinta de malandra. Y de sucio.
Me sugiere que me corte el pelo. De forma insistente. Cuando quiere romper las pelotas sabe hacerlo con una eficacia notoria.
Suena el celular. Es Ramón. Desesperado.
-¡PAPÁ! ¡ME ACABO DE ENTERAR QUE LOS MUERTOS PUEDEN VOLVER A VIVIR Y QUE SE LLAMAN ZOMBIS!
-Ramón: eso solo pasa en la tele y en las películas.
-…
-¿Ramón?
-¡Ufff! Menos mal.
Sonrío. Me dura poco la alegría.
-Con el casco de Iron-Man me podría defender de los zombis.
-Ya te expliqué que no existen los zombis.
-Nooo… No sé.
-Y si existieran el casco mucho no te sirve tampoco: te pueden morder en las manos o en la panza.
Se hace un silencio. Mi hijo se toma su tiempo para retrucar:
-No si también Papá Noel me trae la armadura.
No me quiero imaginar cuanto puede llegar a salir el traje completo.
Antes de colgar Ramón me recuerda lo mucho que me quiere.
-Papá: a mi no me importaría que robaras.


viernes, 23 de diciembre de 2011

Regalo de navidad


"Este fin de semana hacemos una pausa y leemos ficción. Es el mejor regalo que se nos ocurre para este 25 de diciembre. Porque la literatura es inspiración para construir los relatos periodísticos. Hoy compartimos “Un corazón ya sin fuego abandonado en una calle de tierra”, el inicio de la última novela negra del joven escritor argentino Leo Oyola, que cuenta la historia de Nafta Súper, líder de una banda de hampones de la provincia de Buenos Aires".

miércoles, 21 de diciembre de 2011

En Cuadritos

(Por Andrés Valenzuela). Hay una larga tradición dentro del universo comiquero con las ucronías. En particular las que toman personajes populares… superhéroes. Algunos, como Superman: Red Son, recibieron particulares buenas críticas. Otros… no tanto. El que se reseña hoy en Cuadritos es una pequeña maravilla. Esas sorpresas que llegan por recomendación de múltiples fuentes y resultan atrapantes, para leer de un saque en una tarde (y noche) entera. Lo particular de este “elseworld” es que no tiene dibujos. Ni uno. Kyrptonita es una novela. 200 y pico de páginas llenas de letritas puestas una al lado de otra -eso sí- de un modo fantástico.


Lo que el autor -Leonardo Oyola- propone al circunstancial lector es pensar qué hubiera pasado si en lugar de caer en la campestre Kansas, la burbujita salvavidas de Kal-El hubiese ido a parar al Conurbano bonaerense. El resultado es notable por varios motivos. Desde lo comiquero, porque este “elseworld” está particularmente bien construido. Desde lo emotivo, porque el autor sabe pintar un modo de vida y escenas que reconoce cualquiera que haya vivido al oeste de la Av. General Paz o al sur del Riachuelo y sus puentes. Y desde lo literario porque Oyola escribe muy, pero muy bien.

En La Matanza, Kal-El se convierte en “El Pini”. Pinino. O en Nafta Super, como se lo conoce fuera del barrio. Y es el líder de una banda que “labura” la zona y se enfrenta a otra, “la del Pelado”. La novela cuenta la vida del Pini, sus amoríos, sus ganas de cumbia, cómo los giles lo apuran para sacarse chapa (es curioso cómo, al mismo tiempo, en muchos cómics actuales de DC esta motivación empieza a ser predominante en un montón de villanos de tercera categoría). Pero Nafta Super no habla. No dice ni mu, porque llega a un hospital “con un cacho de vidrio verde clavado”. Se está muriendo y quienes lo recuerdan son sus amigos, mientras la Bonaerense rodea el hospital.


Ahí está la primera buena decisión de Oyola, que esquiva con altura la tentación de caer en un esquema aventurero/superheroico clásico y prefiere hacer de Lady Di, de Ráfaga, del Señor de la Noche, de Juan Raro, del Faisán y de Cuñataí Güirá los ángulos desde los cuales contar la vida del muchachote que se debate entre la vida y la muerte en un “nosocomio” provincial. Y como se imaginarán los lectores de Cuadritos, cada uno de estos amigotes del Oeste son versiones alternativas de populares superhéroes del universo DC, perfectamente adaptadas y consecuentes con su nuevo entorno.

En el paisaje está otro de los grandes méritos de la novela. Es cierto, la banda “del Nafta” es, básicamente, una banda de criminales. Y recorre una zona muy particular del conurbano bonaerense (que es infinitamente más heterogéneo de lo que creen muchos porteños), también. Pero Oyola no los juzga. Retrata una vida al límite, pero sin muchas opciones. Da cuenta de un camino (de varios, también, de los buenos y de los otros) que no necesariamente se puede elegir. Que a veces, sencillamente, toca(n).


Kryptonita tiene varios momentos superlativos. Pero acaso el más tierno y, a la vez, el más terrible, sea el que narra el encuentro de Nafta Super y su vieja con Carozo y Narizota. Hay (mucho) más para decir y contar del libro. El “origen” de Lady Di/Wonder Woman es de antología, por caso. Pero se sugiere leer el libro entero. O esperar a la entrevista con Oyola que publicará este sitio el próximo mes y convencerse entonces, con las palabras del propio autor.


Para leer en su sitio original pinchar acá.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

lunes, 12 de diciembre de 2011

Un pasaje literario al conurbano

ESCRITORES NACIDOS ENTRE EL BARRO Y EL ASFALTO: ¿EXISTE REALMENTE UNA LITERATURA PROPIA DE LA PERIFERIA DE LA CIUDAD? CONTESTAN LOS AUTORES LEONARDO OYOLA, JUAN DIEGO INCARDONA, LUIS MEY Y MARIANA ENRÍQUEZ.

(Por Elisabet Contrera). Una nueva generación de escritores nacidos y criados entre barro y asfalto, en el corazón del Conurbano, se asoma en las librerías. Autores que se corren de los caminos habituales de la literatura argentina para capturar historias más genuinas de aquello que sucede en los bordes. No más una literatura donde las localidades bonaerenses son terreno del visitante furtivo o paisaje eterno y triste.

Tiempo Argentino convocó a un grupo de escritores que eligieron esa senda de producción. Al momento de llegar la cronista, Leonardo Oyola compartía una cerveza fría con Juan Diego Incardona, mientras Luis Mey amortiguaba una tarde calurosa con un cortado. Sólo faltaba Mariana Enriquez que arribó minutos más tarde. Aunque algunos no se conocían entre sí, se tenían presentes por de haberse encontrado en las páginas del otro. 

La consigna era reflexionar en torno a la literatura del Conurbano. Aunque al principio dudaron sobre la existencia de esa categoría, luego se convirtió en el motor de las reflexiones. Juan Diego Incardona (40 años) fue el primero en opinar. Ingresó al visor de la crítica literaria con su primer libro, Villa Celina, punto del partido populoso de La Matanza que lo vio caer y levantarse. Son 20 relatos donde tiene como personajes a La Chola, la curandera del barrio o Tino, el vecino eternamente vestido con los colores de Boca. “Si me muriera hoy, me quedarían muchas cosas por resolver, pero no la escritura, porque pude escribir sobre la Juanita, la Porota, mis hermanas”, dice satisfecho.

A Incardona no les gustan las etiquetas a la hora de analizar su trabajo, pero es consciente de esta línea literaria que nació 15 años atrás, con libros esporádicos, y que en el último tiempo derivó en un fenómeno “multitudinario”. “Generalmente, el Conurbano brillaba por su ausencia o aparecía como fruto de un viaje de alguien de la ciudad. Ese narrador tenía una mirada fascinada y temerosa sobre lo que se iban a encontrar”, analiza. “Hoy existen relatos de comunidad iluminados con distintas estéticas, mezclados con los intereses de cada uno, que dan cuenta de este universo mayor que es el Conurbano, tiene mayor autenticidad en la literatura y teniendo en cuenta que es la zona de mayor densidad demográfica de todo el país, era inevitable que surgieran”, describe.

Leonardo Oyola (38 años) arriesga una posible respuesta. “Por una cuestión generacional, es lógico que se empiece a dar importancia a este tipo de historias y más aun después de lo que pasó en 2001. Me fascina el delay entre el momento que lo llevás a la ficción y el momento en que pasó. Muchas de esas cosas estaban soslayadas, en nuestro imaginario, queriendo salir y el 2001 fue la mecha, lo que hizo explosión”, sostiene.

Oyola creció también en el oeste del Conurbano bonaerense, en la localidad de Laferrere. Su lenguaje literario es el policial y el género fantástico, su escenario es el Conurbano y su fuente, la cultura popular. Publicó varios libros, entre ellos, Siete & El Tigre Harapiento, y Chamamé, que recibió el premio Dashiell Hammett al mejor policial en la XXI Semana Negra de Gijón, un festival especializado en literatura policial y de género que desborda las calles y salas de la ciudad española.

Hoy es lectura segura también del mundillo comiquero. Su último libro, KrYptonita (por Random House Mondadori), imagina la vida de Superman si hubiera caído con su cápsula en Isidro Casanova. En este “universo alternativo”, a Clark Kent lo llaman “Pini” y no es un héroe solitario que lucha contra el Mal, sino que es el líder de una banda criminal integrada por versiones autóctonas de otros “superhéroes” clásicos como la Mujer Maravilla, Flash o Linterna Verde.

“El Conurbano es punta de lanza. Leerlo a Pablo Ramos, a Ariel Bermani, que son un poco más grandes que nosotros, leer al Jefe (en referencia a Incardona), las leyendas de Mariana (Enriquez), el descubrimiento de Luis (Mey) genera una sensación de déjà vu. Retratamos desde zonas diferentes, pero todos tienen puntos de contacto con lo vivido, con lo que uno quiere contar”, define. 

Luis Mey no proviene de los distritos populosos del conurbano profundo, sino que vivió en la zona norte del Gran Buenos Aires, en un barrio de clase media baja de San Isidro. Ese escenario determinó su producción literaria tanto como haber vivido la década del 90, que marcó el ritmo y el tono de sus historias. En Los abandonados primero y luego en Las garras del niño inútil, muestra a través del humor y la tragedia el efecto del menemismo en la vida social y la desintegración que genera.

“Escribir desde el Conurbano es un reaprendizaje de donde uno viene, esa vida intensa, donde hay que navegar río adentro. Lo que aprendí (en la universidad) venía de otro lado, de un lugar que no era el propio, pero el mío estaba lleno de historias”, resalta. “Tuve la suerte de haber crecido a 50 metros de La Cava y a diez cuadras de las Lomas de San Isidro”, agrega. 

“El desafío de nuestra generación es reconocer esas historias, tomarlas e imponerlas. Sabemos que hay textos que históricamente se imponen y por ello, nosotros tenemos que ser muchos más sutiles y pulidos y encontrar el tono para que llegue a los demás, derribar esas fronteras que a veces creamos nosotros y a veces, los otros”, analiza. “Estamos reaprendiendo la forma de crear cultura, la forma de enseñarla, nosotros sabemos que la esquina en nuestros relatos es importantísima, es la famosa encrucijada donde puede pasar cualquier cosa”, remarca. 

Mariana Enriquez (38 años) nació en la Ciudad de Buenos Aires, pero creció en Lanús, al sur del Conurbano bonaerense. En su novela Cómo desaparecer completamente, cuenta en forma cruda y áspera la historia de un joven que quiere escapar de una familia integrada por un cuñado dealer, una hermana con la cara desfigurada por un tiro, una madre empastillada y un padre que abusó de él durante años.

Por éste y otros tantos trabajos, fue invitada junto a Incardona a la 63º Feria del Libro de Frankfurt para debatir sobre este tema. “No sé si hay una literatura del Conurbano, pero sí hay obviamente escritores nacidos y criados en el Conurbano que están siendo honestos con dos cuestiones: la experiencia y la imaginación. A mi nunca se me hubiera ocurrido escribir sobre otro lado, es lo que conocí”, afirma. “No hay necesidad de camuflaje, de no escribir sobre nuestros lugares porque no son literalizables”, asegura. 

Ella prefiere una literatura que devele los matices de un conurbano heterogéneo. “El otro día estaba leyendo Sangre Salada, que es una crónica de la Feria La Salada, de Sebastián Hacher y lo notable es que no está mostrando al Conurbano como un territorio de pobreza y de marginación, sino como un lugar floreciente. Lo que es interesante es que al ser tan diverso y tener tanta gente, es una literatura que me interesa leer. El Conurbano no es homogéneo, pese a que hay deseo del otro de homegeneizarlo, de mostrarlo como un territorio que está después del Riachuelo y que quiere tomar por asalto la Capital.